¿Dónde
queda el alma?
Pregunta: El descubrimiento del mapa genético ha
reafirmado en los agnósticos la visión materialista del hombre. Ha podido dar
la impresión de que el ser humano se reduce a pura biología; y, por otra
parte, con muy pocas diferencias con los animales. ¿Dónde queda el alma en
medio de todo esto? ¿Qué argumentos debemos utilizar para defender la
espiritualidad del hombre después de verlo reducido a una especie de "fórmula
biológica"?
Respuesta: Una lectura profunda de los datos publicados
sobre el mapa genético, no da margen para negar la existencia del alma, sino más
bien para todo lo contrario.
Es
evidente que nosotros tenemos unas capacidades muy superiores a las de los
animales y que somos capaces de realizar una serie de acciones que nos
distinguen radicalmente de éstos. Baste recordar, por ejemplo; la capacidad de
filosofar, de decidir libremente ante las cosas, la capacidad de elaborar un
complicado lenguaje, el sentido artístico, la sensibilidad religiosa, la
capacidad de abstraer, etc, etc... Pues bien, aquellos que sostienen que el
hombre es pura materia, tienen que concluir que las capacidades especiales que
éste tiene, se explican únicamente por su superioridad genética. Y aquí
viene la primera contradicción: a la clase científica le ha llamado
poderosamente la atención la poquísima diferencia que existe entre el mapa genético
del ser humano y el del reino animal.
Entonces,
¿en base a qué se explica tanta superioridad en nuestras acciones humanas
cuando resulta que nos diferenciamos tan poco en lo genético? ¡He aquí un
argumento más en el que apoyar la dimensión espiritual del hombre!
Evidentemente, el alma es espíritu puro y, por lo tanto, no cabe la posibilidad
de percibirla en un análisis genético. Pero podemos deducir su existencia de
las acciones espirituales de las que somos capaces.
Por
poner un ejemplo, examinemos el fenómeno de la libertad humana. Los científicos
han destacado en la presentación del mapa genético que no estamos
predeterminados por el genoma; sino que lo genético es un condicionante más,
al que hay que añadir el entorno cultural y el medioambiental. Pues bien,
partiendo de este dato, estamos reconociendo que en el hombre hay operaciones
irreductibles a lo biológico. Mientras que la actuación de los animales está
totalmente determinada por sus leyes biológico-instintivas, nosotros tenemos
una libertad de actuación que nos permite autodeterminarnos. Somos capaces de
optar y elegir, creando así nuestra propia historia. El animal, por el
contrario, no se distancia de las cosas ni puede elegirlas.
El
recurso a los condicionamientos culturales o medioambientales para explicar la
originalidad de la actuación humana, no es de recibo, ya que sería rechazar un
determinismo para recurrir a otro. ¿Acaso no es cierto que solemos actuar,
tanto dejándonos llevar por los condicionamientos culturales, como oponiéndonos
a ellos? Todos conocemos a personas con condicionamientos culturales muy
similares, cuyas opciones personales han sido muy distintas.
Por lo tanto, y en resumen, tanto la libertad para autodeterminarse, como otras muchas acciones “espirituales” que el hombre es capaz de desarrollar (artísticas, filosóficas, etc..), demuestran la existencia del alma espiritual.