Sexo y violencia
Pregunta: Con motivo de la presentación del Directorio
de Pastoral Familiar el 2 de Febrero del 2004, se desató en los medios
de comunicación españoles una violenta polémica. Se acosaba
a los
obispos
españoles de haber afirmado que la causa de la violencia doméstica,
estaba en la revolución sexual. Algunas acusaciones llegaban más
lejos, incluso. Les agradecería una aclaración a este respecto.
Respuesta: En el fondo de la polémica estaba la lectura
superficial de tan sólo 8 líneas de un extenso documento de unos
100 folios. Vaya por delante que al abordar esta cuestión, nos alejamos
del contenido central de este documento que, lejos de versar sobre la cuestión
que tratamos en este artículo, como mucho, la roza tangencialmente. Sin
embargo, la confusión que la encendida polémica ha podido generar
en muchos, bien merece que abordemos frontalmente la relación existente
entre el sexo y la violencia de género.
Siempre ha habido violencia de género. Eso es evidente y no lo niega
nadie; al igual que sería una ingenuidad pensar que el libertinaje sexual
comenzó en Mayo del 68. De hecho, la predicación que la moral
cristiana ha hecho de la sexualidad se ha topado tradicionalmente con un gran
obstáculo: la vivencia de la sexualidad en su mera dimensión animal.
En el reino animal, el sexo es un instrumento por el que el macho se limita
a desfogar sus instintos; dominando y sometiendo a la hembra, hasta el punto
de convertir la cópula en un alarde de superioridad física.
Pues bien, en la medida que la sexualidad humana se ha reducido a su dimensión
fisiológica, rechazando todo significado antropológico de orden
humanista o espiritual, entonces inexorablemente ha reproducido esa misma violencia
machista del reino animal.
Frente a esto, la moral cristiana no se ha limitado a recordar que la finalidad
de la sexualidad es la reproductiva -de lo cual los animales carecen de conciencia-;
sino que ha resaltado que junto a esto, el sentido más profundo de la
sexualidad es ser vehículo de expresión de amor. Es decir, la
sexualidad humana, a diferencia de la animal, es expresión de la donación
y entrega de la vida al ser amado.
En los años sesenta y setenta estalló la llamada "revolución
sexual", cuyos ideólogos denunciaban que la violencia doméstica
era consecuencia de una moral represora. Su promesa fue que una vez desinhibidos
y superados ya los "hipócritas tabúes religiosos", la
liberación sexual del hombre y de la mujer lograría la superación
de esos episodios de violencia sexual.
Pues bien, lo único que los obispos han "osado" recordar en
el denostado documento, ha sido el incumplimiento de las promesas de la revolución
sexual. El divorcio entre el sexo-procreación, sexo-matrimonio y sexo-amor,
lejos de solucionar el problema, no ha conseguido sino aumentar de una forma
alarmante la violencia de género.
La pornografía tiene también una buena culpa de ello, ya que,
por su propio dinamismo, introduce a sus consumidores en una espiral obsesiva
de placer, que difícilmente puede detenerse ante el debido respecto a
la mujer. Se trata de un producto pensado y dirigido fundamentalmente al género
masculino y no al femenino. Cuando la mujer es reducida a la dignidad del objeto
de uso para la propia satisfacción, no es de extrañar que haya
quien traspase el límite del respeto a la voluntad ajena, llegando a
atentar incluso contra su integridad física.
En resumen, el documento se limita a constatar que entre las múltiples
consecuencias del libertinaje sexual, una de ellas es el aumento de la violencia
de género. Y no se está diciendo con ello que ésa sea su
única causa. Es obvio que las causas de la violencia doméstica
son múltiples: alcohol, incultura, machismo, celos, rencores tras las
rupturas matrimoniales, egoísmo.... Pero también la vivencia deformada
de la sexualidad.
¿Qué cabe decir de los que resumieron la postura del episcopado
en que "los obispos justifican la violencia de género"? Ya
sabemos que la Iglesia tiene problemas de comunicación en una cultura
condicionada por el impacto mediático; pero tengo para mí que
una distorsión de ese calibre es imposible entenderla sin una mala voluntad
de partida. A quien desee juzgar por sí mismo la consistencia de esta
polémica, le invito a leer el párrafo de la discordia, que encontrará
en el número 12 del documento (www.conferenciaepiscopal.es). Quien disponga
de más tiempo y pueda leerlo entero; comprobará que, una vez más,
la Iglesia ha optado por la familia.