Pregunta: Leí el 18 de Abril en la sección de
artículos de opinión de El Diario Vasco y El Correo un artículo
de D. Juan José Tamayo, catedrático de teología de la universidad
Carlos III de Madrid, y presidente de la asociación Juan XXIII, titulado
"Creo en la resurrección, pero de otro modo", en el que criticaba
fuertemente a la Conferencia Episcopal Española por la descalificación
que ha hecho de sus planteamientos sobre la resurrección. Les agradecería
que me explicasen en qué consisten los errores de este teólogo,
y cómo se responden.
Respuesta:
El señor Tamayo se nos presentaba una vez más como víctima
incomprendida y maltratada por la Iglesia Católica. Ha pasado ya más
de un año desde que la Comisión Episcopal de la Doctrina de la
Fe de la Conferencia Episcopal Española hiciese pública una nota
en la que descalificaba diversas teorías expresadas por el citado señor,
como "incompatibles" con la fe católica. Ciertamente es muy
fácil hacer pública la versión personal de una controversia,
cuando uno tiene la seguridad de que la otra parte, por discreción y
por talante, se va a callar o se expresará en privado. Dejamos sin comentario,
por lo tanto, los dimes y diretes que nos cuenta en su artículo, y vamos
al tema central de la resurrección de Cristo: ¿Se puede creer
en la resurrección de otra manera, como afirma el señor Tamayo?
O, por el contrario, ¿sería más honesto que reconociese
su ausencia de fe en la resurrección?
Una de las acusaciones que la Iglesia Católica hizo a éste teólogo
fue la de negar el carácter histórico y real de la resurrección.
Honestamente, no entendemos cómo se puede sentir objeto de falsas acusaciones
por parte de las autoridades eclesiásticas, cuando resulta que en su
último libro formula tesis como las siguientes: "la resurrección
no es un acontecimiento histórico", "la resurrección
de Jesús no constituye el dato decisivo ni el núcleo central de
la fe cristiana", "la fe en la resurrección nació del
recuerdo del Jesús histórico", "ha de ser entendida
en el sentido de la rehabilitación de las víctimas por parte de
Dios", "es un símbolo y una metáfora del deseo de la
vida eterna del hombre"... Y, por si caben dudas de cómo interpretar
estas expresiones, el señor Tamayo asume la afirmación de Lüdemann:
"La tumba de Jesús no estaba vacía, sino llena, y su cadáver
no se esfumó, sino que se descompuso".
Por lo tanto, cogiendo el toro por los cuernos, se nos plantea una pregunta
que no admite componendas: ¿Cabe afirmar que Cristo ha resucitado sin
que eso suponga que el sepulcro quedase vacío? ¿Se podría
seguir hablando de resurrección si apareciese hoy el cadáver de
Jesucristo? Ante una cuestión tan obvia, nos remitimos al sentido común
de los lectores. Pretender hablar de la resurrección de Cristo sin que
esto conlleve la reanimación de su cuerpo, solo se explica desde unos
clarísimos prejuicios antropológicos de partida.
Es cierto que la resurrección de Cristo es un hecho que trasciende la
historia, y que, por lo tanto, no es comprobable en el orden físico.
Nada que ver con la resurrección de Lázaro, por poner un ejemplo,
que le hizo volver a una vida mortal. La resurrección de Cristo supone
trascender el orden natural, pasando a un estado de glorificación, que
está fuera de nuestra capacidad de comprobación. Pero eso no obsta
para que la resurrección haya dejado huellas constatables. Es decir,
por una parte estamos ante un acontecimiento que trasciende la historia humana,
pero que al mismo tiempo ha dejado huellas históricas y, por lo tanto,
físicamente comprobables: el sepulcro vacío, las vendas, los encuentros
con los discípulos tras su resurrección, etc.
El cuerpo resucitado de Cristo es de suyo invisible. Dicho de otra forma, no
tiene necesidad de esconderse a nuestros ojos. Pero con el deseo de fortalecer
nuestra fe, quiso tener la condescendencia de dejarse ver y tocar en determinados
momentos y circunstancias. Las apariciones de Cristo tras su resurrección
están en el mismo orden de los milagros que hizo Jesús, para testimoniar
su misión y fundamentar nuestra fe. La predicación que hicieron
los apóstoles en la iglesia primitiva no deja lugar a dudas: "nosotros
que con Él comimos y bebimos después de haber resucitado de entre
los muertos" (Hech 10,41).
Tampoco debemos de perder de vista que el retrato psicológico que los
evangelios hacen de los apóstoles -y no me refiero solamente a Tomás-
está muy lejos de describirlos como unas personas fácilmente sugestionables
y crédulas. En definitiva, las escenas evangélicas de las apariciones
de Cristo resucitado no pueden explicarse por la fe pascual de los discípulos;
sino que la fe pascual se explica por las apariciones. Aconsejamos a los lectores
que lean los números 639-644 del Catecismo de la Iglesia Católica.
Allí podrán comprobar por ellos mismos hasta qué punto
las teorías del señor Tamayo están basadas en la Escritura,
Tradición y el Magisterio de la Iglesia; o, por el contrario, son pura
ideología suya.
La forma con la que la reciente película de "La Pasión"
describe la resurrección de Cristo merece un comentario final, ya que
sintoniza perfectamente con lo que queremos expresar en este artículo.
La piedra que tapa el sepulcro es corrida, entra la luz en el sepulcro y se
deshinchan los lienzos en los que había estado envuelto el cadáver.
Mel Gibson ha tenido sin duda una buena asistencia teológica y escriturística
a la hora de elaborar el guión de esta escena y de otras muchos de su
película.
En efecto, biblistas de gran prestigio como De la Potterie, Laurentin y otros
muchos, hacen notar que en el evangelio de San Juan (Jn 20, 5) se narra con
mucha precisión lo que el apóstol encontró al entrar en
el sepulcro vacío. La traducción más frecuente de este
versículo se suele expresar así: "llegó primero al
sepulcro, y habiéndose agachado, ve los lienzos en el suelo..."
Pero, sin embargo, los estudios bíblicos a los que hacemos referencia
hacen notar que San Juan utiliza el término griego "kéimana"para
especificar que los lienzos estaban "tendidos", "aplanados",
"alisados" en el suelo. Tengamos en cuenta que es la misma palabra
griega con la que se expresa la disminución de la inflamación
de una parte del cuerpo humano. Pues bien, aplicado al texto bíblico,
habría de interpretarse en el sentido de que las vendas y la sábana
que estuvieron abultadas por contener dentro de ellas el cadáver de Cristo,
fueron encontradas por el apóstol "deshinchadas". No estaban
desdobladas, como hubiese ocurrido en el caso de que alguien hubiese robado
el cadáver, sino "desinfladas". Y aquellas huellas visibles
de la resurrección, aunque no eran pruebas por sí solas, debieron
de tener una gran fuerza en San Juan, ya que desencadenan su confesión
de fe: "entró al sepulcro... vio y creyó".
En resumen, el señor Tamayo es muy libre de afirmar que cree en la resurrección
"de otro modo". Nadie se lo prohíbe. Pero no tiene derecho
alguno a hacerse la víctima por el hecho de que el magisterio de la Iglesia
haya "osado" decirle a él y a quienes le escuchan, que su visión
es contraria a la fe católica.