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Especial JMJ

JMJ 2011

cuanto_pesa_una_oracion   Poco después de la Segunda Guerra Mundial, en tiempo de penuria y hambre, una  mujer muy sencillamente vestida, con aspecto humilde y una serena sonrisa en los labios entró en una tienda de alimentos y pidió lo necesario para preparar la comida de Navidad para sus hijos y ella. El  dueño, desconfiado por la pobre apariencia de la mujer, le preguntó cuánto podría pagar. Ella respondió:

   -  “Mi marido murió en la guerra, mis hijos son demasiado jóvenes y yo, como tengo que cuidarlos, no puedo encontrar trabajo. La verdad

es que no tengo nada que ofrecer salvo una pequeña oración.”

   El hombre, incrédulo ante lo que acababa de oír, sin inmutarse apenas por la necesidad de la mujer, sonrío con malicia y dijo sarcásticamente: 

   - “Escriba su oración en un trozo de papel, y le daré su peso en artículos de alimentación.”

   Para sorpresa del tendero la mujer sacó papelillo doblado de su bolsillo, y se lo dio.

   - “Ya la escribí anoche, mientras velaba a mi hijo enfermo.”

   El dueño de la tienda cogió la nota con indiferencia y , sin ni siquiera leerla, la puso en un platillo de su anticuada balanza.

    “Bueno, veamos cuánta comida pesa su oración.” 

   ¡Cuál fue el sobresalto del escéptico tendero al poner una hogaza de pan el otro platillo y ver que la aguja de su balanza no se movía! Tampoco sucedió nada al añadir otros artículos al platillo: miel, harina, azúcar, legumbres, pasta e incluso algunos caramelos. Seguía sin suceder nada, la aguja permanecía igual que si sólo hubiera peso en el lado de la oración. El sobresalto inicial del tendero fue convirtiéndose en mal humor. Cuando el platillo de los alimentos rebosaba con todo aquello que la señora había pedido para preparar esa comida le espetó:

   -  “Bueno, ya no cabe nada más. Aquí tiene la bolsa. Tendrá que guardar  las cosas usted misma. ¡Yo estoy ocupado!”

   Y dando un fuerte portazo, desapareció detrás de una puerta que había tras el mostrador.

   A la mujer le brillaban los ojos. La emoción y la alegría de ese momento únicamente le permitieron balbucir un “Gracias”. Salió de la tienda radiante, feliz.

   El tendero descubrió poco después que tenía las balanzas averiadas. Nunca pudo olvidar lo sucedido y con el paso de los años, seguía preguntándose si aquello habría sido una mera coincidencia. ¿Por qué la mujer tenía la oración ya escrita antes de que él se la pidiera? ¿ Cómo es que vino justo en el momento en que el mecanismo de la balanza se había roto?

   Siempre que mira a aquella hoja de papel con la oración de la señora, se llena de asombro, porque dice: “Por favor, amado Señor, ¡danos hoy nuestro pan de cada día!”

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