Koso, esperando a madre


Esto sucedía por allá en los Balcanes. El amanecer prometía un día luminoso cercano a la Navidad. Las  nubecillas que habían ocultado la luna durante la noche se iban retirando pasito a pasito para dar lugar al astro sol, que luciría esplendoroso en lo más alto del cielo, como si supiera que estaba cercano el día del nacimiento del Niño Dios. Ni una nube lo ensombrecería. El paisaje, todo él cubierto de una espesa capa de  nieve inmaculada parecía desbordar de bullicio y alegría. Sin embargo en el interior de una pequeña casita que apenas conservaba su techo intacto, debido a las balas que lo habían destrozado, reinaba el más absoluto de los silencios.
             
              Ya casi eran las ocho de la mañana. De puntillas entró Madre en la alcoba para no despertar a Koso, su hijito de siete años, cuya rubia cabecita reposaba todavía sobre la almohada, perdida quizás en ilusionados sueños. Le dolía tener que dejarlo solo, pero a Padre se lo habían llevado los soldados una lluviosa mañana de otoño, dejándoles solos y desamparados. Echándole valor, salía todos los días muy temprano, para ayudar en una casa, enfrentándose a la nieve y al frío, pidiéndole a Dios siguiera poniendo en su camino algo que llevarse a la boca, por lo menos para Koso. María, que así se llamaba Madre, iba pisando la nieve, cabizbaja, cavilando qué podría hacer para alegrar a Koso en aquellas navidades que se aproximaban .Pasó delante de una de las pocas iglesias que habían quedado en pie y entró presurosa para arrodillarse unos instantes ante la Madre de todas las madres, y así mismo apresurada salió para dirigirse a su quehacer.
                                                                                                             
              Cuando volvió a casa ya entrado el mediodía, al ver la mesa de la cocina limpia, preguntó a Koso si se había tomado todo el desayuno. Éste un poco tímidamente le contestó:
          - Madre, si te contesto que sí, te diré una mentira y entonces el corderito del pesebre retrocederá, así que te voy a decir la verdad. Mira, cuando me levanté me asomé a la ventana para mirar la nieve, y vi debajo del gran árbol que hay en el centro del parque a una mujer con un niño, y me pareció que tenían mucho frío. Entonces cogí esa manta que siempre está sobre la silla, bajé corriendo con ella y se la di. Ella me sonrió pero el niño no dejaba de llorar. Le pregunté por qué, y me contestó que porque tenía hambre. Entonces volví, cogí mi tazón de leche y el mendrugo de pan que me habías dejado y se los llevé. ¿Estás disgustada, Madre?-
          A María se le llenaron los ojos de lágrimas al comprobar lo bueno que era el corazón de su hijito. No pudo por menos de abrazarlo y le dijo:
          - No, hijo mío, ¿Cómo voy a estarlo? has hecho muy bien, no cambies nunca, piensa que siempre hay alguien a  nuestro alrededor que tiene más necesidades que nosotros.-
          Y le enseñó la gran cesta que en la cocina de la casa donde trabajaba le habían dado, llena de las sobras del día anterior.

          Aquella noche, cuando Koso se arrodilló cerca del pesebre, junto a Madre, para rezar sus oraciones, acercó un poco más su corderito a la cueva, y al juntar sus pequeñas manitas y mirar a la Virgen, le pareció que Ésta le sonreía complacida, y que sus ojos brillaban llenos de cariño y agradecimiento, a la vez que extendía sus manos como para colmarle de sus bendiciones.

          Habían dado lo poco que tenían, y el cielo les había recompensado con creces.  

 

 

                                                                MªDolores Alcayne

 Pamplona, noviembre 2005-11-29