LIBERTAD
En nuestros días se entiende por libertad hacer lo que uno quiere, sin que nada ni nadie le ponga trabas. La libertad, así entendida, podríamos definirla como "capacidad de elección propia".
Por contra, San Agustín define la libertad como la "capacidad de elegir el bien", y pone un ejemplo para demostrarlo: En el Cielo seremos plenamente libres y, sin embargo, allí no podremos hacer el mal. Quizás te preguntes, "¿cómo es eso?". Será bueno que lo reflexionemos en profundidad, porque nos han colado un buen gol al hacernos aceptar como bueno un falso concepto de libertad.
Pensamos equivocadamente "la prueba de que soy libre es que puedo pecar". ¡Pobre ingenuo!, justamente, esa es la prueba de que no eres tan libre como pensabas. Somos libres porque Cristo nos ha liberado. ¿De qué nos ha liberado?. De ser arrastrados por la fuerza del pecado. Nuestra naturaleza estaba herida por el pecado original y por nuestros pecados personales. Nuestra libertad necesitaba ser liberada, porque no éramos capaces de dejar de pecar. Cristo es el libertador de la libertad esclava: «para ser libres nos libertó» El".
Dios nos da continuamente su gracia, para librarnos de la esclavitud del pecado. En contra de lo que algunos piensan, no somos libres, a pesar de esa "ayudita" de Dios, sino a causa de ella. Por lo tanto, la libertad no se define por "elegir uno mismo", sino por la gracia de Dios que nos atrae hacia el bien y nos capacita para abrazarlo. Nos lo dijo Jesucristo, «La Verdad os hará libres».
Al no entender esto, muchos piensan que la religión Católica no permite a los hombres ser libres, sino que les coarta e impide crecer. Por contra, la ley de Dios no atenúa ni elimina la libertad del hombre, al contrario, la garantiza y la promueve. Solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien.
Por eso, no es ninguna contradicción que los santos dijesen que para ser libres tenemos que "hacernos esclavos de Dios por amor". La Virgen María fue la primera en entenderlo: «He aquí la esclava del Señor, hágase en mi según tu Palabra». Es la santa libertad del obediente a Dios.
Pero, si es cierto que la libertad es gracia de Dios, dada por Jesucristo, no es menos cierto que es una tarea para la que se nos pide nuestra entrega. La libertad tiene el precio de la negación a uno mismo. ¿Duro?. Sí, no vamos a negarlo. Pero mucho más dura es la experiencia de verse incapaz de cortar con el pecado, y de comprobar que todas las buenas intenciones quedan frustradas.
El mundo promete libertad y nos esclaviza; Jesucristo nos da una ley y nos libera. Esa es la diferencia