Creador de lo invisibleRespuesta: En efecto, así como el credo
apostólico dice “creador de cielo y tierra”
(refiriéndose a todo lo creado; tanto en el mundo de los hombres, como
en la esfera sobrenatural); de forma similar, la otra versión del credo
-al que llamamos credo de Nicea-Constantinopla-, dice “creador
de todo lo visible y lo invisible”. La expresión “creador
de lo invisible” se refiere principalmente a la creación de los
ángeles y del alma humana, que no son visibles por nuestros
sentidos corporales. Por ello, y dado que se trata de una afirmación
del Credo, hemos de tener en cuenta que la existencia de los
ángeles es una verdad de fe a la que
estamos vinculados todos los católicos, y no una mera creencia piadosa
de algunas personas devotas.
Según nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica,
los ángeles son espíritus puros, enviados por
Dios como agentes de sus órdenes (Cfr CIC nº 329) . Además,
los ángeles, en tanto son criaturas espirituales,
tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales. (Cfr.
CIC nº 330).
Ni que decir tiene que, estos contenidos de fe, la Iglesia no se los ha sacado
de la manga, sino que la Sagrada Escritura está llena
de pasajes bíblicos en los que se habla de los ángeles. Recogemos
unos cuantos: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado
de sus ángeles...” (Mt 25,31). “A su primogénito en
el mundo, dice: adórenle los ángeles” (Hb 1,6). “De
pronto, se juntó con el ángel una multitud del ejército
celestial que aclamaba: Gloria a Dios en los Cielos y en la Tierra paz
a los hombres” (Lc 2, 13-14), etc....
No cabe duda de que el olvido de la fe en los ángeles, es paralelo al
avance del proceso de secularización en nuestra sociedad. Parece como
si fuese una materia de fe que violentase especialmente a algunas mentalidades
racionalistas. Les parece que como Dios puede hacer directamente las cosas,
no es necesario tanto intermediario, y por lo tanto, les sobran los ángeles.
Sí, pero...., ¿quién somos nosotros para decirle a Dios
cómo tenía que hacer las cosas?
Así mismo, con respecto a la existencia del alma, nuestra fe católica
nos recuerda que la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, es
un ser a la vez corporal y espiritual. “La Iglesia enseña que cada
alma espiritual es directamente creada por Dios; que no es producida por los
padres, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo
en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección
final” (CIC nº 366).
El pasaje bíblico del Génesis en el que se narra la creación
de Adán, es muy significativo e ilustrativo: “Dios formó
al hombre del polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida,
y resultó el hombre un ser viviente” (Gn 2,7). Con este lenguaje
simbólico, la Sagrada Escritura expresa la doble condición
del hombre: corporal y espiritual. Ambas dos han sido queridas
por Dios. Hemos de rechazar, por lo tanto, las visiones platónicas que
piensan que el cuerpo, lo material, es malo y que resulta ser como una cárcel
del alma. Tanto el cuerpo como el alma participan de la imagen y semejanza de
Dios, y están llamados a la vida eterna; el alma por ser inmortal, y
el cuerpo por la resurrección final.
Por todo ello, en base a esta sabiduría de la fe, los padres católicos,
con ocasión del nacimientos de sus hijos, han utilizado dos expresiones
perfectamente compatibles: “hemos tenido un niño” y “Dios
nos ha dado un niño”. En efecto, está claro que por una
parte, los padres han puesto en marcha un proceso biológico de generación
de la vida; pero que, por otra parte, son conscientes que la vida humana no
es proporcional al acto biológico de generación que ellos han
protagonizado. La dignidad del hijo no se reduce a un proceso biológico,
sino que lo supera. Y, por lo tanto, la expresión “Dios nos ha
dado un niño”, supone la consciencia de que Dios ha creado e infundido
un alma humana a ese niño en el mismo momento en el que se producía
la concepción biológica.
Como afirmaba el filósofo Julián Marías,
es apremiante la necesidad de predicar la existencia del alma, de forma que
la defensa de la dignidad del hombre, no sea una mero principio voluntarista;
sino que se fundamente en su ser: corporal y espiritual.