Hijos de Dios por el Bautismo


Pregunta: El sacramento del Bautismo nos hace “Hijos de Dios”; pero claro, se me plantea la duda de si con eso estamos diciendo que los que no son cristianos no son hijos de Dios. A mí me resultaría demasiado fuerte negarles esa condición de hijos de Dios. Pero, por otra parte, pienso que si todos son ya hijos de Dios, ¿qué necesidad tiene la Iglesia de ir por todo el Mundo predicando el Evangelio y bautizando, como le mandó Jesús que hiciese? ¿Para qué hacer ese esfuerzo si ya son igualmente hijos de Dios como nosotros?
Respuesta: Antes de entrar en algunas distinciones teológicas, es conveniente recordar que debemos de ser muy humildes a la hora de debatir sobre algunas cuestiones dudosas que se nos plantean, sobre todo cuando su respuesta no nos ha sido revelada por la Sagrada Escritura ni ha sido definida por el Magisterio de la Iglesia. Un buen ejemplo es la pregunta que tú formulas. Ni la Sagrada Escritura ni el Magisterio de la Iglesia han hablado ni dado una respuesta autorizada a la pregunta de si los no bautizados son también hijos de Dios. Pero, por otra parte, es una verdad incuestionable, como tú mismo apuntas en tu pregunta, que Jesús en el Evangelio nos pidió, nos mandó y nos apremió a ir por todo el Mundo bautizando. Así pues, vamos a intentar dar una respuesta a tu pregunta desde unas reflexiones teológicas, pero sin olvidar que estamos ante un misterio que nos supera, y que bueno será apoyarnos más en las pocas cosas que nos dice la Sagrada Escritura y el Magisterio, que en las muchas teorías que podamos formular con nuestra razón. Estas últimas pueden ser buenas y convenientes, en la medida en que ayuden a aceptar mejor la Revelación y a dar respuesta a muchas dudas que se plantean desde la increencia.
Pues bien, la fe católica afirma que: “Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 847). Ahora bien, sabemos que para poder salvarse, es necesario “morir en la gracia y la amistad de Dios” (CIC 1023). Añadimos a esto que quien está en gracia de Dios está lleno del Espíritu Santo, luego es también hijo de Dios. Es decir, que los no bautizados que se salvan son también, en alguna medida, hijos de Dios.
Ahora bien, no parece que la inhabitación del Espíritu Santo y la filiación divina tengan el mismo nivel en el caso de los bautizados y de los no bautizados. No en vano nos dice la Revelación que el sacramento del bautismo nos da una gracia especial que nos constituye en hijos de Dios. ¿Cómo entender pues esta aparente contradicción? Tal vez, una explicación la podamos encontrar en que la Tradición y el Magisterio afirman que el sacramento del bautismo “imprime carácter”, configura nuestra alma con una especie de “sello indeleble” de nuestra pertenencia a Cristo (Cfr CIC 1273). Cuando el pecado mortal rompe nuestra amistad con Dios, haciendo que desaparezca en nosotros la inhabitación del Espíritu Santo y la condición de hijos de Dios; sin embargo, en los que somos bautizados sigue permaneciendo ese “sello” o “carácter” bautismal, ya que se trata de una configuración ontológica de nuestra propia alma con Cristo, que no puede ser borrada.
He aquí la gran diferencia: El bautizado tiene una relación con Dios, no ya de orden meramente puntual, sino de orden constitutivo, hasta el punto que incluso cuando vive en pecado mortal, sin embargo, permanece en él un sello divino que le capacita de una manera muy especial para recuperar la gracia y la filiación perdidas. Por el contrario, la situación espiritual en la que se encuentra el no bautizado, se mueve en unos márgenes mucho más dramáticos: el abismo entre la gracia y el pecado resulta más grande aún que en el bautizado, ya que no existe en él ese sello o carácter de configuración con Cristo, y es mucho más difícil el retorno a la vida de gracia una vez perdida ésta.
De aquí se desprende que la necesidad de predicar a los paganos es urgentísima, ya que la gracia que da el sacramento del bautismo sigue siendo necesaria para la salvación eterna, a pesar de que la Iglesia reconozca que la salvación de Cristo pueda recibirse también por conductos extra sacramentales. Es decir, sin duda alguna, es mucho más fácil la salvación para aquellos que han recibido el bautismo que les ha configurado con Cristo.