Las otras vías para llegar a Dios

Pregunta:  Me llama la atención que cuando en algún libro católico se lee la expresión “vías para conocer a Dios”, casi siempre se refiere a argumentaciones filosóficas para demostrar su existencia. Sin embargo, me da la impresión de que hoy en día no sirven  de gran cosa esas demostraciones, porque tampoco hay mucha capacidad de entenderlas. Me gustaría que me explicasen cuáles son las “vías para llegar a Dios”, tanto para seguirlas nosotros, como para proponerlas en nuestro apostolado.
Respuesta: El  Catecismo de la Iglesia católica recoge la doctrina del Concilio Vaticano I, en la que se afirma la capacidad racional del hombre para conocer la existencia de Dios: “La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana partir de las cosas creadas” (CIC 36).  A esto añade el mismo Catecismo una constatación realista: son muchas las dificultades que en la práctica tenemos para llegar al conocimiento de Dios, mediante el ejercicio de la razón. (Cf. CIC 37).
Esas dificultades, lejos de decrecer, en nuestros días han aumentado. En efecto, la cultura dominante no se caracteriza por la racionalidad, sino por el impacto visual, sentimental, puntual y voluble.
En este contexto, los argumentos metafísicos con los que Santo Tomás de Aquino demostraba en el siglo XIII la existencia de Dios, sin haber dejado de ser verdaderos, están supeditados a la capacidad de raciocinio del hombre, que no cabe suponer fácilmente. Por ello, y al margen de la labor subsidiaria que la Iglesia está llamada a desarrollar en el terreno de la filosofía y la metafísica (Cf. Fides et Ratio), es necesario proponer al hombre de hoy otras vías de acceso a Dios, que, aunque sean menos concluyentes desde el punto de vista racional, frecuentemente serán más efectivas, supuestas las características de nuestra cultura. Por lo demás, las vías racionales del conocimiento de Dios, siempre estuvieron complementadas con estas otras “vías existenciales”. Proponemos brevemente algunas de ellas:
1.- El testimonio de los santos: Las virtudes heroicas que el Espíritu Santo ha desarrollado en los santos, maravillan y cuestionan a todos aquellos que buscan la verdad y están dispuestos a seguirla una vez encontrada. En la historia de la Iglesia hemos podido comprobar frecuentemente que, una vida santa conduce a muchas más almas hasta Dios, que una biblioteca entera de libros de metafísica. Los mismos santos doctores de la Iglesia, conquistaron más almas con su vida que con sus escritos.
2.- El grupo cristiano: Es claro que Dios tiene un estilo comunitario. Quiso revelarse a un pueblo, y está especialmente presente allí donde un grupo de personas se reúne en su nombre.  El encuentro con Dios no se suele producir caminando “por libre” o “en solitario”. Por el contrario, el Señor acostumbra a servirse del arropamiento de un determinado grupo cristiano para salir al encuentro de quien le busca.
3.- El cultivo de la paz interior: El estrés sofocante que comporta nuestro ritmo de vida, conlleva que se haya desarrollado una sensibilidad especial que valora sobremanera la paz interior. Pero, mientras que en nuestra sociedad la paz interior se oferta como una “técnica” para alcanzar un estado psicológico placentero; la fe religiosa se presenta, no ya como una técnica, sino como la “clave de sentido”, de la que la paz interior es una mera consecuencia.
4.- El humanismo cristiano: En nuestra cultura, el hombre es presentado como la medida de todas las cosas. La existencia de Dios es puesta en cuestión, ante la sospecha de que la fe pueda mermar la autonomía del hombre. Sin embargo, estos prejuicios caen por su peso, en la medida en que se demuestra la capacidad humanizadora del cristianismo. La Iglesia ha sido y es experta en humanidades, hasta el punto de reconocer en el hombre Cristo Jesús, su propio camino.


5.- La capacidad crítica ante los límites del agnosticismo: No podemos menospreciar la “vía negativa” para llegar a Dios. En efecto, hay quienes llegan a Dios por exclusión (“Si Dios no existe, todo está permitido” Dostoiewski). La experiencia de la degeneración moral en la que ha desembocado la cultura agnóstica, ha permitido a muchos superar prejuicios anteriores, y afrontar el problema religioso con una disposición más receptiva.