Querida comunidad de religiosos franciscanos, hermanos sacerdotes concelebrantes, queridos devotos de la Virgen de Aránzazu, estimadas autoridades aquí presentes:
Celebramos un año más la festividad de la Patrona de nuestra Diócesis, nuestra Señora de Aránzazu. El amor entrañable a nuestra Madre del Cielo, expresado en esta advocación tan cercana a nosotros, es un signo elocuente del arraigo de la fe en cada uno de nosotros, así como de la profunda huella que la fe católica ha dejado impresa en nuestra cultura vasca. Recientemente estuve en México dando una tanda de ejercicios espirituales, y pude comprobar cómo los misioneros vascos, especialmente los franciscanos, habían dejado allá por donde habían pasado, el rastro de la advocación de Aránzazu. Como dice el refrán, “de la abundancia del corazón habla la boca”, y en el caso de los misioneros franciscanos que llevaron la fe católica a América, es indudable que debieron de tener el corazón rebosante de la fe en Cristo y en su Madre, María.