
Manipular la causa de los pobres
Pregunta: Queridos hermanos de Loiola: quisiera haceros no sé si una pregunta o lanzaros a una reflexión pero con el tema de esa Parroquia de Madrid que han decidido clausurar por razones evidentes de falta de fidelidad a las normas litúrgicas y de la vida de la Iglesia, me planteo una disyuntiva que se suele presentar frecuentemente, en éste caso y en otros semejantes: parece siempre en los medios de comunicación como si los que intentamos ser fieles al magisterio y a la liturgia nos tacharan por sistema como insolidarios y distantes de la realidad de los pobres y por el contrario parece como si fuera necesario ser trasgresor para demostrar que te importan ¿Qué opinión os merece esto que comento?
Respuesta: ¿Fidelidad a los pobres o fidelidad a la
liturgia? ¿Encontrar a Cristo en los marginados o encontrar a Cristo
en el Sagrario? ¿Ser hombre contemplativo o ser hombre de acción?
¿Espiritual o social? ¿Obediente al Magisterio de la Iglesia o
comprometido con nuestro tiempo? ¿Estudioso de la teología o cercano
y comunicador? ¿Miembro de la Iglesia jerárquica o de la Iglesia
popular?...
Con demasiada frecuencia, estamos siendo testigos últimamente, de cómo
se plantean este tipo de dilemas, en el contexto de las noticias que los medios
de comunicación nos sirven, referentes a la vida interna de la Iglesia.
No hay que ser muy avispado para caer en la cuenta de que los “mass media”
que inciden en esas contraposiciones, son precisamente los más laicistas
y los más hostiles a la Iglesia. Se trata de una demostración
concreta de cómo poner en práctica la famosa estrategia del “Divide
y vencerás”.
No queremos cargar la responsabilidad exclusivamente sobre esos medios de comunicación,
especialistas en buscar el caso límite, para convertirlo en una noticia
estrella. Sería demasiado cómodo. También los católicos
somos culpables de la deformación del rostro de la Iglesia, en la medida
en que nos prestamos a hacer el juego a esa manipulación?
Para hacer luz sobre esta delicada cuestión, me permito sugerir que apliquemos
el mismo refrán “Divide y vencerás”, pero no precisamente
en el sentido en que lo entendemos habitualmente, sino en su significado literal
y originario: “Divide y vencerás” implica resolver un problema
difícil, dividiéndolo en partes más simples, tantas veces
como sea necesario, hasta que la resolución de las partes se esclarece.
Lo cierto es que, no existen tales contraposiciones teológicas: la ortodoxia
(corrección en la doctrina) no está reñida con la ortopraxis
(actuación coherente). No es cierto que para ser más comprometido
con los pobres, haya que ser menos fiel al credo católico. Ni tan siquiera
es verdad que la obediencia a la autoridad de la Iglesia nos reste libertad
para entregarnos a los pobres. Muy al contrario, los católicos hemos
recibido el mandato de nuestra Iglesia de servir a Cristo en los pobres. Tampoco
es verdad que el cuidado y la fidelidad a la liturgia estén reñidos
con los servicios sociales más comprometidos. Todas esas contraposiciones,
responden más a ideologías, que al espíritu de Cristo y
a la vida de la Iglesia.
El hecho es que, el sacerdote que en la celebración de la Eucaristía,
coge entre sus manos, con devoción, el Cuerpo de Cristo, se está
preparando con ello para ejercer de buen samaritano cuando encuentre al mismo
Jesús, “tirado” en la “cuneta de la vida”. Y,
al contrario, si cuando la Iglesia lleva a cabo sus obras asistenciales con
los marginados, dejase en el olvido su fe, los sacramentos, los mandamientos?
entonces, estaría cayendo en la tentación del reduccionismo y
dejaría de presentar el misterio de Cristo en toda su plenitud.
En medio de posibles conflictos y malos entendidos, debemos confiar en el ministerio
de la unidad que se les ha confiado al Papa y a los obispos, sucesores de los
apóstoles. La unidad sólo es posible cuando se suman todas las
dimensiones del misterio que Cristo ha puesto en las manos de su Iglesia: adhesión
al credo + vivencia fiel de los sacramentos, de la liturgia y de la oración
+ cumplimiento de los mandamientos de la Ley de Dios (y de forma muy destacada,
del mandamiento del amor al prójimo, especialmente a los más pobres).
Es muy importante el signo de la suma: “+”. A los católicos
no nos es suficiente especializarnos en una de esas dimensiones, dejando las
demás en el olvido. Ni tan siquiera el servicio a los necesitados lo
podría justificar. Sería tanto como manipular la causa de los
pobres.
Con el ingenio que le caracterizaba, Unamuno formuló una certera frase,
tras quedarse perplejo ante la cerrada ovación que el público
le había dirigido, en cierta ocasión: "¿Contra quién
me aplauden?". Es bastante obvio que las noticias eclesiales más
codiciadas, no son las que reflejan el trabajo de la Iglesia por los pobres,
sino las que pueden ser utilizadas contra la unidad de la Iglesia. Una prueba
evidente de que la causa de los pobres no interesa en absoluto por sí
misma, es la nula acogida que esos mismos medios de comunicación tan
amantes del escándalo, dan de hecho, a las noticias informativas sobre
Manos Unidas, Caritas, o cualquier otra de las muchísimas instituciones
eclesiales implicadas en el servicio a los necesitados.
No quiero ocultar que dentro de la Iglesia pecamos, en no pocas ocasiones, de
falta de comunión. Eso es tan cierto, como que siguen resonando en nuestros
oídos las palabras de Jesucristo: “Padre, te ruego para que todos
sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”
(Jn 17, 21). Pero, sin embargo, me parecería profundamente injusto que
no destacásemos el milagro de la unidad de la Iglesia. Lo verdaderamente
impresionante es que a pesar de que seamos tan diferentes, con sensibilidades
tan diversas, con circunstancias tan heterogéneas, con orígenes
tan dispares? la unidad de la Iglesia siga siendo una realidad.
En la homilía pronunciada por el Papa Benedicto XVI en la solemne Eucaristía
del inicio de su Pontificado, recurrió a una imagen bíblica muy
utilizada por los Padres de los primeros siglos, para hablar de la unidad de
la Iglesia. Se trata del episodio de la pesca milagrosa narrada en el capítulo
20 del Evangelio de San Juan. El evangelista cuenta sorprendido, cómo
los apóstoles recogieron las redes llenas de peces, y su gozosa admiración
llega al máximo al narrar el siguiente detalle: “Subió Simón
Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta
y tres. Y, aun siendo tantos, ¡no se rompió la red!”. El
Papa concluía su homilía con una ferviente súplica a Dios:
“¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas
que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad!”.
Ciertamente, el Pastor tiene el deber de ejercer ese ministerio de “servidor
de la unidad” de múltiples modos: animando, exhortando, corrigiendo,
reprendiendo, acompañando? Pero, insisto? por mucho que se aireen los
escándalos de turno, estoy convencido de que la verdadera noticia es
la unidad de la Iglesia.