Pregunta: Una de las cosas que más me cuesta poner en práctica del mensaje cristiano es la pureza en los pensamientos. A veces me llego a plantear si es algo alcanzable, o si se trata de una utopía hacia la que tenemos que tender. ¿Me podrían dar algunas orientaciones al respecto?

Respuesta: En primer lugar, es conveniente recordar que el noveno mandamiento no está formulado en los términos de "no tendrás pensamientos impuros", sino "no consentirás pensamientos ni deseos impuros". Es decir, lo que es pecado no es el que se nos pase por la cabeza un pensamiento impuro, sino el hacerlo nuestro voluntariamente.
La imaginación, en palabras de Santa Teresa, es la loca de la casa; y es cierto que no es tan fácil llegar a ejercitar el control de todas nuestras imaginaciones. En especial, hay personas que tienen una imaginación muy viva y desbordante, que puede llegar a ser una auténtica "cruz", hasta el punto de resultar dificultoso mantener en cuarentena lo imaginado, sin que provoque turbaciones en nuestra vida real. En estos casos habrá que aconsejar paciencia; así como un ejercicio por el que procuremos distinguir con nitidez la imaginación de la voluntad.
Una vez que se ha hecho lo posible por intentar controlar la imaginación, con mayor o menor éxito, es necesario suscitar la indiferencia de la voluntad hacia ésta. Incluso, lo mejor es reírse de uno mismo, de las tonterías que se nos pueden llegar a pasar por la cabeza. Dice el refrán que "no hay mayor desprecio que el no hacer aprecio"; y eso lo debemos aplicar también al caso que nos ocupa, ya que puede no ser conveniente enfrentarse frontalmente con unas imaginaciones que nos resultan muy volátiles e incontrolables.
Pero a lo anterior hay que añadir que podemos ser culpables "en causa" de tener una imaginación llena de tentaciones impuras. En efecto, es indispensable que protejamos nuestra imaginación mediante el "ayuno del bombardeo audiovisual" al que estamos sometidos, y que termina pasándonos factura. Nuestra imaginación es como una esponja; y nosotros habremos de esforzarnos por verla empapada de agua cristalina, preservandola de aguas turbias.
Lo que está claro es la gran importancia de este noveno mandamiento de la ley de Dios, que tiene una referencia importante en las siguientes palabras de Jesucristo: "Habéis oído que se dijo: No cometerás adulterio. Pues yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón. Si, pues, tu ojo derecho te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te conviene que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea arrojado a la gehenna". (Mt 5, 27-29)
La "batalla" de la pureza, comienza en el terreno de los pensamientos y de los deseos, y es indispensable cortar por lo sano. Es un error restar importancia a nuestro mundo interior, y reducir la moralidad a los actos externos. Quizás cabría matizar que es esta una de las diferencias esenciales entre el puritanismo y la virtud de la pureza. Mientras que el puritanismo se centra en guarda las formas, la pureza guarda el corazón. El ideal del puritanismo es el autocontrol que evite escándalos públicos; sin embargo, la finalidad de la pureza es que nuestro cuerpo sea icono y expresión del alma.
Merece la pena emplearse en esta batalla, y especialmente al comienzo del mes de Mayo, estamos llamados a acudir una y otra vez a María, pidiéndole: "Se tú mi pureza". Un consejo: aprendamos la siguiente oración a María para rezarla cuando somos tentados. "Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea; pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A Ti, celestial princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día: alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía, amén."