Lo que baja del cielo
TODO lo que
baja del cielo es bueno, porque en el cielo está
nuestro Padre, y un padre siempre envía
a sus hijos cosas buenas.
Así fue lo que bajó sobre un soldado en el Congreso Eucarístico de Milán, celebrado hace pocos años.
Los organizadores del Congreso hablaron así a los niños:
“Por mucho que nosotros nos esforcemos y trabajemos, si Dios no nos comunica su gracia, para nada valdrá nuestro Congreso Eucarístico. Es necesario atraer la gracia de Dios sobre las solemnidades que preparamos , a fin de que glorifiquen a Jesucristo y hagan bien a las almas. La gracia de Dios se atrae con el cumplimiento del deber y con sacrificios voluntarios, con oraciones y comuniones, con todo lo que un niño puede ofrecer al Corazón de Jesús. Vosotros queréis ofrecer mucho y atraer muchas gracias sobre nuestro Congreso Eucarístico”.
“Repartiremos entre vosotros hojas azules, verde, rojas, amarillas, blancas, y en cada una de esas hojas escribiréis un obsequio a Nuestro Señor Jesucristo, pidiéndole que triunfe en este Congreso Eucarístico y que sea más conocido más amado.Estas hojas de colores serán llevadas en aviones ante la gran procesión final del Congreso, y derramadas por los aires para que alfombren el paso del Santísimo Sacramento. Los niños israelitas ponían ramos y palmas a los pies de Jesús cuando entraba en Jerusalén. Los niños cristianos pondréis Misas, comuniones, sacrificios actos de caridad, horas de estudio, vencimientos del mal genio, visitas al sagrario, rosarios, etc..., cuando pase Jesús por nuestras calles...”.
Gusto mucho esta idea a los niños, y se realizó plenamente.
Y había en Milán uno de trece años, muy generoso. Cayó en sus manos uno de aquellos papeles azules, y escribió en el estas palabras, un día de mucho calor:
“Hoy estaba rabiando por comprarme un helado; pero no lo compré; di el dinero para el Congreso Eucarístico, y ofrecí este sacrificio por la conversión de un pecador”.
El papelito azul fue metido en un saco donde había miles de papeles semejantes, y luego elevado en un avión que volaba a poca altura y que, de cuando, en cuando, soltaba manojos de papeles blancos, azules, rojos, verdes...
Descendían despacio, jugueteando por el aire, y quedaban en los tejados, en las ventanas, en las personas, en la calle...¡Qué buenas son las cosas que bajan del cielo! Allí bajaba la gracia de Dios, atraída por las oraciones y los sufrimientos que los niños habían hecho subir al cielo...
Gracia de Dios, que produce milagros escondidos en los corazones de los pecadores para hacer justos, y de los justos para hacer santos. Milagros escondidos, que a veces Dios permite que salgan a la luz pública...
Era un día de mucho calor el día de aquella procesión final del Congreso Eucarístico. Y uno de los soldados que cubrían la carrera con su uniforme de gala, estaba preparando armas al paso del Señor...
Aquel soldado vivía en pecado mortal, alejado de las buenas costumbres y de la piedad que había aprendido en su casa. Sentía la molestia del sol, y renegaba por dentro pensando así:
-¡Qué me dejen a mi de procesiones, y que den un buen refresco...!
Y precisamente en este momento, uno de los papeles que caían del cielo quedó sobre el hombro del soldado. Era un papel azul. El soldado no pudo tomarlo, ni leerlo hasta que bajó el fusil después de haber pasado el Señor. Lo miró, y conoció en seguida que la letra y el estilo eran de un niño:
“Hoy estaba rabiando por comprarme un helado...”;(- Esto mismo me pasa a mí- pensó el soldado y siguió leyendo): “... pero no lo compré; di el dinero para el Congreso Eucarístico, y ofrecí este sacrificio por la conversión de un pecador”.
-¡Este pecador soy yo!- pensó el soldado, conmovido por la generosidad de un niño desconocido para él, y más todavía por la gracia de Dios, que se valió el papelito azul para llegarle al alma...
Aquella tarde, el soldado entraba en una iglesia a confesarse, y contaba después cómo se había convertido, por la gracia de Dios que le había bajado del cielo, en el sacrificio de un niño....¡Qué buenas son las cosas que bajan del cielo!