
¡“Vivan” los síndrome de Down!
Pregunta: Hace unos meses recibimos en el seno de nuestra familia una gran noticia, mi hermana había concebido un niño tras muchos años intentándolo. Un problema rápidamente surgió, a pesar de la gran alegría. Fue la duda sobre la salud del feto pues mi hermana tiene casi cuarenta años. Los médicos rápidamente le propusieron la prueba de la amniocentesis para saber sobre su estado y la posibilidad de que viniera con alguna malformación o un posible síndrome de Down. Yo la desanime a hacerlo¼por sus riesgos¼.y sobre todo ¿para qué? Viniera como viniera la criatura sería una gracia de Dios. ¿Qué podríamos decir a tantas parejas que afrontan este problema y sobre todo el riesgo de una posible oferta de aborto por parte de los hospitales?
Respuesta: A veces, Dios permite ciertos sucesos, para
que podamos comprobar de forma evidente e incuestionable, la deriva tan errónea
por la que se conduce nuestra cultura, pues con frecuencia ocurre que solamente
reaccionamos ante el mal, cuando hemos llegado a ver su rostro en toda su
crudeza.
Me estoy refiriendo a un caso que se hizo público en Milán (Italia)
a finales de verano: Una mujer embarazada de tres meses, esperaba gemelos.
Al hacerse la prueba de la amniocentesis, se le comunica que uno de los gemelos
tiene el síndrome de Down, por lo que solicita un aborto selectivo.
Llegado el momento de la intervención, los fetos se intercambian su
posición y la doctora elimina por equivocación al “sano”,
dejando vivo al que quería matar. Comprobado el error, tras los pertinentes
análisis, días más tarde, la madre decide acabar también
con el gemelo Down que continuaba vivo en su seno.
El caso es especialmente dramático, pero la cuestión de fondo
no varía con respecto a los demás casos de aborto: El problema
moral está en el endiosamiento de nuestro deseo. Perseguimos una realidad
a medida de nuestros planes, y cuando las expectativas no se cumplen, somos
capaces de autoerigirnos en dueños de la vida del prójimo, sin
detenernos ante nada. Esta es la inquisición contemporánea: ¡nuestra
santa voluntad!: Si un niño es deseado, hoy en día podemos llegar
a mimarlo hasta hacer de él nuestro tirano; y si no fuera deseado, procederemos
a eliminarlo sin miramientos. Soy consciente de la dureza de estas palabras,
pero estaría falseando la realidad si cayese en la tentación
de dulcificarlas. Me limito ahora a añadir una serie de reflexiones
complementarias:
+ La dignidad de los síndrome de Down: ¿Somos
conscientes de que los síndrome de Down han desaparecido prácticamente
de nuestra sociedad? Bien es verdad que todavía conocemos algunos de
edad más avanzada, pero¼ ¿dónde están los
menores de 10 años, por ejemplo? Estamos ante uno de esos tabúes
de los que a nadie le gusta hablar, porque presentimos muchas complicidades
encubiertas.
¿Quién sería capaz de mirar a los ojos de estos niños
y negarles su dignidad? ¿Quién se siente con derecho a definir
y a establecer el concepto de “normalidad”, más allá del
cual el derecho a la vida quedará sin protección?
+ La prueba de la amniocentesis: A raíz de este triste
episodio de Milán, el presidente de la Sociedad Española de Ginecología,
Manuel Bajo Arenas, explicaba que «¼si una
embarazada se somete a la amniocentesis, normalmente aborta si el resultado
es positivo. Si no, ¿para qué se iban a hacer la prueba?».
Lo cual plantea la responsabilidad moral de quienes, en su intencionalidad,
se hacen cómplices de este grave pecado. La forma tan trivial en la
que se oferta y realiza la amniocentesis en el sistema sanitario, está contribuyendo
a desdibujar en muchas conciencias el principio de la inviolabilidad del don
de la vida. Es un contrasentido que un diagnóstico médico se
convierta en una sentencia de muerte.
+ Autopsia obligatoria: Parece que a
nadie le llama la atención
el hecho de que el diagnóstico de una amniocentesis sea suficiente para
autorizar un aborto y que, sin embargo, posteriormente no se exija una autopsia
para comprobar si verdaderamente el diagnóstico había sido acertado. ¡Cuántas
sorpresas nos llevaríamos si pudiésemos comprobar la veracidad
de tantos alarmismos a los que se recurre para cubrirse las espaldas! ¿Quién
no conoce a alguien, que según diagnóstico médico, tendría
que estar muerto hace tiempo?
+ Lo más grave, la impenitencia: En el momento en
que aquellos padres, cuyo nombre desconocemos –y preferimos que así sea-
supieron que el gemelo “sano” había sido eliminado por
error, dispusieron de una ocasión de oro para reparar el error cometido.
Pudieron haber interpretado lo ocurrido como una llamada a rectificar sus
valores de vida... Tras lo sucedido, podrían haber comprendido que
el «error» no había estado en la elección del
feto, sino en el aborto mismo. Pero, sin embargo, ¡¡volvieron
a tropezar en la misma piedra¼!! Quizás esto sea lo más
grave de este caso –y no me estoy ahora refiriendo a esos padres-:
el hecho de que nuestra sociedad mantenga la permisividad ante el aborto,
a pesar de que seamos testigos de tantos dramas.
+ ¡Cuida de tu hermano débil!: Cuando en nuestras
familias cristianas nacía un hijo con algún tipo de minusvalía
o enfermedad crónica, nuestros padres nos inculcaban y educaban para
que fuésemos sus custodios hasta el fin de sus días: “¡Cuida
siempre de tu hermano débil!” –se nos decía-.
Ahora resulta que ha sido el gemelo sano quien ha dado una lección
a sus padres sobre cómo cuidar a su hermano enfermo. ¡Paradojas
de la vida! Como también es una paradoja que haya miles de familias
deseosas de adoptar y abiertas a acoger en adopción a quienes otros
han desechado. ¡Que “vivan” los síndrome de Down!