"HOMBRE Y MUJER LOS CREÓ"
No sabemos por qué será, pero es un hecho que un determinado tipo
de noticias corren mucho más que sus contrarias. Por ejemplo, todos nos
enteramos de que Massachusetts había sido el primer estado USA en legalizar
el matrimonio de homosexuales. Será bastante más difícil
que llegue a nuestros oídos la aprobación en Australia de una
nueva Ley de Matrimonio, en el que éste es definido como la unión
entre el hombre y la mujer.
El anuncio de la nueva ley ha sido hecho por el primer ministro y líder
liberal, John Howard, que gobierna en coalición con el Partido Nacional.
Lo mejor del caso es que quien forma la oposición, el Partido Laborista,
ha mostrado también su acuerdo con esta decisión. El gobierno
ha anunciado además una segunda reforma para prohibir que las parejas
homosexuales adopten niños en el extranjero.
¿Es Australia un país de costumbres puritanas? Nada más
lejos de la realidad. Baste recordar que Sydney pasa por ser la ciudad del mundo
con mayor número de homosexuales, después de San Francisco. La
razón de un estilo tan diferente de plantear la política familiar
hemos de buscarla simplemente en la mayor racionalidad en el ejercicio de la
política.
En España, por el contrario, todo parece indicar que veremos aprobada
en la presente legislatura la reforma anunciada el ministro de justicia, Juan
Fernando López, en el sentido de modificar la legislación civil
introduciendo el matrimonio homosexual. Y entre nosotros, nadie parece atreverse
a moverse de la foto para decir lo obvio: Si todo es equiparable al matrimonio,
entonces, en realidad, el matrimonio se reduce a la nada. "Distinguir"
no es lo mismo que "discriminar". Lo lógico es dar un trato
distinto a las cosas que son diferentes.
Tenemos que convencernos, de una vez por todas, de que la defensa de los derechos
de las minorías no tiene por qué conducirnos al olvido de los
"principios". El "matrimonio homosexual" es una pretensión
injustificable. Si perdemos de vista que el matrimonio es la unión del
hombre y la mujer, reconocida y tutelada por el estado por ser el vínculo
desde el que se regenera la sociedad, caeremos inevitablemente en numerosas
aberraciones y agravios comparativos. Puestos a ser innovadores, no se entiende
por qué no se han de admitir bajo la misma figura jurídica de
"familia" otro tipo de convivencias sin relación sexual. ¿A
qué soltero no le gustaría que su convivencia con un hermano o
un amigo tuviese las mismas ventajas fiscales y económicas que las de
un matrimonio?
Pero es que la finalidad del matrimonio no puede ser una mera protección
jurídica de unas relaciones sexuales, como en la práctica pretenden
los colectivos gays; sino que lo que tutela el matrimonio es un estilo de vida
en el que el amor que se expresa en la entrega sexual es fuente del recambio
generacional y motor de la educación de los hijos. De ahí que,
si dos homosexuales quieren proteger su relación en un marco legal, la
equiparación con el matrimonio no es el camino correcto. Para ello se
puede recurrir a otras vías, y siempre con el cuidado debido de no crear
agravios comparativos con otros sectores de la sociedad que tienen los mismos
derechos que los homosexuales.
Demostrando un sentido común muy superior al nuestro, el Gobierno Australiano
ha presentado un tercer proyecto de ley por el que se autoriza que cualquier
persona pueda acceder a la pensión de aquella otra de la que dependa
económicamente, aunque no sea su cónyuge. De este modo la trasmisión
de ciertos derechos económicos se aplicaría también a las
parejas homosexuales; pero no sólo a ellos, sino a otro tipo de convivencias:
amigos, hermanos, etc... Bien es cierto que el sistema social australiano está
basado principalmente en la contratación de fondos privados de pensiones,
por ello cabe una reforma de este estilo, sin que suponga quiebra para nadie.
Difícilmente resistiría nuestro fondo público de pensiones
una reforma de este calibre. Ahora bien, en estricta justicia, cabe exigir que
nos incluyan a todos en las ventajas económicas que reivindican para
sí los colectivos gays, o que nos quedemos como estamos.
Y no quisiera ni mucho menos dar la impresión de que estamos ante un
mero problema económico. Muy al contrario, la aprobación de esa
reforma del Código Civil supondría una profunda crisis de nuestros
principios. Si olvidamos algo tan obvio como que el matrimonio es la unión
del hombre y la mujer, corremos el peligro de dilapidar un tesoro moral que
el corpus jurídico legal ha tutelado durante siglos. El progresismo reinante
esconde bajo su disfraz de liberalismo una profunda crisis de pensamiento. De
hecho, el discernimiento sobre el bien común está siendo sustituido
por el puro practicismo. Acaso, el redescubrimiento de las raíces cristianas
de nuestra cultura tiene más importancia de lo que algún teólogo
se cree; especialmente cuando asistimos a un progresivo oscurecimiento de los
fundamentos básicos de nuestra sociedad. Y añádase a esta
crisis, la falta de libertad para expresar lo que pensamos, por influjo de la
dictadura que ejerce lo políticamente correcto. ¿Vamos a aceptar
sin más debate que las uniones homosexuales hayan de ser equiparadas
al matrimonio? En mi opinión, sería grave que ocurriese; pero
más grave todavía sería que tuviese lugar sin un fuerte
debate social. Sería signo de un encefalograma plano.