El confesionario del Parador

Aprovechando unos días de descanso, un amigo sacerdote se acercaba hasta nosotros con la intención de disfrutar de San Sebastián y sus alrededores. ¡Qué verdad es que solemos necesitar de estas ocasiones para gozar de nuestra propia tierra! A nuestro visitante y a quienes le acompañábamos, nos dejó admirados la vista del Txingudi que se disfruta desde el mirador de Jaizkibel. Posteriormente, el broche de oro lo puso la visita al casco viejo de Hondarribia, con sus casas de piedra de anchos alerones, balcones de forja y hondos portalones. Sin otra intención que la de tomar un café mientras admirábamos el entorno, entramos al Parador de Fuenterrabia. ¡Qué maravilla! En esta fortaleza construida por el rey navarro Sancho Abarca, se ha sabido compaginar magistralmente el monumento histórico con su utilidad hostelera. Algunos muebles de época y otras buenas imitaciones decoran con gusto la fortaleza.

Pero..., ¿qué es ese mueble con el que se engalana la entrada de la fortaleza? Sí, me refiero al que está a la derecha de las armaduras y escudos que cuelgan de la pared. ¡¡Es un confesionario!! Me acerco, y tras correr la cortinilla color granate que oculta la rejilla, compruebo que no me he equivocado. Sí señores, el confesionario ha pasado a ser un objeto apropiado para la decoración de una fortaleza de tiempos de Carlos V.

Sin embargo, es obvio decir que el hecho tiene una lectura de mucho más calado que la meramente estética. Y no me estoy refiriendo al reproche por la utilización frívola de un signo religioso. Voy más allá: Si en nuestras parroquias el confesionario fuese un signo vivo de la reconciliación, ¿es verosímil que hubiese llegado a emplearse como instrumento decorativo de un Parador?

Por descontado, ya sabemos que la celebración del sacramento de la penitencia no está supeditada a un mueble, ni tan siquiera a un lugar. Como prueba de ello, ahí están tantas personas que aprovechan las peregrinaciones para acusarse de sus pecados al descampado y en plena marcha. Pero no nos engañemos, la crisis actual no se circunscribe al uso del confesionario, sino que afecta a la misma confesión personal de los pecados. Entre los católicos, cada uno deberíamos de examinar nuestra responsabilidad en esta crisis:

Por una parte, están los católicos cuyo principal problema es el de la pereza. A pesar de ser creyentes, se acogen a la ley del mínimo esfuerzo. Lo malo es que tras el abandono de este sacramento, pronto les sobrevienen las dudas de fe: se empieza por entonar el célebre "yo me confieso con Dios", dejando en el olvido la afirmación bíblica de que "Dios confió a los apóstoles el ministerio de la reconciliación" (2 Cor 5,18), para terminar por decir aquello de "yo no tengo pecados", contradiciendo por completo las palabras de Cristo «el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra» (Jn 8,7).

Hay otro sector entre los católicos que afirman rechazar el sacramento, no ya por pereza, sino por entender que su sensibilidad moderna chirría ante la confesión personal de los pecados. Reclaman a la Iglesia que modifique la disciplina tradicional, de forma que se pueda acceder a la "confesión sin confesarse". Sin embargo, habría que cuestionar el presupuesto de partida: ¿es cierto que la sensibilidad moderna es reacia a la acusación particular de los pecados? Hay muchos síntomas que invitan a cuestionarlo. No me refiero únicamente al aumento de la afluencia al psicólogo, proporcional al descenso de la confesión. Ahí tenemos también la proliferación de los "reality shows" radiofónicos y televisivos, en los que los "penitentes" reconocen ante millones de espectadores sus "pecados" con sus rostros distorsionados por el zoom televisivo, cual si de una discreta rejilla de confesionario se tratase.

El problema es otro. Allá donde tiene lugar una fuerte experiencia de Dios, desaparecen las reticencias ante este sacramento. Recientemente el obispo de Tarbes-Lourdes, con motivo de que este año de 1999 ha sido declarado por la Iglesia como Año del Sacramento de la Reconciliación, lanzaba un llamamiento a los sacerdotes pidiendo refuerzos para atender la celebración de este sacramento en aquel Santuario. Después de una gran descenso en la práctica del sacramento de la penitencia, desde hace cinco o seis años se ha notado un fuerte aumento de las confesiones en Lourdes. Ahora comienzan a ser insuficientes la docena de sacerdotes permanentes que confiesan en el Santuario varias horas al día, apoyados por otros veinte sacerdotes auxiliares que les asisten en épocas de peregrinación. Es reconfortante comprobar cómo cuando las cosas se hacen bien, tarde o temprano, dan fruto.

Por último, nos encontramos los católicos que recurrimos habitualmente al sacramento de la confesión. Es preocupante que muchos de nosotros ocultemos nuestra práctica sacramental. Puede ser que lo hagamos por miedo a no ser capaces de dar razón de nuestra fe católica, o simplemente para evitar el mal trago de los reproches que solemos recibir por nuestras incoherencias de vida. En cualquier caso, deberíamos de sentir la necesidad de dar testimonio de la alegría del perdón, como aquel leproso del Evangelio que volvió dando gracias, porque había sido sanado (Lc 17, 11-17).

Inmersos en estas consideraciones, apurábamos nuestro café en este hermoso Parador, antaño fortaleza guerrera y hoy remanso de ocio, llegando a la conclusión de que la máxima aportación que los sacerdotes podemos hacer a la pacificación de nuestro pueblo, posiblemente sea ésta: la celebración del sacramento de la reconciliación. No en vano se dice que "quien no está en paz con Dios y consigo mismo, estará en guerra con todos los que le rodean".