TESTIMONIOS

 

Me llamaban desde el Cerro

   

 

Dios ha bendecido a nuestro Movimiento con una vocación a la vida consagrada. Cristina Aizpún entra en el Carmelo del Cerro de los Ángeles el próximo 29 de Junio. Conozcamos de su puño y letra la historia de su vocación y tengámosla presente en nuestras oraciones. Que el Señor le conceda la gracia y la fuerza para vivir esta unión esponsal con Él.

 

 

   

   

 

HOLA LOIOL@S!

 

    ¿Qué tal estáis? Sí, sí, soy yo, Cristina Aizpún. Hace unos meses os mandé un testimonio sobre mi entrada en Loiola y hoy de nuevo os escribo para hablaros de otra entrada, pero esta vez en el Carmelo del Cerro de los Ángeles, junto al monumento del Sagrado Corazón de Jesús y el Seminario de Getafe, centro geográfico de España, el próximo 29 de junio.

 

    Supongo que ahora os estaréis haciendo muchas preguntas: ¿por qué tan joven?, ¿por qué carmelita?, ¿por qué el Cerro?... Bueno, pues eso es lo que voy a intentar explicar en la medida de mis posibilidades, siendo consciente de que es el Señor quien habla a través de mí, de que Él lo hace todo y de que yo no soy nadie para dar consejos, sólo intentaré hablar desde mi experiencia. Además, la principal finalidad de este testimonio es darle a conocer a Él y cómo sigue actuando hoy, guiándonos e iluminándonos.

 

    Pues bien, yo empecé a plantearme qué quiere Dios de mí hace poco más de un año. Todo cristiano debe hacerlo siendo consciente de que lo único que puede hacerle feliz es cumplir la voluntad de Dios. ¿Por qué? Porque Él nos conoce y tiene un plan para nosotros desde la eternidad, para que alcancemos la santidad, que es nuestra única meta en esta vida.

 

    Yo, desde siempre, tenía la convicción de que iba a formar una familia y sólo quería que Él me lo confirmara, es decir,  preguntaba a Dios sin darle margen para responder, sin dejarle siquiera un huequito para entrar. Os preguntaréis: ¿y eso para qué servía? ¡Pues para nada! Cuando uno se presenta al Señor con el cheque escrito para que Él lo firme lo único que encuentra son dudas, agobios, nervios, intranquilidad, preocupaciones¼ (Y eso experimenté en unos ejercicios). En cambio, si presentas el cheque firmado en blanco para que el Señor escriba en Él lo que quiera, es entonces cuando encuentras la paz, tranquilidad y seguridad (que yo encontré en los ejercicios del año siguiente. Pero no me quiero adelantar).

 

    En septiembre de este año fue cuando mi actitud cambió. Para empezar, unos días antes de ir al encuentro de JRC fui a confesarme. De penitencia el sacerdote me dijo que escuchara con especial atención el Evangelio de aquel día. Yo pensé: “¡Que fácil!  Si mi actitud es buenísima¼ jejeje” Así que estuve atenta y resulta que el Evangelio de aquel día decía: “ El que no deje a su padre y a su madre y a sus hermanos por mi, el que no coja su cruz y me siga, no es digno de llamarse hijo mío”.  Esas palabras me revolvieron de verdad, pero yo seguía con lo mío.

 

    Ya en JRC, escuché una canción que decía: “Ven no tengas miedo y cuéntame lo que te hace dudar. Saciada está mi alma de desprecios, lo grito sin parar. (¼) Tu duda es a mi sed como vinagre”.  Y me di cuenta de que bastante tiene el Señor con nuestros pecados y fallos como para que además yo dude de Él. Así que fue en ese momento cuando le abrí el corazón de verdad, a lo que Él quisiera y desde entonces, Él no ha dejado de iluminarme y guiarme.

 

    Además, tengo que hablar también del testimonio de Itziar Ganuza: su disponibilidad a lo que Dios quisiera y su ofrecimiento continuo por las almas, que tantos frutos ha dado. Ella siempre repetía una frase de Santa Teresita (la tomo prestada) que decía: “Señor, no soy mía, soy tuya, y haz con lo tuyo lo que quieras”. ¡No sabéis cuánto me ayudaba repetir esa frase!

 

    Durante el mes siguiente, me fui dando cuenta de que Dios no me quería aquí, en esta carrera, con una familia¼ Sino consagrada a Él y en concreto en una vida contemplativa. Esto hace unos años me parecía impensable. Pero muchas veces Dios no hace lo que es más lógico, ni lo que nos parece más adecuado para nosotros, sino lo que más nos conviene. Así que Él sabrá. En octubre nos fuimos a la “ruta del bacalao”, de la que ya os informamos en esta misma revista, y providencialmente visitamos varios Carmelos: Duruelo, León y el Cerro; y a las dominicas de San Sebastián. Pero yo aún seguía sin verlo claro.

 

    Ya en diciembre, llegaron los Ejercicios. Yo fui con muchísimas ganas, dispuesta a escuchar al Señor de verdad, no como había hecho tantas veces hasta entonces. Unos días antes se me ocurrió rezarle una novena a Santa Teresita para que ella me ayudara a prepararme y además, busqué unas cartas suyas a un seminarista (Maurice) para llevarlas a los Ejercicios, pero...¡ no las encontré!

 

    El segundo día de Ejercicios, víspera de la Inmaculada, encontré una de las cartas en un cuaderno. Empecé a leerla y Santa Teresita decía al seminarista: “El Señor le ha llamado a entregarse en la edad más bonita de la vida: a los 18 años”  ¡Y yo tenía 18 años! Pues vale, sí, está claro, me tengo que entregar, pero: ¿se puede saber en dónde?

 

    La respuesta no se hizo esperar y esta vez, fue la Virgen quien se encargó de todo. La verdad, es que ahora me doy cuenta de que ella ha estado siempre conmigo en los buenos y malos momentos. ¿Os acordáis de aquel campamento en Lourdes hace cinco años? ¿Y los dos días en Covadonga al año siguiente? Y así, muchas cosas más. Pues bien, ese mismo día, en la vigilia de la Inmaculada tuve claro que Dios me quería en un Carmelo. ¿Pero en cuál? Yo no me preocupaba, no tenía prisa. Estaba muy tranquila. Dios me lo diría cuando Él quisiera. ¡Y lo quiso al día siguiente! La noche del sábado, día de la Inmaculada, insisto; al ir a acostarme después de la Vigilia vi que había una llamada en mi móvil. Evidentemente, no la había podido responder. La habían hecho desde un número que no estaba en mi agenda, un teléfono móvil que no conocía. No conocía el número, pero tuve la seguridad de que me llamaban del Cerro de los Ángeles. No me preguntéis por qué lo supe, esto sí que no sé explicarlo.  Al día siguiente, lo comprobé con el móvil de Esteban Munilla. ¡No estaba equivocada!  ¿Era casualidad? Para muchos será así, pero a mí me dio muchísima paz, tranquilidad, seguridad y certeza de que era ahí donde Dios me quería y de que no tenía sentido seguir preguntándole. Ahora sólo faltaba mi SI, que no se hizo esperar.

 

    En ese momento lo único que temía yo era hacer sufrir a mi familia. Y en esto vino en mi ayuda Santa Teresita otra vez. ¡Encontré la segunda carta! ¿Otra casualidad? En ella decía que Jesús, desde la cruz, veía sufrir a su madre, pero no por eso se bajó de ella. Con esto me di cuenta de que yo debía seguir adelante. Y menos mal que lo hice, ¡mi familia me ha ayudado en todo! ¡Hasta estuvimos en Tierra Santa esta última Semana Santa!. Es cierto que se sufre, pero como muy bien dicen las carmelitas, que de esto saben algo, cuando uno ofrece una hija al Señor, Éste devuelve el ciento por uno.

 

    Es cierto que mucha gente no entiende en qué consiste la vida contemplativa. ¿Por qué no darse a los demás mejor en unas misiones? Para mi, ambas cosas son igual de importantes, son los dos pulmones de la Iglesia. Además, la vida activa sin la contemplativa no tendría frutos, y al revés, la vida contemplativa sin la activa, no tendría ningún sentido.

 

    Para ir terminando, quiero que sepáis que me he dado cuenta de que la acción de Dios no terminó en los Ejercicios, sino que continúa hoy: lo que Él ha empezado, Él lo continúa y Él lo termina. Nuestro papel es simplemente dejarnos hacer. Y es por eso por lo que entro en el Carmelo con plena confianza y sin ningún miedo. Porque para cualquier cosa que Él me pida, Él me va a dar fuerzas (que yo no tengo ni una) y Él me va a acompañar.

 

    Si me permitís un último consejo: abriros totalmente a la voluntad de Dios, confiad en Él, porque es el único que puede hacernos felices. Y cuando lo veáis claro, decid SI sin miedo. Nunca perderéis la paz. No lo digo teóricamente, sino que es lo que yo he vivido.

 

    Sólo me queda daros las gracias por todo lo que me habéis dado durante estos años. Y pediros que recéis por mí estos últimas semanas. Yo, por mi parte, me acordaré de pedir mucho por todos vosotros, por vuestra santidad, en especial por la de los sacerdotes.

 

    Unidos en la oración.

Cristina


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