MENDIGOS DEL ESPÍRITU

Dentro de poco, algunos miembros del grupo Loyola recibirán la efusión del Espíritu Santo en el Sacramento de la Confirmación. Se acerca Pentecostés e, igualmente, los que ya estamos confirmados nos disponemos a recibir, con mayor plenitud, ese mismo Espíritu.

Desgraciadamente se ha extendido mucho entre nosotros un error que consiste en decir que lo esencial del sacramento de la Confirmación es elegir uno mismo la fe que nuestros padres nos dieron de pequeños. Expuesto de esta manera, da la impresión de que lo principal de este sacramento es la propia elección que hace el que se confirma. Sería como decir: "vale, me convence esto de ser cristiano". Según esto, lo central de la confirmación no sería la venida del Espíritu Santo, sino la opción que hace el joven después de haber estudiado qué es el cristianismo y tras habérselo pensado.

Sin embargo, lo que la doctrina de la Iglesia nos enseña es muy distinto; Jesús mismo nos lo dijo: «No sois vosotros los que me habéis elegido a mí, sino que soy yo el que os he elegido a vosotros». Por lo tanto, lo esencial de la Confirmación es renovar lo que ocurrió en Pentecostés; es decir, se trata de la venida del Espíritu Santo para fortalecer nuestra fe vacilante y para trasformar nuestros miedos, haciéndonos confesores de Cristo ante las naciones.

Esto es lo esencial. El cristiano mendiga al Espíritu Santo y todo lo espera de El. La Confirmación, lejos de ser para él una celebración en la que hace la declaración de que se siente seguro de su fe, es la petición de la gracia de Dios (el don del Espíritu Santo) para que esa firmeza en su fe pueda ser posible. Y es que un sacramento, mucho antes de ser una elección que nosotros hacemos, es un don que Dios nos regala.

¡Felicidades a los confirmandos!. Y para los demás, ¡qué mejor cosa que una vigilia de oración la víspera de Pentecostés!.