FIVET, el problema de fondo
Se
ha abierto el debate en torno al proyecto de reforma de la Ley de Reproducción
Asistida. La Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal ha publicado un
comunicado intentando dar luz sobre el tema. El discernimiento moral sobre qué
hacer con los embriones sobrantes congelados resulta complicadísimo, habida
cuenta de la multitud de cuestiones técnicas con implicaciones éticas; hasta
el punto que el cardenal Rouco ha calificado la situación de esos embriones
como "callejón sin salida". Pero vamos a dejar esta cuestión para
otro momento, puesto que
requeriría amplio espacio y multitud de matices; y ahora centrémonos en la
primera parte de la nota episcopal, donde se incide en que el problema de fondo
no es otro que la misma Fecundación In Vitro. ¡De aquellas lluvias vienen
estos lodos! Si hemos llegado a la aberración de tener 200.000 embriones
humanos congelados, sin saber ahora qué hacer con ellos, ha sido por la misma
dinámica de las técnicas de reproducción asistida.
Lo que la moral católica afirma es que la dignidad humana exige que la concepción
humana sea el fruto del acto humano del amor. La ciencia ha de ponerse al
servicio de la salud, sin que pretenda suplantar la relación interpersonal de
procreación por una técnica de producción de seres humanos. Es más, la misma
medicina está traicionando su vocación cuando "dimite" de sanar la
enfermedad y recurre a la tecnología como un atajo en la lucha por la
esterilidad. ¡No es lo mismo sanar la esterilidad que producir un hijo!
Añádase a esto que en la FIVET (Fecundación In Vitro con transferencias de
embriones) existe una tasa muy superior de taras genéticas y alteraciones del
desarrollo que en la fecundación natural. Esto conlleva que se multipliquen las
prácticas eugenésicas, eliminando los embriones que se consideran "no
viables"; o efectuando la reducción embrionaria en caso de embarazo múltiple
(que cuando menos, tenemos que congratularnos de que esta forma de practicar el
aborto haya sido prohibida en este Proyecto de Ley aprobado el 25 de Julio).
Además, en estas técnicas de reproducción artificial se atenta contra la
integridad del matrimonio, acudiendo a donantes de gametos ajenos a la pareja.
En realidad, partimos de principios distintos y dispares; y es necesario revisar
los presupuestos antropológicos y filosóficos de la procreación, para
entender por qué la moral cristiana rechaza la fecundación artificial y
promueve la alternativa de la adopción natural. Estamos en una cultura que
prima el beneficio personal, frente al servicio que podamos prestar a los demás.
Es totalmente distinto que los hijos sean el resultado de una técnica de
laboratorio con el objeto de satisfacer el propio deseo de paternidad, que
considerar la paternidad como un servicio a unos niños que no tenían padres.
¿No será que hemos olvidado que un ser humano es sujeto de derechos, y no un
objeto de derechos?
En la mentalidad de la Iglesia Católica, la única ley plenamente moral es la
que se ha aprobado en Costa Rica, prohibiendo expresamente la Fecundación In
Vitro (sentencia del Constitucional del 15 de Marzo de 2000). Un hecho
silenciado por muchos y hasta ridiculizado por algunos, argumentando la supuesta
"influencia del Vaticano en un país bananero". No les interesa
reflexionar en que tal medida se ha tomado precisamente en la democracia más
antigua, estable y eficaz de América. ¡Es cuestión de principios morales y de
coherencia! Ahora bien, por afirmar esto, no dejamos de ser conscientes de que
el grado de deterioro al que hemos llegado en España, hace políticamente
imposible una ley plenamente justa; y que en estos momentos no cabe más remedio
que buscar una reforma que limite y restrinja algunos de los muchísimos males
morales de la aberrante ley vigente hasta el momento. Con esta vocación parece
haber nacido esta ley, pero va a tener que hilar muy fino, si no queremos
quedarnos de nuevo donde estábamos.
Así por ejemplo, una de las cuestiones que me parecen más débiles del
proyecto está en el hecho de que tras afirmar que en adelante se prohibirá
congelar embriones, se señala que se permitirá hacerlo de forma excepcional.
Me temo que por mucho que se obligue a firmar a los progenitores un compromiso
de implantárselos ellos mismos o de darlos en adopción, luego no será tan fácil
llevar a efecto tal propósito: ¿Qué pasa si esa pareja manifiesta que le
basta con el embarazo anterior; y luego no se busca a nadie que quiera adoptar
porque prefieren embriones "más fresquitos" y con menos problemas? La
suposición no es tan remota; estaríamos generando de nuevo el problema de los
"embriones sobrantes". ¡Hemos echado en falta un "nunca más"
definitivo ante la ignominia de los 200.000 embriones humanos congelados en España!
Y por encima de todo lo dicho, reafirmamos la dignidad del niño que llega al
mundo como un don de la bondad divina que deberá ser educado con amor, al
margen de la inmoralidad de la forma en la que fue concebido. Y aunque estemos
ante un debate de ética natural, permítaseme concluir con un argumento
religioso en favor del reconocimiento de la dignidad humana del embrión: ¿Hemos
pensado alguna vez que el Hijo de Dios se hizo embrión en el seno de María? Si
resulta que aquel cigoto era persona divina, ¿vamos a negarle su condición de
persona humana al embrión humano? Sin duda, Jesucristo descubre al hombre su
propia dignidad.
José Ignacio Munilla Aguirre
Párroco de El Salvador de Zumárraga