Nada sin la gracia de Dios

 

Pregunta: Por la red de Internet circulan muchas presentaciones de PowerPoint con hermosos y atrayentes pensamientos espirituales. Varios de estos montajes concluyen su mensaje con esta "moraleja": "Pedía fuerza... y Dios me dio dificultades para hacerme fuerte. Pedí sabiduría... y Dios me dio problemas para resolver. Pedí prosperidad... y Dios me dio cerebro y músculos para trabajar. Pedí valor... y Dios me dio obstáculos para superar. Pedí amor... y Dios me dio personas con problemas a las cuales ayudar. Pedí favores... y Dios me dio oportunidades. Yo no recibí nada de lo que había pedido, pero sí todo aquello que necesitaba."   Qué juicio teológico cabe hacer de estos pensamientos espirituales?

 

Respuesta:   Sin negar la buena voluntad de los autores de estos montajes informáticos, es necesario un discernimiento teológico sobre su contenido.

            No cabe duda de que Dios se sirve en inmumerables ocasiones de las causas segundas para darnos su gracia. Dios dirige los hilos de la historia humana, de tal modo que incluso aquellos acontecimientos que nos pueden parecen meras casualidades, en realidad son encuentros de gracia. Aquellas dificultades y contrariedades, aquellas circunstancias aparentemente ciegas y sin sentido, en realidad, eran ocasiones por las que Dios salía a nuestro encuentro.

            En este sentido, sí que tendría razón la moraleja del mensaje que estamos analizando. Es decir, la acción de creadora de Dios no se agota en su "hacer", sino que se extiende al "hacernos hacer". La intervención de Dios no ahorra al hombre el esfuerzo para desarrollar sus potencialidades, sino que precisamente posibilita y dinamiza ese desarrollo. Esta forma de proceder de Dios parece ajustarse al mandato del Génesis "creced y dominad la Tierra". El hombre se realiza desarrollando las potencialidades que Dios ha puesto en él. Esa capacidad de desarrollo es uno de los mayores dones de Dios.

            Pero si redujéramos la acción de la gracia de Dios a este nivel nos quedaríamos muy cortos. En efecto, Dios no se limita a "ponernos dificultades para que crezcamos ante ellas", como parece desprenderse de la citada moraleja. Ese planteamiento parece ignorar las huellas que el pecado ha dejado en el hombre y su dificultad para obrar el bien.

            La gracia de Dios nos está sosteniendo constantemente en nuestro obrar, hasta el punto de que en nuestra liturgia mendigamos así la gracia de Dios:  Señor, que tu gracia inspire, sostenga y acompañe nuestras obras, para que nuestro trabajo comience en ti, como en su fuente, y tienda siempre a ti, como a su fin  (Oración colecta del Jueves de Ceniza). Sin la gracia de Dios así entendida, el obrar el bien sería para nosotros más una posibilidad remota que una probabilidad real. 

            Dicho de otra forma, expresiones como "pedí amor... y Dios me dio personas con problemas a las cuales ayudar", chirrían al sentido espiritual católico, ya que nosotros tenemos en Jesucristo no sólo el mandamiento de amar, sino la misma fuente que nos capacita para poder llevarlo a la práctica. El cristiano mendiga la caridad de Cristo para poder amar en plenitud. Sin la gracia de Cristo el hombre no es capaz de amar a Dios "sobre todas las cosas" y, en consecuencia, tampoco de amar a su prójimo "incondicionalmente".

            En definitiva, recordemos que el mismo Jesús nos invitó a acercarnos e El, conocedor de nuestra debilidad y de la necesidad de su misericordia (Venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré). Dios ha convertido la debilidad del hombre en ocasión de intimidad y cercanía con nosotros; mientras que remarcar la autosuficiencia del hombre, además de falso, nos condena a la soledad.