Hay razones para la esperanza más agradecida –las más–, sin que nos falten motivos para entonar serenamente algún que otro lamento –los menos–. Nada nuevo bajo el sol. La renovación de los cauces diocesanos (consejos, delegaciones, secretariados), y sus responsables, responde a un modo de ver la realidad, de evaluarla en la oración y la reflexión, sopesando diversos factores, buscando el bien de las personas y de las comunidades. Igual sucede en el traslado de sacerdotes, la fusión de parroquias o la apertura de nuevas realidades.
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Los romanos distinguían entre el otium y el nec-otium, entre el ocio y el negocio. Por negocio entendían las actividades con las que obtenían algún tipo de beneficio, como la remuneración económica. Con el ocio se referían a lo que no tenía precio, ni trueque, ni más merced que el gusto de hacer las cosas por ellas mismas con una gratuidad que llenaba el corazón de alegría marcando las motivaciones con el sello de la libertad. En este sentido las vocaciones son un verdadero “ocio”, porque responden a la invitación gratuita de Dios, y suscitan la respuesta gratuita del hombre, a través de las cuales el Señor desea construir con cada generación ese mundo que quiso dejar inacabado para contar con cada uno de nosotros.
La santidad y la belleza de la vida de la Iglesia se manifiestan de un modo especial en las comunidades parroquiales. En ellas, la vida humana queda dignificada de forma sobre-humana por el Bautismo (nacimiento), por la Eucaristía (memorial de la Pascua y anticipo del Cielo), por los demás sacramentos, por la catequesis, por los funerales (muerte) o por la atención caritativa a pobres y a enfermos.
En esta ocasión, quiero fijarme especialmente en los funerales, que congregan en el templo a tantos fieles, parientes, amigos y vecinos, en un momento de especial profundidad humana.
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1.- Cuando era pequeño, me llamaba mucho la atención el cuento del niño que iba echando piedrecitas por el camino para poder recordarlo al volver a su casa. Hoy me imagino el mapa de Navarra con todos los caminos empedrados de todos los que hoy habéis recorrido las mismas sendas del año pasado, porque en este día todos los caminos de nuestra diócesis llevan a Javier que es el punto de atracción. Me alegra veros de nuevo aquí y doy gracias a Dios, que me concede participar con vosotros en esta maravillosa peregrinación. Mirad el castillo, especialmente esplendoroso con los primeros rayos del sol de marzo; mirad a Francisco de Javier que nos convoca y nos recuerda hoy con fuerza que Cristo es la buena noticia para el mundo y que nosotros somos los encargados de darlo a conocer.
Vino a ser como un alto en el camino, o un camino por todo lo alto. La marcha de Jesús y su incipiente comunidad hacia Jerusalén, va sorteando pueblos, valles, riberas, y por doquier encuentran las personas a las que anunciar una buena noticia. En este itinerario de Jesús con sus seguidores más cercanos hacia la Pascua, nos narra Marcos en su Evangelio el relato de la transfiguración, monte arriba en el Tabor. Irá Jesús con Pedro, Santiago y Juan, esos tres testigos de otra hora, la menos transfigurada del Señor, aquella hora tan teñida de sangre y de sudor, de dolor y soledad en Getsemaní.
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