Valor
y sentido del sacrificio
Pregunta: En el tiempo de Cuaresma se nos recuerda la necesidad
de intensificar el sacrificio, junto con la oración y la limosna.
Lo de la oración y la limosna, yo creo que lo entendemos mejor. Pero
me gustaría me explicasen el sentido y la eficacia del sacrificio.
Respuesta: El término utilizado en este tiempo litúrgico
para referirse a lo que en el lenguaje coloquial designamos como “sacrificios”,
suele ser el de “penitencias cuaresmales”. Pero,
con unos u otros términos, básicamente, nos estamos refiriendo
a lo mismo: sacrificio, mortificación, penitencias, abnegaciones, privaciones
voluntarias, ....
El número 2015 del Catecismo de la Iglesia Católica, dice: “El
camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia
y sin combate espiritual (cf 2Tm 4). El progreso espiritual implica la ascesis
y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo
de las bienaventuranzas”. Es decir, el Catecismo constata la necesidad
del sacrificio, como algo del todo necesario para el progreso de nuestra vida
espiritual. Nosotros, vamos a describir de una forma somera en el presente artículo
las razones teológicas que explican el valor y necesidad del sacrificio:
.- Sacrificio en pro de la paz interior: El pecado ha introducido
una distorsión en la naturaleza humana. La falta de armonía en
la que vive en hombre con respecto a Dios, al prójimo y a sí mismo,
no podrá ser reparada sin la propia abnegación y sacrificio. Por
ello y paradójicamente, la paz solo vendrá a aquellos que se hacen
violencia. No en vano el Evangelio nos advierte que el Reino de Dios sufre violencia
(Mt 11, 12).
Puesto que sabemos que “el espíritu es firme y la carne es débil”
(cf Mt 26, 41), y que en nosotros conviven el “hombre viejo” y el
“hombre nuevo” (Col 3, 9); el sacrificio forma parte de nuestra
colaboración con Dios Padre, de forma que seamos dóciles a su
proyecto de hacer de nosotros hombre nuevos, a imagen de su Hijo.
.- Sacrificio para la purificación de los pecados: Sabemos
que Dios es santo y que para gozar de su intimidad en el Cielo es del todo necesaria
la purificación de nuestros pecados. Los limpios de corazón verán
a Dios; no así los hombres de corazón turbio. Esa purificación
tendrá lugar después de la muerte en el estado del Purgatorio,
pero puede y debe de ser adelantada en esta vida. Entre los medios para la purificación
de nuestros pecados, nuestra madre la Iglesia nos destaca las obras de penitencia.
En efecto, las medios principales de purificación que se nos recuerdan
en Cuaresma son: oración, ayuno y limosna. Dicho de otro modo: oración-vivencia
sacramental, sacrificios-privaciones voluntarias y práctica de la caridad.
.- Sacrificio como expresión del amor: Con las debidas
matizaciones, hacemos nuestro el refrán: “dime cuánto estás
dispuesto a sacrificarte, y te diré cuanto amas”. Las obras que
necesitan del sacrificio para realizarse, son una ocasión preciosa para
expresar -y con esta ocasión acrecentar- el amor que tenemos. El sacrificio
no sólo es expresión del amor, sino que también es una
circunstancia que lo hace crecer. Dicho de otro modo, difícilmente llega
el amor a plenitud si no ha sido acrisolado al fuego del sufrimiento y del sacrificio.
.- Sacrificio como identificación con el crucificado:
El amor a Jesucristo, tiende a la plena identificación con él.
Y la identificación con Jesucristo nos hace amar la cruz. Es un misterio
que hemos podido comprobar en la vida de muchos santos. En las cumbres de la
mística el Señor ha permitido que San Francisco de Asís
o San Pío de Pietrelcina, y tantos otros santos, reviviesen su pasión,
experimentando así la plena unión de amor esponsal con Él.
.- Sacrificio para ser corredentores: “Completo en mi
carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo” (Col 1, 24). En Cristo
y al igual que Él, nosotros somos sacerdotes y víctimas. En el
Nuevo Testamento, el sacerdote y la víctima se identifican; ya que Jesús
se ofrece en sacrificio, como víctima, Él mismo, no un animal
u otra criatura. De la misma forma nosotros; en Él somos sacerdotes y
con Él nos ofrecemos como víctimas para la salvación del
mundo. Y es que el Señor ha querido hacernos copartícipes de su
tarea redentora, de forma que todos nuestros padecimientos y sacrificios no
se limiten a ser expresión de amor, o fuente de purificación para
nuestros pecados, etc... sino que, por pura gracia, nos permite unirlos al sacrificio
de la Cruz, de forma que adquieran una potencia salvadora grandiosa.