¿Guerra
preventiva?
Pregunta: ¿Qué juicio moral le merece a la Iglesia Católica
el posible recurso a la guerra de Estados Unidos contra Irak?
Respuesta: En
vísperas de Navidad, el arzobispo Jean Louis Tauran, secretario vaticano para
las Relaciones con los Estados, afirmaba con claridad que: «El uso de las armas
no es una fatalidad inevitable y, además, una guerra preventiva no está
prevista por la Carta de las Naciones Unidas.» En el mismo sentido, en la
presentación del mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz, el
presidente del Pontificio Consejo Justicia y Paz, monseñor Renato Martino,
declaró sin ambages que «la guerra preventiva es una guerra de agresión y,
por lo tanto, no es una guerra justa». En su felicitación de Navidad a la
Curia romana, Juan Pablo II mostró su inquietud «por los conflictos que
amenazan con estallar con renovada virulencia» y advirtió que vamos «hacia un
horizonte regado de sangre». Es decir, el juicio moral de la Iglesia Católica
es totalmente contrario.
El Catecismo de la Iglesia Católica aborda en el número 2309 lo
referente a la llamada “guerra justa”; es decir, a cuáles son las
condiciones por las cuales un estado podría recurrir a la guerra, como legítima
defensa. Dice así el texto del catecismo:
“Se
han de considerar con rigor las condiciones estrictas de una legítima defensa
mediante la fuerza militar. La gravedad de semejante decisión somete a ésta a
condiciones rigurosas de
legitimidad
moral. Es preciso a la vez:
‑
Que el daño causado por el agresor a la nación o a la comunidad de las
naciones sea duradero, grave y cierto.
‑
Que todos los demás medios para poner fin a la agresión hayan resultado
impracticables o ineficaces.
‑
Que se reúnan las condiciones serias de éxito.
‑
Que el empleo de las armas no entrañe males y desórdenes más graves que el
mal que se pretende eliminar. El poder de los medios modernos de destrucción
obliga a una prudencia extrema en la apreciación de esta condición.”
Ahora bien, en primer lugar, es claro que estamos en un escenario muy
distinto al que desencadenó la anterior guerra contra Irak. Si entonces la
invasión y anexión de Kuwait, por parte de Irak, pudo hacer legítimo el
recurso a la violencia para aquella nación recuperase su libertad, en la ocasión
presente no se ha producido ningún ataque ante el que haya que defenderse.
La justificación del recurso a guerra en estos momentos habría de
hacerse en base a argumentos que plantean la conveniencia de un “ataque
preventivo”; algo inaceptable desde el punto de vista ético, ya que escapa a
lo que entendemos como legítima defensa. Si diéramos por buena la llamada
guerra preventiva, ¡¡entonces todas las guerras podrían invocar la
justificación moral!!
A esto hay que añadir que parece que se quiera aprovechar la nueva
sensibilidad internacional creada tras el 11 de Septiembre, para lanzar el
ataque contra Irak. Sin embargo, esto encierra un engaño, ya que Irak es uno de
los pocos países árabes de Oriente Medio en el que hay libertad de confesión
religiosa -a diferencia de Arabia Saudí, aliado de EE.UU.-, y donde los grupos
terroristas islámicos, al estilo de All Queda, no han tenido arraigo. Cuesta
entender, por lo tanto, cuáles son los motivos que se esconden tras el actual
deseo belicista. Es de sobra conocido el talante dictador y manipulador de
Saddam Hussein; pero no parece que eso sea razón suficiente para lanzar un
ataque que sufrirían principalmente los más débiles.
Es preocupante que el presidente de EEUU haga continuas referencias a
la necesidad de combatir los países que forman el “eje del mal”, apoyándose
para ello en argumentos espirituales. Es una interpretación demasiado simplista
de una realidad mucho más compleja: la frontera entre el bien y el mal no es
geográfica, sino que pasa por el corazón de cada uno de nosotros. Cada uno
debería de plantearse en serio su personal “mea culpa”, para poner las
bases de un orden internacional en paz.