El modelo del P. Pío

 

            El alcance que ha adquirido el fenómeno del padre Pío, que será canonizado el 16 de Junio, es digno de reflexión. Su eco popular sin precedentes, sus fenómenos místicos en pleno siglo XX, los frecuentes milagros de los que se vio rodeado a lo largo de su vida y tras su muerte, cuestionan seriamente los presupuestos ideológicos de los que partimos a la hora de discernir la acción de Dios entre nosotros, así como los signos de los tiempos.

            Con frecuencia, se ha considerado que la Iglesia debe de esforzarse por elevar a los altares los modelos de santidad más "próximos" a nuestros modelos culturales. Sin duda alguna, hay una gran verdad en ello, ya que el llamamiento universal a la santidad debe de ser estimulado por la imitación de unos modelos cercanos, y no sólo por la admiración de unos prototipos inalcanzables. Esto es cierto, pero, no es toda la verdad...

            Una figura como la del P. Pío, con su costado sangrante por efecto de la transverberación; que tuvo el fenómeno de los estigmas en pies y manos durante 50 años; que se enfrentaba físicamente al demonio con frecuencia; que tenía el don sobrenatural de profetizar y de conocer el interior de las conciencias; que protagonizó el fenómeno de la bilocación en repetidas ocasiones, etc; un santo con estas características ha sido suscitado por Dios para sacudir la incredulidad de nuestro siglo, y para escándalo de las mentes secularizadas.

            Influenciados por criterios secularizados, muchos hagiógrafos se han escudado en la aplicación de los principios histórico críticos -sin duda alguna necesarios-, para ocultar vergonzosamente los hechos sobrenaturales de la vida de los santos, con la intención de adecuarse mejor al esquema cultural en uso. Acomplejados por una incorrecta comprensión de la doctrina conciliar sobre la autonomía del orden temporal, con frecuencia se ha pretendido circunscribir la acción de Dios a lo que el hombre contemporáneo pueda comprender como razonable.

            Por supuesto que, nunca será excesiva la insistencia que hayamos de hacer para subrayar la presencia de "lo divino" en "lo ordinario" de nuestro quehacer cotidiano; pero lo que está en juego no es ya sólo el principio de la pedagogía divina, sino el hecho mismo del don sobrenatural. Nos olvidamos que dios es Dios, soberano, todopoderoso y libérrimo en sus actuaciones; e, implícitamente, nos olvidamos también de que el mismo orden natural se fundamenta en última instancia en el sobrenatural.

            ¿Qué explicación cabe dar al fenómeno popular suscitado por el P. Pio? No únicamente batió récords en la asistencia a su beatificación en Roma, sino que ha hecho de San Giovanni Rotondo, su santuario, uno de los lugares más visitados del mundo católico, con más de seis millones de peregrinos anuales. No es un hecho aislado, ni sería justo que achacásemos el fenómeno a la religiosidad entusiasta de la Italia meridional. En la Europa central se repite el mismo fenómeno. René Laurentin, destacado mariólogo francés, ha recordado acertadamente un hecho históricamente constatable: mientras que las masas abandonaban la práctica religiosa en la vieja Europa, lo único que estaba en auge eran las peregrinaciones a los santuarios en los que habían tenido lugar apariciones marianas, u otros hechos místicos extraordinarios. Este hecho pone en cuestión los postulados aprióricos de la teología liberal, según los cuales el hombre moderno necesita una "religiosidad desmitificada", "depurada de todo aspecto mágico", para así poder hacerse comprensible y creíble a la mentalidad moderna.

            Pero los hechos son tozudos, y los signos de los tiempos han resultado ser bien distintos de los diseñados por determinados modelos académicos. Vittorio Messori ha visto en esta devoción popular hacia el P. Pio, una especie de "rebelión de los laicos hacia una parte del clero" que ha caído en una trampa racionalista. El "sensus" católico ha terminado por rechazar una religiosidad en la que el hecho histórico salvífico se diluye en el género literario, la fuerza del sacramento se reduce a su pedagogía catequética, el sentimiento es reprimido en pro de una abstracción racional, la norma moral ya no es recibida sino creada por el hombre, y, en definitiva, el misterio sobrenatural se reduce a un vago humanismo que restringe su mensaje al ámbito de la ética social.

            No podemos olvidar que es Dios quien suscita todos y cada uno de los modelos de santidad. Algo querrá decirnos con los dones místicos que ha dado al P. Pío, poniéndolo como "signo de la prioridad de lo sobrenatural", ante los ojos de este mundo. ¡¡El padre Pío es un santo para tiempos de secularización!!