Pecado de envidia


Pregunta: Soy una joven que quisiera saber algunas pautas para hacer frente a la envidia. Es una de mis faltas más frecuentes que quisiera superar en la medida de mis posibilidades y con la gracia de Dios. Gracias por escribirme y contestarme. Saludos cordiales

Respuesta: Hay dos perspectivas para abordar y comprender en su profundidad la esencia de este pecado: la primera es bajo el prisma del afán de poseer; mientras que la segunda es bajo el prisma del afán de prestigio. Vamos por partes:
a) El nº 2539 del Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que la envidia se expresa en un deseo desordenado de poseer los bienes del prójimo. El décimo mandamiento prohíbe la codicia de los bienes ajenos; ya que es la raíz del robo, la rapiña y el fraude, prohibidos en el séptimo mandamiento. Y, finalmente, el robo conduce a la violencia prohibida en el quinto mandamiento.
b) Añadamos a lo anterior que el nº 2540 del Catecismo nos presenta también la envidia como una forma de la tristeza por el bien del prójimo y, por tanto, un rechazo de la caridad. Es decir, la envidia está impulsada por el amor propio, el orgullo y la soberbia; de forma que se traduce en el dolor de nuestro ego al verse "destronado". Se trata de una egolatría, un culto del yo, que exige un protagonismo desmedido y no quiere que nadie le haga sombra. Algunos autores, caso de San Agustín, han considerado a la envidia como el pecado disbólico por excelencia.
No cabe duda de que estas dos facetas de la envidia a las que hemos hecho referencia, no las encontramos separadas, sino que se funden en nosotros hasta el punto de confundirse. No obstante, la distinción que hemos hecho puede ser provechosa para mejor ayudarnos en la lucha contra este pecado capital. Centrémonos ahora en los medios principales para combatirla:
1.- En la medida en que la envidia es una expresión del materialismo, debemos de procurar la pobreza de corazón. Frente al afán de poseer, Jesús recuerda que el desprendimiento de las riquezas es necesario para entrar en el Reino de los Cielos. Jesús proclama bienaventurados a los pobres de espíritu (Mt 5,3). En definitiva, el ideal evangélico podríamos resumirlo así: "O tener como si no se tuviese (1Cor7,29ss), o no tener (Mt5,29)". Sin duda alguna, la tentación de la envidia no tendrá ninguna fuerza en quien ha cultivado la pobreza de corazón; es decir, en quien a descubierto a Dios como su único tesoro.
2.- En la medida en que la envidia es una expresión de orgullo, para poder combatirla, debemos de fomentar también las virtudes del amor y la humildad. En efecto, es evidente que el primer efecto de la caridad es el gozo y la alegría. Pues bien, la envidia, que suele sembrar en nuestro corazón la tristeza y nos hace incapaces de alegrarnos con el bien del prójimo, se opone directamente a la principal de las virtudes: la caridad.
Por ello, hemos de luchar contra la envidia fomentado por una parte la benevolencia; es decir, deseando el bien para nuestros hermanos, como decía San Pablo: "¿Quién desfallece sin que desfallezca yo? ¿Quién sufre escándalo sin que yo me abrase?" (Cor 11, 29)
A esto hay que añadir el fomento de la virtud de la humildad; cosa lógica, toda vez que la envidia procede con frecuencia del orgullo. ¿Y qué mejor forma de ejercitar la humildad que tomar como modelo el abajamiento de Cristo?
Un instrumento práctico sería que hiciésemos una jaculatoria de la expresión sálmica: "Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros. No pretendo grandezas que superen mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos como niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre" (Salmo 130)
3º.- Por último, y tanto si la envidia es manifestación del afán de poseer o de notoriedad; una gran terapia contra este pecado es procurar acrecentar nuestro deseo de ver a Dios. Solo de esta forma relativizaremos los deseos de la carne; convenciéndonos de que por la visión de Dios obtenemos todos los bienes que necesitamos para ser felices. El deseo de la felicidad verdadera aparta al hombre del apego desordenado a los bienes de este mundo y con la gracia de Dios nos permite vencer las seducciones de la envidia.