La Pasión

Mel Gibson era consciente del riesgo tan grande que asumía al afrontar una nueva producción cinematográfica de la vida de Jesucristo, en un contexto cultural tan secularizado: “si esta obra falla, durante 50 años no habrá futuro para el cine religioso".Vista su magnífica obra, no cabe duda de que no sólo ha superado la prueba y disipado los temores; sino que ha llegado aún más lejos que las producciones anteriores. En efecto, La Pasión no se limita a una descripción de los acontecimientos externos en torno a la suerte de Jesucristo. En esta ocasión hay una profunda teología sobre el misterio de la redención, el sentido que Cristo dio a su muerte, en plena sintonía con la fe católica.
Al hablar de esta película, nos resulta de obligado cumplimiento la referencia a las acusaciones que se han vertido sobre ella. ¿Antisemitismo? En todo caso cabría decir que la película nos sitúa ante un drama entre hebreos que tienen concepciones religiosas distintas. No olvidemos que Jesucristo, María, los doce apóstoles y los primeros discípulos, eran tan judíos como los miembros del Sanedrín. El motivo inmediato de la condena a Jesús es una controversia religiosa: se había presentado ante el pueblo como el Mesías de Dios. Por lo tanto, la acusación de antisemitismo por parte de algunos sectores de la comunidad judía, deja al descubierto en éstos una confusión entre raza (pueblo) y religión. Para ellos, la crítica a la religiosidad judía supondría un ataque a un pueblo, hasta el punto de hacerse cómplices de su holocausto. Para deshacer ese entuerto, hay que entender que el cristianismo es una religión que no está ligada a ninguna raza humana; sino que está formada indistintamente por árabes, latinos, anglosajones, indios, etc.... y, por supuesto, también hebreos.
Y por si cupiese alguna duda, la película refleja con absoluta claridad nuestra fe católica en que el motivo último de la muerte de Cristo es el perdón por nuestros pecados. En consecuencia, han sido nuestros propios pecados los que han crucificado a Jesucristo. Queriendo simbolizar esto, Mel Gibson quiso convertirse por un momento en actor de una de las escenas más dramáticas, sosteniendo con su mano el clavo con el que la mano de Cristo es clavada en el madero.
La película nos ofrece las claves del sentido que Cristo quiso dar a su muerte, al intercalar en el episodio de la crucifixión las escenas de la última cena. Con ello remarca que Cristo entregó voluntariamente su vida –cuerpo y sangre- por el perdón de nuestros pecados; tal y como lo profetizaba Isaías: “El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas; y, con sus llagas, hemos sido curados”. Toda una confesión de fe en el sentido redentor de la Pasión de Cristo, que contrasta con cierta teología secularizada que se ha limitado a presentar la muerte de Jesús de Nazaret como “la consecuencia lógica del enfrentamiento que un hombre coherente tiene con los poderes fácticos de su tiempo”. Tampoco cabe entender la profundidad del drama de Cristo sin la tenaz tentación de Satanás, magníficamente expresada por Mel Gibson. El demonio intenta por todos los medios apartar a Cristo de la obediencia a la voluntad de Dios Padre, consciente de que de ello depende la salvación de los hombres. Y como culmen de la teología católica, la película intercala una discreta y a la vez continua presencia de María, que se nos sugiere como custodia del misterio de la redención. ¡Insuperable la escena de María recogiendo en unos paños blancos la sangre derramada por su Hijo en la flagelación!
Entiendo que a algunas sensibilidades les puedan resultar demasiado crudas algunas escenas de La Pasión, especialmente la flagelación y la crucifixión. Sin embargo, a la luz de los documentos históricos que disponemos sobre los métodos de tortura romana, no cabe hablar de exageración. Baste el dato de que tan sólo han sido reflejados en el maquillaje del protagonista el 40% de las llagas que figuran en la Sábana Santa de Turín, por entender que hubiese sido demasiado brutal la transposición literal. Dicho esto, es claro que en la película, Mel Gibson no ha querido ocultar la sangre de Cristo; sino, por el contrario, su intención ha sido “hacerla hablar”. El mensaje principal del sacrificio de Cristo no es el dolor, sino la expresión del amor que en él se encierra. La cruz se convierte en el lugar inequívoco en el que Cristo ha querido hablarnos: amor se escribe con sangre.
Creo que merece también la pena destacar dos coincidencias que acompañan a esta película. Por una parte, Almodóvar y Mel Gibson compiten en la misma plaza con dos películas muy distintas y con vocación contrapuesta: “La mala educación” y “La Pasión”. La primera bucea en las cloacas provocando el alejamiento de la fe; la segunda desciende también a la máxima humillación de la condición humana, pero para cargar y redimir nuestro pecado, todo pecado. La película de Mel Gibson es un canto a la esperanza. Si Dios confía en el hombre, nosotros también.
Pero también se ha producido otra “coincidencia”: La mañana del 11 de Marzo, trascurridas tan solo tres horas del múltiple atentado terrorista, se proyectaba en Madrid el primer pase privado de esta película. Una vez más, Dios lloraba en la Tierra, y la cruz se presentaba como la mayor prueba de solidaridad de Dios con los hombres. En el libro entrevista que Vittorio Messori realizó a Juan Pablo II en 1994, le preguntaba sobre el sentido del silencio de Dios ante el sufrimiento humano. La respuesta del Papa queda para nuestra meditación: “Si no hubiera existido esa agonía en la cruz, la verdad de que Dios es Amor estaría por demostrar
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Jose Ignacio Munilla