Camino de humildad
Pregunta: Me parece que uno de los pecados que más fácilmente
se nos suele infiltrar es el de la vanidad y el orgullo. A mí me gustaría
hacer las cosas buscando sólo la gloria de Dios, pero tengo que reconocer que
enseguida se me mezclan otras intenciones bastardas: el dar buena imagen, el
quedar siempre por encima de los que me hacen sombra, etc... Les pediría
algunos consejos para crecer en humildad
Respuesta:
Ciertamente, la humildad es una de las virtudes claves en la vida cristiana. No
es la virtud de los débiles, como algunos han dicho, sino más bien la virtud
de los maduros, de los que hacen las cosas por sí mismos, sin que les afecte el
juicio ajeno en su obrar. Por ello, Santa Teresa dio aquella famosa definición
de la virtud de la humildad: "andar en verdad". Ser humilde no es ser
ñoño, o inseguro, sino ser auténtico y trasparente. Te proponemos unos
consejos para vivir la virtud de la humildad con intensidad.
1º.- Ser sincero: Una de
los principales motivos que nos conducen a mentir es la vanidad. ¡Cuántas
veces ocurre que exageramos las cosas, o incluso las inventamos, con el objeto
de mantener el protagonismo en las conversaciones, o por destacar sobre los demás!
La sinceridad es un consejo muy sencillo pero a la vez muy eficaz para educarnos
en la autenticidad, osea, en la humildad: si he tenido tres suspensos, no me
avergüenzo de decirlo aunque los allí presentes estén alardeando de sus
sobresalientes. Si me voy a quedar en el pueblo en verano, lo digo sin
acomplejarme ante los que se van a Mallorca. Si metí un gol en el partido, digo
que metí uno y no dos, etc... Ser sincero es camino de humildad.
2º.- Saber callar: Ocurre
también que muchas cosas que contamos en público, aún en el supuesto de que
sean ciertas, suelen estar dichas con el objeto de hacernos publicidad. Sin
embargo, no es necesario que los demás sepan todas las cosas positivas que nos
hayan ocurrido o hayamos hecho. El mismo Jesús nos lo dijo: "que no
sepa la mano izquierda lo que hace la derecha" (Mt 6, 3). Dicho de otra
forma, "no es obligatorio" ir contando por todas las esquinas las
matriculas de honor que hayamos podido conseguir, o, por poner otro ejemplo, ir
pregonando el plan de verano espléndido que tenemos y que suscita envidia en
quien se tiene que quedar aquí. ¡Nos lo podemos callar!
3º.- No excusarse: Un
tercer grado superior de humildad lo constituye la renuncia a la autoexcusa
cuando somos injustamente acusados. No cabe duda de que en el caso de que
nuestro silencio pudiese ser motivo de escándalo, no sería prudente que
renunciásemos a la autodefensa. Es más, podríamos llegar a tener la obligación
moral de ejercerla. Pero, sin embargo, en la mayoría de los casos, lo único
que está en juego es nuestro orgullo herido. ¡No hay cosa más medicinal que
saber callar ante las falsas acusaciones!
No olvidemos que el silencio
de Jesús, injustamente acusado y vejado, hizo que el mismo Pilato barruntase
algo misterioso en la persona de Jesús: "Volvió a entrar en el
pretorio y dijo a Jesús: «¿De dónde eres tú?» Pero Jesús no le dio
respuesta. Dícele Pilato: « ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder
para soltarte y poder para crucificarte?" (Jn 19,9‑10)
En resumen, este camino de humildad que aquí proponemos con estos tres consejos, podríamos calificarlo de "gran atajo" para llegar a alcanzar ese virtud. Es del todo indispensable que complementemos estos consejos con la contemplación asidua de Jesucristo en las distintas escenas evangélicas. En cada uno de esos pasajes evangélicos podemos escuchar sus palabras: "aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Mt 11, 29)