Nuevo milenio

  

Pregunta: En medio de la discusión sobre cuál era la fecha de comienzo del tercer milenio, me da la impresión de que no hemos meditado lo suficiente sobre el sentido religioso de nuestro calendario y de lo que supone el inicio del nuevo milenio. Me gustaría que me aclarasen más sobre este punto.

 

Respuesta: Ahora que estamos en el comienzo del año 2001, es bueno que refresquemos la memoria, en torno al debate que estuvo de moda en vísperas del 2000, sobre cuándo comenzaba el nuevo siglo y el nuevo milenio. El debate sirvió para probar que la fecha clave era el 1 de Enero del 2001, y no del 2000. (El motivo es claro: nuestro calendario comenzó a contar el tiempo a partir del año 1, y no del 0, ya que esta última cifra no existía en la numeración romana). Pero la cuestión principal que estaba en juego, por desgracia, pasó desapercibida. El concepto que estaba en juego, la cuestión clave, no era un debate matemático, o de sistemas numéricos; sino otra muy distinta: ¿Por qué medimos la historia desde el nacimiento de Cristo? ¿Por qué el calendario cuenta el tiempo en base a este acontecimiento "histórico-teológico", y no lo hace desde referencias astronómicas o matemáticas?

     Dividir la historia en dos fases: antes o después del nacimiento de Jesucristo, supone tener claro algo muy importante: la historia humana no alcanza su plenitud por sí misma, sino que es necesaria la intervención de Dios para reconducir nuestras desviaciones. Dicho de otra forma: el hombre no es un proyecto encerrado en sí mismo. No puede "realizarse en plenitud" por sus solas fuerzas, sino que es necesario el "desembarco" de Dios en nuestras vidas, para que éstas puedan alcanzar su pleno sentido. Antes del nacimiento de Jesús, el hombre buscaba una plenitud que era incapaz de darse a sí mismo. Con la llegada de Cristo todo ha cambiado: el hombre no ha de resignarse ya a ser una "pregunta sin respuesta", ni siquiera un "proyecto inacabado". Como dijo Juan Pablo II en su primera encíclica: "Cristo revela plenamente al hombre su propia plenitud" (Redentor Hominis).

     Por todo ello, el Jubileo recién clausurado no ha sido sólo una preparación para el 2000 cumpleaños de Jesús; sino que la Iglesia ha renovado su firme convicción de que la presencia histórica de Cristo es necesaria para descubrir el sentido de la historia humana, así como de nuestra propia existencia.