¿Todas
las religiones salvan?
Preguntan:
He oído que el Vaticano II cambió el pensamiento que existía hasta entonces,
según el cual "fuera de la Iglesia católica no había salvación".
Si el Concilio afirmó que uno puede salvarse en cualquier religión, ¿hemos de
concluir que todas las religiones valen lo mismo, puesto que todas ellas son
salvadoras?
Respuesta:
Vamos por partes. En primer lugar, el Concilio no dijo que "todas las
religiones salven", sino que uno puede salvarse "en todas las
religiones"; lo cual es muy distinto. No cabe decir que todas las
religiones son salvíficas, para deducir luego que todas son igualmente válidas.
¡Grandísimo error! La salvación viene de Jesucristo y, por lo tanto, las
religiones no cristianas no son salvíficas. Ahora bien, lo que el Concilio dice
es que aunque esas religiones no salven, sin embargo, Dios puede salvar a las
personas que sin culpa de su parte profesan esas religiones, en virtud de la
gracia de Cristo. Es decir, se pueden salvar en esas religiones, pero lo hacen
-aunque ellos no lo sepan en esta vida- por la gracia de Cristo, no por la de
Buda o Mahoma.
En lo referente a las religiones cristianas (protestante, ortodoxa,
etc...) el planteamiento es distinto. En la medida en que reconocemos que
celebran válidamente algunos de los sacramentos de Cristo, especialmente el del
bautismo, las reconocemos también como religiones salvíficas. No obstante,
dado que la religión católica posee la plenitud de los medios salvíficos, es
a ésta a la que denominamos como religión salvífica por antonomasia.
De todas formas, para completar la respuesta a tu pregunta, hay que
matizar una cosa más: no es cierto eso de que antes del Concilio se dijese que
los que profesaban otras religiones no podían salvarse. Estudios detallados
como el que realizó F. Sullivans, han demostrado que con el axioma "fuera
de la Iglesia no hay salvación", S. Cipriano y S. Agustín se referían a
cismáticos que se habían separado de la Iglesia y a los que consideraban
culpables. En la edad media se consideraba también culpables a judíos y
musulmanes, porque se pensaba que ya se había predicado suficientemente a
Cristo. Ahora bien, cuando se descubre el nuevo mundo (1492) los teólogos se
percatan de que existe un vasto continente al que no se podría culpar de
infidelidad a Cristo. Comienza así un repensamiento del tema en la escuela de
Salamanca (F. De Vitoria, M.. Cano) tendente a mostrar que no se puede juzgar
como culpables a los indios por no pertenecer a la Iglesia. Bastaría que su fe
en Dios y su ética natural la vivan desde la gracia que Dios confiere a los
hombres de buena voluntad.
Más tarde, la Iglesia católica condenó la herejía jansenista por
negar que la gracia pudiese llegar a los paganos y, finalmente, el magisterio
del Vaticano II sostiene claramente que esa gracia puede llegar a todo hombre de
buena voluntad (LG 16), enseñando que sólo los que rechazan a la Iglesia de
modo culpable ponen en peligro su propia salvación (LG 14). Sigue manteniéndose,
no obstante, que la Iglesia es sacramento universal de salvación en cuanto que
la mediación de Cristo se prolonga en la historia por la mediación de la
Iglesia. Es decir, la expresión "fuera de la Iglesia no hay salvación"
sigue siendo cierta; no ya en el sentido de que para salvarse sea condición
necesaria la pertenencia nominal a la Iglesia, sino en el sentido de que todas
las gracias de Cristo nos son alcanzadas en última instancia por la mediación
de la Iglesia.