COLABORACIÓN
DEL HOMBRE Y LA MUJER
En pleno verano, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe publicaba
la "Carta a los obispos de la Iglesia Católica sobre la colaboración
del hombre y la mujer en la Iglesia y el Mundo". La proximidad de la festividad
de la Asunción de María es un marco inmejorable para su presentación.
No en vano, esta Carta termina afirmando que la Virgen María se presenta
a la Iglesia y a toda mujer como el "espejo en el que reconocer la propia
identidad, así como las disposiciones del corazón, las actitudes
y los gestos que Dios espera de nosotros".
No es un tema nuevo. ¿Recordamos la Conferencia Mundial sobre la Mujer
que las Naciones Unidas organizaron en Pekín en 1995? Allí tuvo
lugar un duro debate y comenzó la difusión de una corriente de
pensamiento conocida como "ideología de género", frente
a la cual la Iglesia Católica publica ahora el presente documento.
Al igual que hizo entonces, la Iglesia Católica defiende en esta Carta
un feminismo de equidad: es decir, la igualdad legal y moral de los dos sexos.
Se trata de querer para la mujer lo que queremos para todos: tratamiento justo
y ausencia de discriminación. Un planteamiento lógico, máxime
cuando los textos sagrados nos describen que el pecado introdujo el dominio
y la explotación del hombre sobre la mujer (Gn 3, 16). En consecuencia,
la redención del pecado conllevará también la lucha por
erradicar toda discriminación por razón de sexo.
Pero frente a este feminismo sano y equilibrado, está el llamado "feminismo
radical" o "feminismo de género", que es rechazado por
la Iglesia. ¿En qué consiste y cuáles son sus postulados?
Mientras que el término "género" se ha considerado tradicionalmente
como una forma cortés y sinónima de la palabra "sexo"
(masculino o femenino, varón o hembra), esta nueva ideología asegura
que el "género" no es un concepto ligado a la naturaleza, sino
una construcción social, un rol que la cultura y la sociedad nos han
asignado a uno y otro sexo. Según estos ideólogos, el ser humano
no siente atracción por personas del sexo opuesto por naturaleza, sino
más bien por condicionamiento de la sociedad. El ser humano nacería
sexualmente neutral y luego sería socializado como hombre o mujer. Según
ellos no existen dos sexos, sino muchas "orientaciones sexuales".
Por poner un ejemplo, Rebeca J. Cook, docente de Derecho en la Universidad de
Toronto y redactora de la comunicación oficial de la ONU en Pekín,
tras señalar que los géneros masculino y femenino son una construcción
de la realidad social que deberían ser abolidos, añade que "los
sexos ya no son dos, sino cinco", y por tanto no se debería hablar
de hombre y mujer, sino de "mujeres heterosexuales, mujeres homosexuales,
hombres heterosexuales, hombres homosexuales y bisexuales".
Como podrán deducir los lectores, para esta ideología feminista
radical, la defensa de la mujer no es más que una buena excusa para impulsar
la "causa" homosexual, lesbiana, bisexual, transexual... Por ello,
conociendo lo que se juega en el trasfondo de este debate, se comprenderá
por qué la Iglesia Católica compromete su imagen y su prestigio
pronunciándose en un tema tan estratégico. Tengamos en cuenta
que este "feminismo de género" propone depurar la educación
y los medios de comunicación de cualquier "estereotipo" masculino
o femenino, de forma que a los niños se les "ayude" a desarrollar
una sexualidad polimórfica. No estamos pues ante un debate de mera tolerancia.
La ideología de género no se limita a reivindicar tolerancia para
los homosexuales, sino que pasa a criticar la visión heterosexual de
la humanidad; ya que presupone que estamos manipulados por una visión
judeocristiana que nos ha hecho creer que el mundo está dividido en dos
sexos que se atraen el uno al otro.
Sin embargo, la posición del documento vaticano es muy equilibrada: Por
una parte entendemos que hablar del género masculino o femenino no es
una cuestión de meros roles sociales, sino que encierra una "vocación",
es decir, una llamada a "ser lo que somos por naturaleza". La vocación
a la paternidad y la maternidad no es un rol, sino una vocación; lo que
no obsta para que debamos estar atentos a purificar los roles discriminatorios
que las diversas culturas hayan atribuido a esa vocación. Añádase
a esto otra matización de la Carta de la Santa Sede: El machismo tradicional
invocaba la diferencia genital con la intención de justificar el abuso
y la discriminación hacia la mujer; olvidando que "todo ser humano,
hombre o mujer, posee una dignidad inalienable por el solo hecho de ser persona".
Pero también es un error de signo contrario el del feminismo radical,
cuya meta no es acabar con los privilegios machistas, sino con la distinción
de los sexos. Piensan que el enemigo a vencer no es la discriminación,
sino la diferencia. Su equivocación está en pensar que para alcanzar
la misma dignidad, hay que borrar toda diferencia; bien sea mediante un mimetismo
o por masculinización de la mujer. Sin embargo, no es necesario que dos
seres humanos sean idénticos para que tengan la misma dignidad. Es más,
la dignidad implica diferencia, singularidad, originalidad... El significado
de la diversidad es la complementariedad; de forma que las desemejanzas han
sido queridas por Dios en función de la comunión y del don recíproco.
Todo confluye para que el ser humano, hombre o mujer, alcance su realización
por medio de un don sincero de sí.
Al concretar las diversas formas de este "don sincero de sí mismo",
traemos a colación de nuevo la imagen de la Virgen María, modelo
de las mujeres que han desarrollado su dignidad femenina en el matrimonio y
la maternidad; pero modelo también de aquellas otras que han desarrollado
ese misma vocación femenina sin engendrar hijos o sin la vocación
expresa al sacramento del matrimonio. Veneramos a la Asunta a los Cielos como
aquella de la que Dios se sirvió para revelar al mundo la riqueza del
alma femenina.
José Ignacio Munilla, párroco de El Salvador de Zumárraga