SECCIÓN DE FRC

 

¿Qué es FRC (Familias por el Reino de Cristo)? FRC surgió a partir de JRC (Jóvenes por el Reino de Cristo). Con el paso de los años los jóvenes de JRC se han ido haciendo "mayorcitos" y se han casado. Por lo tanto FRC es una asociación de familias que, al igual que los jóvenes de JRC, viven la espiritualidad del Apostolado de la Oración. Si deseas contactar con FRC , bien sea para tener más información o para enviar una colaboración relacionada con el tema de la familia escribe un e-mail.

¿No existen los milagros?

Este verano pasado estuve en Palencia, con mis hijos Enrique y Miryam, como monitor en una convivencia de niños y jóvenes que tenían entre 9 y 16 años. Fue una experiencia inolvidable. Uno de los días, cuyo tema central era la oración, le explique a otro monitor mi experiencia personal sobre el poder de la oración y me propuso que se lo contara a todo el grupo y posteriormente que lo escribiera. La pereza y la escasez de tiempo han hecho que poco a poco lo fuera dejando y al final no lo escribí. Pero recientemente en mi trabajo, soy médico, escuché a mis compañeras -anestesistas y enfermeras-decir que los milagros eran una farsa y que realmente no existían. No pude callarme y les conté la siguiente vivencia personal que ocurrió hace aproximadamente diez años:

Mi mujer y yo llevábamos dos años casados y aunque estábamos deseando tener hijos, no venían. Cuando ya estábamos a punto de pedir ayuda médica mi mujer se quedó embarazada y cual fue nuestra sorpresa, cuando en la segunda ecografía nos dijeron que esperábamos gemelos.

La alegría fue inmensa, ya que además yo tengo un hermano gemelo. Fue tanta la alegría que decidí hacer el Camino de Santiago en una peregrinación que organizaba mi diócesis de Navarra para agradecer al cielo este regalo. Partimos de Roncesvalles y cuando me encontraba a unos 100 kms de Santiago, mi mujer me pidió que volviera a casa porque había un problema en el embarazo.

En una nueva ecografía se vio que uno de los gemelos no crecía y que tenía signos de sufrimiento. La noticia me supuso un jarro de agua fría. Recuerdo que allí, en el alto del Cebreiro, cerca de Ponferrada, me metí en una pequeña iglesia y empecé a rezar pidiendo no sólo por los niños sino también para tener paz y serenidad. Ese día hice la promesa de que, si todo iba bien, terminaría el camino de Santiago con mis hijos.

Cuando volví a casa supe que el tema era más grave de lo que pensaba. Los gemelos tenían un problema que en términos médicos se conoce con el nombre de “síndrome de transfusión feto-fetal”.Nos dijeron que era muy probable que los dos niños murieran; además, no había ningún tratamiento eficaz reconocido. En esa época yo trabajaba en Barcelona, en el Hospital Clínico y allí un reconocido ginecólogo nos comenzó a seguir el embarazo para controlar la evolución de los bebes. En la semana veintiuno, unos cinco meses del embarazo, en uno de los controles nos dijeron que el gemelo más pequeño había muerto.

La noticia fue dura, pero el otro gemelo todavía seguía con vida. Inesperadamente, en la semana veintiséis del embarazo, mi mujer se puso de parto y nacieron los dos, Javier, un niño de unos cuatrocientos gramos que parecía un ángelito dormido y Enrique, un pequeño de 800 gramos que luchaba por seguir viviendo y que se quedó en 640 gramos cuando cumplió el primer día de vida. Era lo que los pediatras llaman un prematuro extremo y las probabilidades de que sobreviviera eran muy pocas.  De hecho, a las 12 horas de nacer, me llamaron a casa, de madrugada para decirme que Enrique se estaba muriendo. Sus pulmones estaban muy pocos maduros y, a pesar del respirador artificial que tenía, no podía respirar.

Mi mujer estaba convaleciente en el Hospital y mi suegra estaba en casa. Le desperté, le conté lo que pasaba y me fui rápidamente al hospital. Allí estaba Enrique, azulado, como un pez fuera del agua. El médico me dijo que no podía hacer más por él y que podía morir en cualquier momento.

Me fui rápidamente a la capilla del hospital, eran sobre las tres de la mañana y me puse a rezar. Fue una oración profunda y a la vez llena de angustia, le decía entre lloros al Señor que aceptaba su voluntad pero en el fondo de mi corazón me resistía a perder a mi hijo Enrique. Poco a poco fui consiguiendo paz y serenidad y de repente me vino a la cabeza que Enrique todavía no estaba bautizado.


         Así sobre las cinco de la mañana subí rápidamente a la unidad de intensivos de neonatos para bautizarlo. Cuando la enfermera me abrió la puerta me dijo sonriente que Enrique había mejorado repentinamente. Cuando fui a verlo era un niño sonrosado que respiraba con normalidad con la ayuda del respirador. Pedí una pequeña palangana con agua y delante de dos enfermeras bauticé a mi niño. La gracia que recibimos en ese momento fue indescriptible. Cuando volví a casa, con gran paz y serenidad, encontré a mi suegra de rodillas rezando. Le dije que Enrique por ahora se había salvado. Desde entonces todo fue rezar por Enrique. Y no sólo rezó la familia, sino también mucha otra gente. Del grupo Loyola recibía a través de sus correos electrónicos muchas palabras de ánimo y consuelo. Enrique estuvo en otras dos ocasiones a punto de morir. Una enfermera le llamaba “el milagritos” e incluso llegaron a preguntarme quien era la Virgen que le protegía: le habíamos puesto una estampa de la Virgen de Roncesvalles en la incubadora para que lo cuidara. La oración fue un gran apoyo para mantener la entereza en esos duros momentos. A los cuatro meses del nacimiento, Enrique fue dado de alta. Había sido un milagro no sólo que el niño siguiera vivo, sino que además no tenía ninguna secuela de todo lo que había pasado. Enrique ahora tiene 9 años y es un niño completamente normal. El conoce su historia e incluso a veces pregunta por su hermano Javier. Creo que el Señor tiene preparado grandes cosas para él. Dolores y yo no dejamos de dar gracias al Señor todos los días por tan maravilloso regalo. Actualmente tenemos otros cuatro hijos más: Miryam, Miguel, Belen y Elena. Si Dios quiere, tal como se lo prometí al Señor en Cebreiro, Enrique y yo completaremos el Camino de Santiago el próximo verano.

Cuando terminé el testimonio mis compañeros de trabajo se quedaron pensativos, callados, sin saber que decir.

Gracias Señor. Gracias Madre mía.

Juan Úriz (Pamplona)

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