ESPIRITUALIDAD
Artículo
7.
Queremos ser
conscientes de nuestro ser redentores con Cristo Redentor. El amor del Corazón
de Cristo, descubierto en la oración, nos urge a consagrarnos a El, sintiendo
que toda nuestra vida es redentora si nos ofrecemos, por María, con El al
Padre. Este es el sentido fundamental incluso del apostolado activo al que nos
sentimos llamados. Queremos trabajar por la instauración del Reino de Cristo,
cada uno en su lugar, pero todos con un mismo corazón: el Corazón de
Jesucristo, que el Espíritu Santo irá formando en nosotros por mediación del
Inmaculado Corazón de María, nuestra Madre. De esta manera queremos servir a
la Iglesia, bajo el Papa y los Obispos, con la vida, la oración y la acción.
Los puntos básicos de nuestra
espiritualidad son, en síntesis, los siguientes:
7.1
Queremos fundamentar nuestra
espiritualidad en el Misterio del CORAZÓN
DE CRISTO, que nos muestra el Amor personal y misericordioso[1]
de Jesús “a mí y ahora”, y nos invita a responder a ese Amor mediante la
Consagración y la Reparación.
Consideramos
la espiritualidad del Corazón de Jesús como la “síntesis de toda religión
y la norma de vida más perfecta”[2],
y “la profesión más completa de la religión cristiana”, “sumamente apta
para conseguir la perfección”[3]
y para colaborar eficazmente a la redención del mundo, que “es en su raíz más
profunda, la plenitud de la justicia en un Corazón humano: en el Corazón del
Hijo Primogénito”[4].
Esta
espiritualidad nos lleva a un amor no sólo de entusiasmo, sino de amistad
personal con Jesucristo; a una profunda intimidad con El, que queremos lograr
especialmente junto a la Eucaristía, donde este Corazón vive, actúa y palpita[5]; a la transformación que pedía san Pablo: “Vivo,
pero ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2,20).
Conscientes
de la actualidad de esta espiritualidad[6],
queremos profundizar en ella y responder a la invitación de la Iglesia: “Jóvenes…:
¡Alzad más frecuentemente los ojos hacia Jesucristo! El es el Hombre que más
ha amado…¡Contemplad al Hombre-Dios, al Hombre del Corazón traspasado!”[7].
7.2
Queremos poner como centro de nuestra vida el SACRIFICIO EUCARÍSTICO, que “construya la Iglesia… a base del
sacrificio de Cristo mismo, porque conmemora su muerte en la cruz”[8].
Buscaremos captar su sentido, interiorizarlo y traducirlo en vida.
Tenemos
especial empeño de ir penetrando el misterio de la Eucaristía en toda su
riqueza[9], llevando una sólida vida eucarística, especialmente
por la participación, a ser posible diaria, en el Sacrificio Eucarístico, de
manera “consciente, piadosa y activa”[10].
7.3
Queremos proclamar como Reina y Madre de
LOIOLA
a la Santísima VIRGEN MARÍA, Madre
del Redentor y Madre nuestra.
Queremos
que sea nuestro modelo de santidad Ella, que es Camino que siempre conduce a
Cristo, Mediadora universal[11],
Madre, que engendrará en nosotros a Cristo.
Conscientes
de que “María debe encontrarse en todas las vías de la vida cotidiana de la
Iglesia”[12],
trataremos de fomentar la auténtica devoción hacia ella, “que no consiste en
un sentimiento estéril y transitorio ni en una mera credulidad, sino que
procede de la fe auténtica, que nos induce a reconocer la excelencia de la
Madre de Dios, que nos impulsa a un amor filial hacia nuestra Madre y a la
imitación de sus virtudes”[13].
Queremos vivir en intimidad profunda con María, consagrándonos a su Inmaculado
Corazón[14].
Buscando
fomentar “las prácticas y los ejercicios de piedad hacia Ella, recomendados
por el Magisterio en el curso de los siglos”[15],
queremos penetrar de manera especial en las riquezas contenidas en el Rosario,
“oración evangélica… de orientación profundamente cristológica”[16],
que a través de la oración vocal y la contemplación de sus misterios nos
introduce, por María, en el Misterio de Cristo, por lo que, a ser posible, lo
rezaremos diariamente.
Trataremos,
por fin, de hacerla conocer y amar a nuestros contemporáneos, a fin de que la
Estrella maternal de María brille en el mundo entero, puedan todos los hombres
gozar de su amor, y sea llamada “bienaventurada” también por nuestra
generación (cfr. Lc 1,48).
Reconocemos
en los Ejercicios Espirituales, y en su medida en los retiros, “un método
probado de eficaz acercamiento a Dios”[19].
Aspiramos,
en definitiva, a que el espíritu de oración empape toda nuestra actividad y así
podamos unir acción y contemplación, para hallar a Dios en todas las cosas.
Asimismo, convencidos de la importancia de la oración en nuestros días[20], trataremos de hacerla descubrir entre quienes nos
rodean.
7.5
Expresamos nuestro más fuerte deseo de “SENTIR
CON LA IGLESIA”, a la que reconocemos y amamos como Madre nuestra, Esposa
del Cordero, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo jerárquicamente
instituido. Somos conscientes de que “entre Cristo y su Iglesia existe un vínculo
muy estrecho y profundo. Cristo vive en la Iglesia, la Iglesia es el misterio de
Cristo que vive y actúa entre nosotros[21].
Nos
adherimos de todo corazón a su Magisterio “de modo particular al Magisterio
auténtico del Romano Pontífice, aun cuando no hable “ex cathedra”[22].
Queremos estudiar y difundir la doctrina de la Iglesia en todos sus aspectos.
Tendremos
siempre presentes en nuestra oración las intenciones del Papa y de nuestro
Obispo.
Queremos
estar siempre en obediencia a nuestro Obispo, ofreciéndonos a él para lo que
desee e integrándonos en la
Iglesia particular bajo la tutela y guía del Obispo., en todo lo que él
disponga.
En
servicio de la Iglesia nos ofrecemos para tomar parte activa en las parroquias,
colaborando en todo con el párroco y en los distintos campos de la vida de la
diócesis a los que seamos llamados.
[23]
Dentro
de la vida de la Iglesia, nos comprometemos a pedir al Señor por nuestros
hermanos que están en los distintos monasterios de vida contemplativa y vida
activa, así como por nuestros sacerdotes, que han entregado y consagrado sus
vidas de una forma total al Señor, después de su paso por
LOIOLA,
sabiendo que es una de las mayores bendiciones que el Señor nos ha dado.
Finalmente
en nuestra propia vida de movimiento queremos “sentirnos Iglesia”, ocupando
nuestro puesto en ella y consagrando a su servicio todos nuestros esfuerzos[24].
7.6 Queremos fomentar nuestra vocación al APOSTOLADO, pues “la vocación cristiana es, por su misma
naturaleza, vocación también al apostolado”[25]. Entendemos por apostolado “toda la actividad del
Cuerpo Místico” dirigida a “propagar el Reino de Cristo en toda la tierra
para gloria de Dios Padre y hacer así a todos los hombres partícipes de la
Redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo
hacia Cristo”[26].
Aunque,
como miembros de la Iglesia misionera nos “incumbe por mandato divino ir por
todo el mundo y predicar el Evangelio a toda criatura”[27], sentimos como campo específico de nuestra acción
apostólica “el barrio y la escuela, la universidad y la fábrica, los lugares
de trabajo y diversión”[28],
la familia y muy especialmente la juventud, ya que “los jóvenes deben
convertirse en los primeros e inmediatos apóstoles de los jóvenes”[29].
Tendremos también siempre presente “la opción o amor preferencial por los
pobres” que debe caracterizar a la Iglesia[30].
Todas
nuestras actividades estarán abiertas al mayor número de gente posible y
animaremos a participar en ellas a los que el Señor nos vaya poniendo a nuestro
lado.
Sabiendo
que “la fecundidad del apostolado seglar depende de la unión vital de los
seglares con Cristo”[31],
cimentamos nuestro apostolado en la vida interior, la oración, la penitencia[32],
el amor a la Reina de los Apóstoles y los sacramentos, sobre todo la frecuente
confesión individual[33]
y la Eucaristía. Buscaremos ser guiados en nuestro apostolado por el Espíritu
Santo, sabiendo que El es “el agente principal de la evangelización”[34].
Trataremos
también de fundamentar nuestro apostolado en una sólida formación integral[35].
De
la abundancia de la vida interior debe brotar el testimonio de vida. Sabemos que
“el hombre contemporáneo escucha más a gusto a los que dan testimonio que a
los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan testimonio”[36].
La
Buena Nueva testimoniada con la vida deberá ser, tarde o temprano, proclamada
por la palabra, pues “la obligación de los seglares, hombres y mujeres, es el
testimonio de Cristo, que deben dar con la vida y con la palabra”[37].
Por
fin, queremos instaurar los principios cristianos en el orden temporal, buscando
la impregnación, por la gracia y la doctrina de Cristo, de todos los ámbitos
de la vida humana: familia, ambiente social, leyes, cultura, medios de
comunicación social, instituciones civiles, etc., pues “el apostolado en el
medio ambiente, es decir, el afán por llenar de espíritu cristiano el
pensamiento y las costumbres, las leyes y las estructuras de la comunidad en que
uno vive, es hasta tal punto deber y carga de los seglares, que nunca podrá
realizarse convenientemente por los demás”[38].
7.7 Queremos profundizar en el OFRECIMIENTO diario de nuestras obras, oraciones, sufrimientos y alegrías, que sintetiza todo lo dicho, pues nos lleva a “colaborar con Cristo Redentor, mediante el ofrecimiento de la propia vida unida y vivida con el Corazón de Cristo como consagración total a su amor y en reparación de los pecados del mundo, por medio del Corazón Inmaculado de María Santísima”[39].
[1]
“La Iglesia parece profesar y venerar la misericordia de Dios, sobre todo
cuando se dirige al Corazón de Cristo”: Juan Pablo II, Dives in
misericordia, 13. Cfr. también, ID., Aud. gral.del 20-6-1979.
[2]
Pío XI, Miserentissimus Redemptor,
3.
[3]
Pío XII, Haurietis Aquas, 9.
[4]
Juan Pablo II, R. H., 9.
[5]
“En la Santísima Eucaristía descubrimos con el “sentido de la fe” el
mismo Corazón. El Corazón de majestad infinita, que continúa latiendo con
el amor humano de Cristo, Dios-Hombre”: Juan Pablo II, Angelus
dominical, 16-6-1985.
[6]
“Esta piedad exige nuestro tiempo, conforme a las normas insistentes del
Concilio Vaticano II”: Pablo VI, Investigabiles
divitias, 8. Esta devoción “responde más que nunca a las
aspiraciones de nuestro tiempo”: Juan Pablo II, Carta del 5-10-1986.
[7]
Juan Pablo II a los jóvenes en Francia, 1-6-1980.
[8]
Juan Pablo II, R. H., 20.
[9]
No es lícito “quitar a este Sacramento, verdaderamente santísimo, su
dimensión plena y su significado esencial. Es al mismo tiempo
Sacramento-Sacrificio, Sacramento-Comunión, Sacramento-Presencia. Y aunque
es verdad que la Eucaristía fue siempre y debe ser ahora la más profunda
revelación y celebración de la fraternidad humana de los discípulos y
confesores de Cristo, no puede ser tratada sólo como una “ocasión”
para manifestar esta fraternidad. Al celebrar el Sacramento del Cuerpo y de
la Sangre del Señor, es necesario respetar la plena dimensión del misterio
divino… De aquí deriva el deber de una rigurosa observancia de las normas
litúrgicas y de todo lo que atestigua el culto comunitario tributado a Dios
mismo”: Juan Pablo II, R. H., 20
[10]
Concilio Vaticano II: Sacrosanctum Concilium, 48.
[11]
Cfr. Juan Pablo II, Redemptoris Mater (25-3-1987), 21 s. 38s.
[12]
Juan Pablo II, R.H., 22.
[13]
Concilio Vaticano II, Lumen Gentium
[LG], 67.
[14]
Cfr. Juan Pablo II, Consagración del
mundo al Corazón Inmaculado de María, Fátima, 13-5-1982.
[15]
Concilio Vaticano II, LG, 67.
[16]
Pablo VI, Marialis Cultus
(2-2-1974), 46.
[17]
Juan Pablo II, Encuentro con los jóvenes
españoles, Madrid, 3-11-1982.
[18]
Juan Pablo II, Carta a los jóvenes
(31-3-1985, 14.
[19]
Juan Pablo II, homilía en Loyola,
6-11-1982.
[20]
“No sólo sentimos la necesidad, sino también un imperativo categórico
por una grande, intensa, creciente oración de toda la Iglesia” : Juan
Pablo II, R.H., 22, fin.
[21]
Juan Pablo II, Mensaje a los jóvenes
con ocasión de la V Jornada Mundial de la Juventud (26-11-1989), 1.
[22]
Concilio Vaticano II, LG, 25. Cfr. también Juan Pablo II, Ch. L., 30.
[23]
Tenemos un representante en la Mesa de Comunidades y acudimos a las
Jornadas Diocesanas de Jóvenes, Encuentros de Grupos de Referencia,
Encuentro Diocesano de Jóvenes adultos etc…
[24]
“¡La Iglesia es vuestra; es más, vosotros mismos sois la Iglesia”:
cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la V
Jorn. M. de la Juv. (26-11-1989),2.
[25]
Concilio Vaticano II, A.A.,2.
[26]
Ibídem.
Cfr. también, Juan Pablo II, Ch. L.,
cap.III.
[27]
Concilio Vaticano II, Dignitatis
Humanae, 13.
[28]
Juan Pablo II, IV Jorn. M. de la Juv., Sant. De C. (20-8-1989), homilía, 7.
[29]
Concilio Vaticano II, A.A., 12.
[30]
Cfr. Juan Pablo II, Sollicitudo rei
socialis (30-12-1987), 42.
[31]
Concilio Vaticano II, A. A., 4.
[32]
“En la Iglesia… debe ser viva la necesidad de la penitencia, tanto en su
aspecto sacramental como en lo referente a la penitencia como
virtud"” Juan Pablo II, R. H.,
20.
[33]
La Iglesia “observando fielmente la praxis plurisecular del Sacramento de
la Penitencia - la práctica de la confesión individual, unida al acto
personal de dolor y al propósito de la enmienda y satisfacción - defiende
el derecho particular del alma”: Juan Pablo II, R,H.,
20.
[34]
Pablo VI, Evangelii nuntiandi [E.N.],
(8-12-1975), 75.
[35]
Cfr. Concilio Vaticano II, A.A., c. VI, y Juan Pablo II, Ch.
L., c. V.
[36]
Pablo VI, E. N., 41.
[37]
Concilio Vaticano II, Ad gentes,
21.
[38]
Concilio Vaticano II, A.A., 13.
[39]
Juan Pablo II, Discurso a los
Secretarios Nac. del APOSTOLADO DE LA ORACIÓN (13-4-1985), n. 4. Cfr.
también, ID., Ch. L., 14.