La herida del dualismo

Pregunta:  Con frecuencia oigo hablar del dualismo, pero no me entero de mucho a qué se refiere esa expresión. ¿Se trata de una herejía historia que existió y desapareció sin dejar huella; o es algo que continua incidiendo en la cultura espiritual?
Respuesta: Una de las claves del misterio cristiano es la unidad. Si por algo se caracteriza el cristianismo es por integrar elementos que a simple vista pueden parecer contrapuestos: materia y espíritu, secularidad y sacralidad, justicia y misericordia, sexualidad y castidad, mística y ascética, etc... A lo largo de la historia de la Iglesia han surgido multitud de herejías que, aunque tremendamente dispares, tienen como denominador común la ruptura de esa unidad metafísica en la que se integran los misterios de la vida y de la fe. Las herejías se han producido por subrayar unilateralmente un extremo del misterio en detrimento de otro igualmente importante.
El error consiste en contraponer, hasta hacer incompatibles, elementos que están perfectamente integrados en el misterio de Dios. Se trata en definitiva, de una tendencia dualista, consecuencia de la herida que el pecado ha producido en el hombre. El dualismo es un producto de la acción disgregadora del pecado.
No estamos tratando de teorías abstractas lejanas a nuestra realidad, ya que la experiencia dualista la padecemos cuando nuestro planteamiento espiritual carece de una unidad de vida, de forma que Jesucristo no es la experiencia determinante ni la clave de interpretación de toda nuestra realidad. La fe se reduce a unos ideales que no inspiran la vida moral. Lo sobrenatural, la oración y los sacramentos, sirven para el Cielo, pero no para la felicidad en esta vida, que se busca por otros medios. En el fondo, aunque tengamos fe, padecemos un dualismo impuesto por la Ilustración Francesa, según el cual Dios no tiene nada que ver con el mundo. Cuando ocurre esto la fe deja de ser la sal que sazona la realidad, no es significativa, no genera cultura, ni arte, ni proyectos sociales o políticos... El dualismo ha reducido la fe a una superestructura añadida.
Otro ejemplo de dualismo lo tenemos en la valoración que en nuestra cultura se hace de la sexualidad. El cuerpo no soy yo, sino que es algo de lo que dispongo, es como si se tratase de una prótesis añadida para obtener placer. Así, la entrega sexual no tiene nada que ver con el compromiso de amor y entrega personales, sino que es un juego lúdico del que hay que saber sacar provecho. Una visión dualista, radicalmente diferente a la visión integradora cristiana, según la cual el cuerpo es el icono del alma, lo corporal es la expresión de lo espiritual, y lo que hagamos con nuestro cuerpo, no es distinto de lo que hagamos con nuestra propia persona.
Incluso en el plano metafísico y antropológico, ahí tenemos la creciente implantación en occidente de la teoría reencarnacionista. Llama la atención que, precisamente en medio de una sociedad tan materialista, se recurra a una comprensión metafísica en la que lo material es despreciable; mientras que el espíritu ha de desprenderse de lo material para alcanzar su realización. Es una interpretación dualista que no tiene la fe suficiente para comprender que la salvación de Dios llega hasta los últimos rincones de la creación. ¡Hasta el cuerpo del hombre está llamado a la vida eterna! Dios no se desdice de nada de lo que El mismo ha creado.


La efusión del Espíritu Santo cura la herida del dualismo, a través del don de la unidad. Si el pecado disgregó a la humanidad en Babel -y no olvidemos que las confrontaciones entre pueblos son una mera expresión de la desintegración interior de la persona-, el Espíritu Santo es infundido en Pentecostés para unificarnos interiormente. Lo propio del cristianismo es integrar, complementar, sumar, madurar... Ese es el don que hemos de mendigar al Dios fuente de toda unidad, sin dejarnos infectar por la herida del dualismo.