La decisión de Carlo
El hermano mayor salió para
hacer oficio en la misa. Era el sacerdote del pueblo y toda la familia le
apreciaba mucho. Esa mañana llevaba prisa, llegaba ajustado a misa. Por eso
cuando uno de los hombres que arreglaban el casal fallero le dijo que si les
podía ayudar a colocar una pieza le respondió:
-Ahora no puedo porque tengo que servir a Dios.
El hermano mediano salió de casa más tarde y a toda prisa. Era uno de los monaguillos, la familia le tenía mucho cariño. Cuando uno de los hombres que arreglaban el casal fallero le dijo que si les podía echar una mano le respondió:
-Ahora no puedo porque tengo que servir a Dios.
El hermano pequeño salió algo más tarde, casi corriendo. Era un feligrés, pero no estaba demasiado unido a su familia porque en el pasado había tenido problemas con la justicia. Llegó hasta donde estaban los hombres del casal fallero y uno le preguntó si les podía ayudar.
El hermano pequeño, que se llamaba Carlo Hernan Oscar Tabardo Alejandro, se paró un instante a pensar. Si se paraba a ayudar a los hombres perdería parte de la misa. Y esa misa de los domingos le ayudaba a seguir la semana con más fuerza dentro de él. Sin embargo, no podía dejar a esos hombres a causa de su moral cristiana.
-Está bien, pero dense prisa que quiero ir a servir a Dios.
Los hombres colocaron una de las piezas del tejado del casal fallero y siguieron con las restantes. Carlo no había pertenecido a las fallas ni tampoco le gustaban. Sólo estaba allí por el placer de poder ayudar a alguien necesitado. Sin embargo, se sentía mal porque estaba de algún modo fallando a Dios. Y perdiendo la oportunidad de crecer espiritualmente que le ofrecían en misa. ¿Acaso no había más personas en todo el pueblo? Se daba prisa por terminar lo que los hombres le pedían. Estaba nervioso y con ganas de acabar lo antes posible.
Además podía mancharse como esos hombres a los que ayudaba. Algunos llevaban los pantalones rotos y marcas de pintura en el cuerpo. ¿Qué pensaría de él la gente del pueblo si entrara así a misa? Seguía pensando en como avanzaba la misa y la hora que era, totalmente preocupado.
Cuando un hombre le dijo que podía marcharse Carlo se dio prisa en llegar a misa. Tenía miedo de que hubiera terminado ya y no poder tomar el cuerpo de Cristo que era lo que le daba fuerzas cada domingo. Luchó contra sí mismo cuando pensó en lo que diría la gente viéndole entrar tan tarde y estuvo apunto de volver a casa, pero luego creyó que al menos había que intentarlo. Cuando llegó vio que había mucha gente. El cura, su hermano mayor, empezaba a repartir la ostia. Carlo avanzó y se puso de los primeros para recibir a Cristo. Cuando la cola estaba terminando llegó un hombre totalmente sucio con los pantalones raídos y con marcas de pintura en la cara. Era uno de los hombres a los que Carlo había ayudado.
Recibió el último. Todas las personas de la iglesia estaban mirándole. Pero él ajeno a todo avanzó con paso lento hasta el final de la estancia se arrodilló en el suelo, no quedaban bancos libres, y empezó a rezar.
Cuando la misa terminó el hombre se acercó a Carlo:
-Gracias por ayudarnos a poner el tejado. Dos compañeros nuestros se han puesto enfermos y no podíamos terminar las obras. Hoy es la presentación de la falla y sin tu ayuda no hubiéramos podido terminarlo. Ayer, paseando por la playa en mitad de la noche, recé para que Dios nos enviara a alguien para que nos ayudara. Hoy he venido aquí a dar las gracias, a pesar de que hacía veinte años que no pisaba esta iglesia. Para nosotros has sido un enviado de Dios.
Algo dentro de Carlo nació cuando oyó esas palabras. Se había sentido así en las misas, pero ahora había algo más en él. Era el placer del que sabe que hace lo correcto. Notó, de repente, como todo lo que había aprendido cobraba un sentido dentro de él. Al ayudar a los demás se había ayudado a sí mismo. Pensando que estaba fallando a Dios lo había servido.