Pregunta: No hace
mucho que yendo por la calle, vi un cartel anunciador que decía más o menos:
"¿has pensado si tu móvil te está volviendo idiota?". No se qué
intención tendría quien puso aquella valla publicitaria, pero, ¿no es cierto
que la utilización que estamos haciendo de los móviles nos puede acarrear
muchos males psicológicos y morales?
Respuesta: No cabe
duda de que así es, especialmente entre los jóvenes. Es verdad que se trata de
un avance tecnológico grandísimo, del que podemos servirnos con gran provecho
para nuestra vida cotidiana o en ocasiones especiales; pero precisamente, para
que pueda ser así, es importante que señalemos los peligros más generalizados
en su utilización:
a) "Contar hasta diez":
Es decir, el refranero nos recuerda la importancia de no dejarnos llevar por la
impulsividad en las respuestas que damos a los demás. De ordinario, es muy
conveniente que exista una cierta distancia entre el pensamiento y su ejecución;
especialmente, cuando se trata de manifestar algo que puede ser comprometedor.
La existencia del móvil ha hecho que ese espacio de reflexión pueda llegar a
ser suprimido. En la práctica, ¡cuántos mensajitos se envían de forma
irreflexiva por los móviles, "tal y como salgan", de forma que son
recibidos sorpresivamente por quien está en ese momento totalmente fuera de
contexto! Algo parecido pasa con los correos electrónicos. Con frecuencia,
terminar de escribirlo y pulsar "enviar", suelen ser una sola cosa.
b) Mala educación: Esto también
es muy frecuente, por desgracia. Es frecuente observar en la convivencia
familiar, o incluso dentro de un grupo más amplio, cómo algunos jóvenes están
ausentes de la conversación en curso, por el motivo de que están mandando
mensajitos por su móvil, con la misma fruición de quien juega al "tamagochi".
Lo mismo cabe decir de esas situaciones que se crean cuando en lugares públicos
y a veces hasta en plena celebración de la Misa, suenan los móviles de algunos
a quienes no se les ha ocurrido desconectarlos.
c) Las cosas íntimas: Es ridículo
que se utilicen los mensajes de móvil para expresar aspectos íntimos de la
persona: declaraciones de pareja, ruptura de relaciones, reproches personales,
expresiones de nuestro estado anímico, etc, etc, etc... Las vivencias más íntimas
de nuestro mundo interior, lo lógico es que requieran de la entrevista
personal, como la forma más adecuada para expresarse con todos sus matices; y
en caso de imposibilidad de ésta, por lo menos será necesario una conversación
telefónica pausada, que difícilmente podrá darse a través del móvil.
d) Despilfarro de dinero: En
un tanto por ciento muy considerable, las comunicaciones que se suelen tener a
través de los móviles tienen el contenido intrascendente de quien está
jugando para matar el tiempo, sin verdadera necesidad de comunicarse nada en
concreto. Sin embargo, el coste de esas llamadas es el mismo independientemente
que la utilización sea racional o irracional. ¡Pocas veces nos confesamos
arrepentidos del despilfarro de dinero que esto supone!
e) Ingenuidad de los padres:
También ocurre que los padres justifican la conveniencia de regalar un móvil a
sus hijos para tenerlos así "localizados" cuando salen con sus
amigos. El caso es que no se sabe exactamente lo que esto soluciona; y, por el
contrario, es patente que trae muchos perjuicios: muy fácilmente los hijos
responden con mentiras cuando los padres les preguntan dónde y con quién están,
además de que no se entiende bien en virtud de qué se le puede permitir a un
hijo venir más tarde a casa por el solo hecho de que esté localizable por el móvil.
¡Los padres son muy ingenuos en esta cuestión!
En resumen, es muy importante que los jóvenes nos ejercitemos en el
autodominio y la mortificación a la hora de utilizar el móvil, porque de lo
contrario, lo que estaba llamado a ser un instrumento a nuestro servicio, genera
una serie de hábitos negativos que se traducen en inmadurez.
De todo lo anterior, se desprende en pura lógica el hecho de que en primer lugar debe de ser discernida la necesidad y conveniencia de tener un móvil. El principio ignaciano sigue siendo válido también en esto: servirse de las cosas en tanto y cuanto reviertan a la mayor gloria de Dios, y saber prescindir de ellas con ese mismo criterio.