¿A la sombra de San Ignacio?
En Mayo del presente año se reunían en la provincia del Gujerat, en la India, los 17 provinciales de la Compañía de Jesús de aquella nación. En esa reunión hicieron público un comunicado contra la Santa Sede, en especial contra la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, que preside el cardenal Ratzinger.
Su comunicado pretende salir al paso de las intervenciones que la citada congregación vaticana, encargada de velar por la pureza e integridad de la fe católica, ha hecho en los últimos tiempos sobre algunos teólogos jesuitas (en especial Anthony de Mello y Jacques Dupuis). La Santa Sede había alertado del peligro de que estos jesuitas diluyesen lo específico del mensaje cristiano, con el pretexto de proceder a inculturizarse en el contexto social asiático, y más en concreto, en la cultura india.
En efecto, llegan noticias preocupantes sobre la evangelización en la India. En algunos lugares la figura de Jesús es presentada como una divinidad más, entre las muchas que el pueblo hindú venera. Del deseado ecumenismo se ha pasado a una especie de sincretismo, en el que se termina por olvidar la afirmación paulina "No hay bajo el cielo otro nombre por el que podamos ser salvados" (Hch 4, 12). Una cosa es que el Concilio Vaticano II afirmase que los miembros de otras religiones podrán salvarse si son fieles a lo que han conocido en su conciencia; y otra cosa muy distinta es olvidar que también ellos se habrán podido salvar gracias a la redención de Jesucristo, aunque lo hayan ignorado en esta vida. Es decir, sólo Cristo salva. Sólo hay un mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo. Las demás religiones "no salvan", aunque los hombres de buena voluntad se puedan salvar en ellas (notemos la diferencia). Esta ha sido la aclaración de fondo que la Santa Sede ha hecho en sus intervenciones frente a diversos teólogos jesuitas, que habían caído en un craso sincretismo.
Aparte del error teológico de fondo, es evidente que también nos encontramos ante una actitud acomplejada. El miedo a ser rechazados por culturas que han sido tradicionalmente refractarias a la evangelización, hace que se confunda inculturación con una disolución o difuminación en la masa. ¡Qué providencial ha sido la congregación de las Misioneras de la Caridad! Estas "monjitas" de la madre Teresa que, precisamente, comenzaron su vida en la India, han demostrado con su vida llena de frutos cómo la iglesia se puede inculturar -visten su sari indio, y viven como los pobres a los que atienden-, sin perder lo más mínimo su identidad católica, es decir, sin que se les caiga del corazón y de los labios los nombres de Jesús y María.
Lo más preocupante en estos momentos es que los 17 provinciales de la Compañía de Jesús se "revelen" contra el magisterio de la Iglesia haciendo público el citado comunicado, y acusen a la jerarquía eclesial de paralizar lo que ellos entienden que es un "proceso de inculturación". Su reacción nos lleva a sospechar que los casos denunciados por el Vaticano no son casos aislados, sino que son exponentes de la crisis que vive la Compañía de Jesús, especialmente en algunas misiones jesuíticas asiáticas. Por lo demás, no podemos por menos de recordar que San Ignacio, fundador de la Compañía de Jesús, quiso añadir a los tres votos ordinarios de todos los religiosos -pobreza, castidad y obediencia-, un cuarto voto de obediencia especial al Papa. ¿Qué ha sido del cuarto voto? Si es penosa esta declaración de los provinciales jesuitas indios, lo más triste es que pone al descubierto uno de los males más extendidos en la Iglesia Católica (quizás el mayor enemigo al que se enfrenta): la falta de fidelidad al magisterio de la Iglesia.
Da un poco de rubor hablar de estas cuestiones tan espinosas de una manera tan abierta como lo hacemos en esta editorial, pero desde el momento que la confusión está ya servida (no olvidemos que este manifiesto ha sido enviado a los medios de comunicación), los católicos de a pie padecen una gran confusión. Muchos cristianos piensan que no merece la pena esforzase en la tarea de su propia santificación, cuando los mismos curas y religiosos se contradicen en público de una forma tan clara. Y así, muchos se escudan en la confusión reinante, para dar largas a la tarea de su conversión o santificación. Por todo ello, ha llegado el momento de denunciar este hecho, hablando claro. Sin docilidad al magisterio de la Iglesia, es imposible que Dios bendiga nuestros empeños apostólicos. Lo estamos viendo. Lo podemos comprobar. Dios bendice a aquellos que le son fieles, y no cabe la fidelidad sin docilidad y obediencia. ¿Nos imaginamos a San Ignacio escribiendo manifiestos contra el Vaticano?