El Espíritu sopla donde quiere
El 30 de Mayo está convocado en Roma un encuentro muy especial: el Papa se juntará con los representantes de los movimientos y nuevas comunidades que han florecido en el seno de la Iglesia. En la Iglesia Católica conviven los movimientos más tradicionales, como las "ordenes terceras", Apostolado de la Oración y la Acción Católica, con los nuevos movimientos que han ido surgiendo: Focolares, Renovación Carismática, Comunidades Neocatecumenales, Comunión y Liberación, Cursillos de Cristiandad, Comunidad de San Egidio, Schönstat, Comunidad de Emmanuel, Movimiento de Vida Cristiana, etc...
No es la primera vez que los movimientos se encuentran para intercambiar reflexiones y experiencias, pero, en cambio, sí que es la primera vez que lo hacen convocados desde la Santa Sede.
La importancia de este encuentro no va a pasar desapercibida a los ojos de los católicos del mundo entero. Es un hecho que la dinámica de los nuevos movimientos es cuestionada por un número considerable de católicos, que entienden la vida eclesial desde unos marcos más "oficiales", más "parroquiales". Acusan a los movimientos de hacer "su guerra aparte", de "servirse" de las parroquias o de las diócesis como plataforma para sus actividades, de mantener una comunión con el Papa "puenteando" al obispo local, de constituir una Iglesia "cuasi paralela", etc...
Sin embargo, la Iglesia ha aprobado e impulsado estos movimientos en su seno, corrigiendo en su discernimiento las posibles desviaciones: «Uno de los dones del Espíritu a nuestro tiempo -decía el Papa- es ciertamente el florecimiento de los movimientos eclesiales... Son un signo de la libertad de formas en que se realiza la única Iglesia, y representan una segura novedad, que todavía ha de ser adecuadamente comprendida en toda su positiva eficacia..» La llamada de Juan Pablo II a la Nueva Evangelización proponía la audacia de encontrar nuevos métodos y nuevas expresiones, para transmitir el cristianismo en unos tiempos de secularización, sin aferrarnos apriorísticamente a métodos del pasado, ni aceptar lo nuevo por ser nuevo, sino aplicando el discernimiento evangélico: "por sus frutos los conoceréis" (Mt 7,16). Todo aquello que produzca frutos de vida cristiana: dinamismo apostólico, juventud, conversiones, vocaciones..., será un método válido; y viceversa. Esta ha sido la clave del discernimiento: los frutos.
Al Espíritu Santo no se le puede meter en un jaula y hacerle que trine cuando a uno le conviene, y con los sonetes que a uno le placen. Si se nos permite una expresión atrevida, el Espíritu Santo no fecunda "in vitro", sino que sopla donde quiere.
Por otra parte, si es verdad que hay "separatistas", también es verdad que hay "separadores"; y no parece de recibo acusar a nadie de falta de integración, cuando se comienza por no aceptar su carisma. Si la Iglesia, desde sus más altas jerarquías, ha hecho su discernimiento y ha aceptado a estos movimientos, ¿vamos a ser nosotros más papistas que el Papa?, ¿nos tendrá que corregir el Señor, como corrigió a su discípulo Juan?: " «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos querido impedir porque no es de los nuestros» Pero Jesús dijo: «No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está con nosotros.»" (Mc 9, 38-40)
¡No lo quiera Dios!. No resistamos a su gracia, que se derrama en el seno de su Iglesia. Sería un pecado imperdonable. La gran riqueza de la Iglesia está tanto en su unidad como en su pluralidad. ¿Acaso no es más conforme con el espíritu evangélico "sumar" que "restar"?. ¿Acaso es preferible una Iglesia más "uniforme", pero "con menos vida"?. ¿Es justo que, en ocasiones, se muestre mayor preocupación por los que están entrando en la Iglesia que por los que se han ido?.
Todos, tanto los integrados en movimientos como los que no lo están, deberíamos reflexionar, a raíz de este encuentro, en aquellas palabras de Pablo: "Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común" (1Co 12, 4-7)