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La fecha que hemos elegido para la celebración de esta Eucaristía por el eterno descanso de las víctimas del terrorismo, no se ha decidido al azar… Acabamos de celebrar la Semana Santa, que lejos de concluir con el fracaso de Cristo, ha culminado con su victoria sobre la muerte. Pues bien, hoy la Iglesia celebra el Domingo de la Octava de Pascua, en el que resuena en nosotros el triunfo de Cristo sobre la muerte: la victoria de la esperanza sobre nuestro desaliento y nuestras tristezas; la victoria de la fe sobre nuestra desconfianza y nuestros temores; la victoria del amor sobre el odio y sobre el rencor; e incluso, la victoria de la comunión con nuestros seres queridos ausentes, por encima de nuestro sentimiento de soledad y desamparo…
Personalmente, me llamó la atención que aquella noticia corriese como la pólvora por la ciudad y el resto de la provincia; y por un momento tuve la sensación de que se hablaba |
El Evangelio de San Juan que hemos proclamado presenta ante nosotros el ideal del martirio, no como algo excepcional, sino como una vocación común a todos los cristianos. Ciertamente, son pocos los cristianos que son llamados a testimoniar la fe mediante el martirio corporal o físico. Sin embargo, según leemos en el Evangelio, es connatural a la condición de los discípulos de Jesús, el no encontrar un fácil “encaje” en el espíritu de este mundo. En efecto, los cristianos estamos llamados a vivir en este mundo, pero sin ser de este mundo. La gran tentación que hoy en día podemos sufrir los creyentes es la de ser ‘arrastrados’ y ‘absorbidos’ por el espíritu mundano, de forma que terminemos por pensar, sentir y actuar, como si Dios no existiese. Es más, con frecuencia suele entenderse que un cristiano sólo puede ser moderno o progresista, cuando ha asumido íntegramente los postulados de la cultura secularizada. Ser cristiano así, en la práctica, implicaría perder la identidad que nos es propia, hasta el punto de resultar ‘fagocitados” por el ambiente. |







Casi al final del curso pastoral, escribiendo desde Jerusalén en peregrinación diocesana a Tierra Santa, he orado por nuestra Iglesia, por muchas personas y por muchas intenciones. También he agradecido al Señor por tantos católicos toledanos que conmigo, con el presbiterio, la vida consagrada y todos los fieles laicos hemos trabajado, tal vez en ocasiones sin acierto pero con ánimo y con decisión por ser testigos de Jesucristo y sus siervos y poder llevar adelante la obra de salvación en este curso que acaba.
Muy queridos hermanos: Hoy especialmente, quiero dirigir un saludo y un reconocimiento particular a cuantos habéis sufrido las heridas de la violencia terrorista. También deseo expresar mi agradecimiento a todos los que habéis querido acompañarles en esta Eucaristía.
El mes de enero finalizaba con una de esas noticias que está a medio camino entre lo anecdótico, lo dramático y lo emotivo: Me refiero al hallazgo, por parte de un indigente, de un bebé abandonado dentro de una bolsa, en la Iglesia de los Padres Carmelitas de San Sebastián. Inmediatamente era detenida la madre de la criatura, una mujer inmigrante, quien declaró que se había visto obligada a abandonar a su hijo por falta de recursos.
En nuestro país hay un alto porcentaje de personas que se declaran católicos, aunque muchos de ellos dicen que no son practicantes, no olvidemos que la atmósfera en la que crecen muchos de nuestros conciudadanos es la indiferencia religiosa. Como dice Gaudium et Spes (19) “ni siquiera se plantean la cuestión de la existencia de Dios, porque, al parecer, no sienten ninguna inquietud religiosa ni perciben el motivo de preocuparse por el hecho religioso”.
Queridos hermanos concelebrantes, queridos devotos de nuestro Patrono San Sebastián, queridos donostiarras y queridas autoridades:


