"Fanático"
Pregunta: En algunos debates y conversaciones que he tenido
con mis amigos, me han acusado de ser un fanático; hasta el punto de
que, en tono de broma, me llaman con el mote de "el talibán".
Les parece un fanatismo el que yo mantenga mi fe cristiana con tanto convencimiento.
¿Qué podría contestarles? ¿Dónde empieza
el fanatismo y dónde termina la fe cristiana?
Respuesta: Lo que planteas tiene mucha actualidad, porque con frecuencia estamos
padeciendo esa confusión no solo a nivel de conversación de amigos,
sino hasta en los mismos medios de comunicación. Parece como si la fe
fuese sinónimo de fanatismo.
Pero antes de entrar en explicaciones, vamos a acudir al diccionario para demostrar
hasta qué punto es importante definir los términos antes de ponerse
a hablar. Así, en el Diccionario de J. Casares, se define el término
fanático, como "El que defiende con apasionamiento creencias u opiniones,
especialmente en materia de religión.". Si la cosa fuese así,
no habría problema en ser fanático, ya que el apasionamiento puede
ser bueno en su justa medida. Jesús también fue apasionado, equilibradamente.
Pero sin embargo, si vamos al Diccionario de la Real Academia Española,
encontramos la siguiente definición, "Que defiende con tenacidad
desmedida y apasionamiento creencias u opiniones, sobre todo religiosas o políticas.
Preocupado o entusiasmado ciegamente por algo." Y claro, eso de "ciegamente"
o con "tenacidad desmedida" es algo ya claramente negativo. No cabe
duda de que tus amigos, aunque no hayan consultado en el diccionario, utilizan
el término "fanático" en este sentido último
negativo.
Lo primero que hay que decir es que el fanático no es el que tiene demasiada
fe. En realidad, nadie tiene demasiada fe. Todos tenemos menos fe de la que
debiéramos. La fe es una virtud, y por tanto es absurdo pensar que hayamos
de tener cuidado en no ser demasiado virtuosos. No es, por lo tanto, una cuestión
"cuantitativa". El problema no está en el exceso de intensidad
en la fe. Quien piense lo contrario, está llamando fanáticos a
todos los santos, incluida la Virgen María. Es como si pensasen que el
"equilibrio religioso" es la mediocridad en la fe. ¡Hay que
creer!, ¿pero no demasiado?
Lo que hace malo al fanatismo no es lo "cuantitativo" -es decir, la
mucha fe-; sino lo "cualitativo"-es decir, las desviaciones en la
fe-. Una de esas desviaciones es la "fe ciega", tal y como hemos visto
que la define el Diccionario de la Real Academia. La expresión "fe
ciega" hace referencia a las creencias irracionales. Una cosa es que la
fe supere la razón, pero otra cosa muy distinta es que esté en
contra de la razón. Por poner un ejemplo, un suicida musulmán
que se hace explotar en un coche bomba, tiene una fe irracional. No es que su
fe esté por encima de la razón, sino que está en contra
de la razón y del sentido común. Su problema no es que tenga demasiada
fe, sino que la tiene enferma, desviada e irracional.
Añadamos a esto otro matiz: también es posible que una fe resulte
fanática por motivo de mostrarse con una "tenacidad desmedida".
Esto es más difícil de calibrar, ya que no se trata de una desviación
irracional en los contenidos de la fe, sino de un juicio prudencial en la forma
de expresarlos. Sin embargo, la medida no puede ser el "no resultar cargante
a la gente". El mismo San Pablo nos dice que hemos de "predicar a
tiempo y a destiempo" (2 Tim 4,2). Es normal que en una sociedad secularizada
el testimonio y la predicación resulte frecuentemente fuera de lugar.
Por lo tanto, evitar la tenacidad desmedida no quiere decir "intentar no
incomodar a nadie". De lo contrario tantísimos santos tendrían
que haber renunciado a predicar. Se trata de dosificar los modos y los ritmos
de esta predicación, para que el mensaje de Cristo tenga más facilidad
de ser entendido y aceptado.
En resumen, después de revisar y rectificar aquello que puedas encontrar
desviado en tu fe; ten paciencia con tus amigos, porque su acusación
de fanatismo hacia ti, posiblemente esté dejando al descubierto su tibieza
en la fe. No obstante, un buen consejo sería el que vivas esa situación
de confrontación con ellos sin perder la paz. Que ellos vean que eres
capaz de decirles cosas graves e importantes sin perder la alegría ni
la capacidad de seguirles escuchando con paciencia. ¡Eso también
es un signo importante de una fe verdadera y no fanática!