Jesús es su nombre 

 

Una de las ideas más insistentes en los discursos de Juan Pablo II es la preparación del año 2000. Con esta finalidad escribió la carta apostólica "Tercio millennio adveniente", en la que hace un llamamiento a celebrar el año 2000 con un gran Jubileo. Será el Año Santo del 2000, que marcará el comienzo del tercer milenio de la Era Cristiana.

El Papa propone una fase preparatoria de tres años, de 1997 al 1999, que nos introducirá al Jubileo del 2000. El primer año -1997- se dedicará a la reflexión sobre Jesucristo. El segundo -1998- se dedicará de modo particular al Espíritu Santo. El tercero -1999- buscará que los creyentes centren su mirada en Dios Padre.

Por lo tanto, estamos en los inicios del primer año del trienio preparatorio, y es justo que comencemos nuestra revistilla con una editorial que reflexione sobre Jesucristo. Reflexiones sobre Jesucristo se pueden hacer muchas, pero, por empezar por lo más sencillo, empecemos por su nombre:

¿Por qué se llama Jesús? ¿Por qué le pusieron ese nombre y no Juanito o Antonio? Algunos pensarán que se trata de una cuestión insignificante. "¿Qué más dará el nombre?, eso es lo de menos". Pero no, la cosa es más seria.

Ciertamente, para nosotros, la mayoría de las veces, el nombre ha quedado reducido a una cuestión estética. Al niño se le pone el nombre que les guste a los padres. Incluso, es frecuente que, hoy en día, a los niños se les ponga nombres que no tienen santo, con lo cual se pierde la tradición de encomendarlos a la intercesión de un patrono en el Cielo. En ocasiones, el nombre se pone como recuerdo de una persona; por ejemplo, el nombre del padre o del abuelo.

Pero, en cualquier caso, el nombre que ponemos a una persona no expresa lo que esa persona vaya a ser. Así, se le puede llamar a una niña "Consuelo" y, a pesar del nombre, resulta un tormento de niña. A otra niña le llamamos "Paz" y nos sale una guerrera. A un niño le llaman "Gregorio" -que en griego significa "despierto"- y, a pesar del nombre, es el más atolondrado de la clase y el más dormilón de casa. Es decir, los nombres se nos ponen desde fuera, no son expresión del interior de la persona.

Pero, eso que nos pasa a nosotros, no le pasa a Dios, porque El conoce el interior de las personas, y cuando Dios pone a alguien un nombre, lo hace expresando en ese nombre la interioridad de esa persona. Esta era la costumbre bíblica, según la cual el nombre de una persona no es una palabra arbitraria, sino que es inseparable de su personalidad y de la misión que Dios le ha confiado.

A la luz de estas reflexiones entenderemos mejor aquellas palabras del ángel dirigidas a San José "Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (Lucas 1,21). En hebreo la palabra "Jesús" significa "Yahvé salva".

Este es Jesús, el Salvador, tu Salvador, nuestro Salvador -"no hay bajo el Cielo otro nombre por el que podamos salvarnos"(Hech 4,12)-. El nombre de Jesús indica la misión para la que fue enviado a nosotros: para salvarnos. Es la misericordia de Dios que, viendo nuestra postración, no nos deja tirados, sino que viene en nuestro socorro.

En nuestros días, el orgulloso afirma «yo no necesito que nadie me salve»; el hombre desesperado dice «es inútil, yo no tengo salvación»; por el contrario, el cristiano suplica confiadamente «Te necesito Señor, ven a salvarme».

En este primer año de la preparación al Jubileo del 2000, deberíamos procurar cada uno concretar en pequeños gestos nuestro amor al nombre de Jesús. Por ello, os proponemos una jaculatoria para que la recitemos a menudo este año de 1997: "Jesús salva". Recítala a menudo: ante una dificultad aparentemente insalvable, confía -"Jesús salva"-, cuando hayas sentido la mano del Señor que te ha acompañado, agradece -"Jesús salva"-. En definitiva, en cualquier circunstancia, Dios te envía "su salvación"; Jesús es su nombre.