CARTAS AL DIRECTOR

 

 

STABAT MATER DOLOROSA

Stabat Mater dolorosa

Juxta crucem lacrimosa,

Dum pendebat filius.

Estaba la Madre dolorosa

junto a la Cruz, llorosa,

en que pendía su Hijo.

 

   Cuando termino de escribir este artículo, hace poco más de un mes murió en un trágico accidente Anita BASABE (11 años). Una vida truncada en un minuto. Una niña alegre, llena de vida, que decía en el campamento del MEJ a mi hija Teresa: ¡qué bien, el año que viene estaremos juntas en Marianistas! No podrá ser físicamente. Hace ya un año murió Iciar GANUZA (23 años), tras una larga lucha contra el cáncer.

   Ambas, personas jóvenes, llenas de alegría, Anita, una niña, Iciar, una joven. Ambas comprometidas, cada una de acuerdo con su edad, con la Iglesia, con la Evangelización. Ambas provenientes de familias profundamente católicas y creyentes. Ambas rodeadas de padres entregados y de hermanos en su derredor.

   El entierro y el funeral fueron manifestaciones de dolor, cariño, cercanía, pero, sobre todo, de Amor de Dios, de Fe, de Esperanza y de Caridad. ¿Dónde estaba Dios, se preguntaba el celebrante, tío de Ana, en el momento del accidente? ¿Se esconde Dios, o está, al contrario, más presente que nunca ante acontecimientos trágicos, en medio de la guerra, de los atentados terroristas, ante desgracias como la de hace unos días en Barajas? ¿No será que nos quiere mostrar algo?

   ¿Que nos puede querer mostrar a los matrimonios católicos?, y ¿qué quiere mostrarnos a cada ser humano?

   Creo que en primer lugar nos recuerda que la vida en la tierra es efímera. Y esto es un recordatorio de cual es el verdadero objetivo que ha de guiar nuestros pasos de acuerdo con nuestras obligaciones de estado: seamos padres o hijos. La vida y la Fe, son regalos de Dios, que nos ha creado con nombre y apellidos a cada uno de nosotros, para ser felices, unidos con Dios por toda la eternidad. ¿Nos importa lo que tenemos o nos importa lo que somos?

   Mª Cruz me decía, en medio de su tristeza: ¡Quered mucho a los niños! Cuántas cosas se encierran en esta corta frase. ¿Cuántas horas dedicamos a nuestros hijos (no hablo sólo de calidad, sino también de cantidad), cuántas horas las dedicamos a jugar, a hablar con ellos, a dejarles hablar, no a exigirles que hablen sino a fomentar su confianza, cuántas horas leemos, rezamos o vemos, con responsabilidad, la televisión, con ellos? ¿Qué comentarios hacemos en familia, qué decimos en la cena, de qué hablamos? ¿Cuántas horas dedicamos al trabajo, de forma desenfocada y obsesiva o a ver la televisión de igual manera o a encerrarnos en nosotros mismos sin compartir nuestro amor ni fomentarlo?

   Y, si queremos amar a nuestros hijos, ¿qué concepto tenemos de nosotros mismos? ¿Nos amamos, nos queremos, pero no narcisistamente, sino sabiéndonos únicos, y amados por Dios de modo único? Sabiéndonos así amados, ¿cómo amamos a nuestro cónyuge?, ¿le dedicamos tiempo?, ¿le aceptamos con sus defectos y virtudes?, ¿le amamos, sabiendo que es Dios mismo quien nos lo ha entregado?

   Hay una escena que no podré olvidar mientras viva: el abrazo en el cementerio de Isabel, madre de Iciar con Mª Cruz, madre de Anita. El llanto de ambas. Dos madres unidas en el dolor, en el recuerdo, en la soledad de la despedida terrena, pero también unidas en la Fe y en la Esperanza cristianas. Pero en aquel abrazo, como un fogonazo, no había sólo dos madres. Eran tres. Junto a Isabel y a Mª Cruz estaba María, abrazada a ambas, consolándolas en el desconsuelo, consolándose con ellas. Era un abrazo que abarcaba a sus esposos, a sus hijos y, en realidad, a todos los que allí estábamos. Era el abrazo del Amor con mayúsculas. Era el abrazo de la Madre que se apiada de unos novios a los que se les ha acabado el vino y adelanta la hora de Cristo, y era, de nuevo, una vez más, María, la mujer fuerte, junto a la Cruz, con su Hijo. Y era, también, María, con su hijo muerto en brazos, era la PIEDAD.

   Por lo tanto ¿qué es lo que nos quiere mostrar Dios?: el Amor. Nos quiere enseñar a amar y a dejarnos amar. Sólo eso. Casi nada. Un maestro del sentido común, San Agustín, nos dice: “Ama y haz lo que quieras”. Y el bueno de Chesterton, otro autor con un sentido común fuera de lo corriente, dice en su autobiografía: “creo que muchísimos admitirían su gusto infantil por los cuentos morales si aún les quedara valor moral para hacerlo. La razón es perfectamente sencilla: los adultos han reaccionado contra las moralejas porque saben que a menudo son símbolos de inmoralidad. Saben que los hipócritas y fariseos han usado esos tópicos de forma artera o perversa, pero el niño no sabe nada de artimañas ni perversidad. El sólo ve los ideales morales en sí mismos y los considera sencillamente verdaderos, porque son verdaderos”.

   Anita, Iciar, Santa Teresita del Niño Jesús, una niña y las otras dos adolescentes vieron los grandes ideales verdaderos, porque sabían que eran verdaderos. Así de sencillo. Y se entregaron a ellos. Por eso supieron ver al amor de Dios en sus vidas, por eso Iciar ofrecía su enfermedad y murió con una sonrisa y Santa Teresita es la patrona de las misiones sin salir de su Carmelo de Lisieux. Y, por eso, Anita tenía un reloj que le avisaba de que eran las tres de la tarde, la hora de la Divina Misericordia. Y se acordaba de Cristo en la Cruz y de su infinita Misericordia. Una niña de 11 años.

   Y para terminar una propuesta que os hago. Bueno, en realidad la propuesta es de Anita, yo la he puesto en práctica: colocad una alarma en el reloj, en la PDA, en el teléfono móvil, a las tres. Antes me descargaba el correo a las cuatro, ahora lo hago a las tres y, de paso, rezo esta pequeña oración:

   “Expiraste, Jesús, pero tu muerte hizo brotar un manantial de vida para las almas, y el océano de tu misericordia inundó el mundo entero. ¡Oh!, Fuente de Vida, insondable Misericordia Divina, inunda al mundo entero derramando sobre nosotros hasta tu última gota de sangre”.

   ¡Qué bueno y providente es Dios que nos ha dado tantos buenos amigos. A poco que le des te devuelve el ciento por uno! Dios, como buen jardinero, se lleva a su jardín privado a las almas que más quiere, cuando están en su mayor esplendor, para que no se las estropee nadie y así son inmensamente felices con él y nos ayudan a todos.

Juan Mª LÓPEZ OSA (Padre de familia)