El Ángel de la Guarda

 

    Es facilísimo familiarizar a un niño con su ángel de la guarda. Lo visible y lo invisible caben en sus cabecitas sin distinción Como hicieran con nosotros en nuestra niñez regalándonos, a mi hermana y a mi, cuentos por cualquier motivo o sin él, hemos procedido con nuestros hijos y nietos. Uno de aquellos cuentos titulado cuando las hadas vivían en Francia era uno de mis predilectos, como ,lo ha sido para las siguientes generaciones. Tan hojeado por todos los niños de la familia que hubo de ser restaurado por una profesional, su fecha de impresión 1923 merecía ese tratamiento.

En él magos, hadas, sílfides, elfos, duendes, reyes y reinas, caballeros de leyenda se mueven con naturalidad en suelo francés. Bellos cuentos con unas ilustraciones que nos embelesaban. Aún hoy cuando los releo me impactan por su colorido y belleza.

Cuando paseábamos por el bosque de Bolonia por caminillos serpenteantes los mayores que nos acompañaban nos pedían caminar con cuidado sin hacer demasiado ruido para no sustar a gnomos, duendes y hadas. De pronto señalaban hacia un lugar exclamando no los veis? y los veíamos, nuestros ojos infantiles los veían. Veíamos jugar los rayos del sol entre las ramas, oíamos el susurro del viento y nuestra imaginación ponía el resto: eran seres fantásticos que reían, jugaban, hablaban, aparecían y desaparecían.

Si bien no en tan frondoso lugar como el bosque de Bolonia, cerca de nuestra casa de veraneo, había un grupo de árboles y matorrales bautizado por mis hijos el bosque profundo atravesado por un sinuoso caminillo al que llamaban el camino de sanlú” vaya Vd. a saber por qué. Actuando de igual manera caminábamos con cuidado respetando setas, champiñones y flores por ser sus moradas y como nosotras en su día oíamos, oían ellos la siguiente generación vocecillas y risas y captaban formas que se dejaban ver o se ocultaban.

Con estos mimbres que todo niño posee la aceptación de la presencia a su lado del ángel de la guarda es coser y cantar. Máxime nuestros niños, que al ser católicos de cuna, igual que lo hicieran con nosotros nuestras grandes educadoras las abuelas, fueron iniciados en los misterios de la fe en una lluvia suave y constante (sirimiri espiritual) bajo la apariencia de cuentecillos, canciones, jaculatorias, ¼

Que nadie me diga, pues, que la devoción al ángel de la guarda es difícil de transmitir.

Cuando Dios nuestro Señor en su infinita sabiduría nos ha destinado uno en el momento mismo de nuestra concepción que nos va a acompañar todos los día de nuestra vida. Cuando su hijo, encarnado en María Santísima, habitó entre nosotros, las escrituras nos cuentan que los ángeles le acompañaban. Cuando todo momento importante y trascendente del devenir de la historia de la salvación es acompañado o protagonizado por angélicas presencias, hemos de convenir que es de suma importancia creer y hacer creer en ellos.

Desde el matinal saludo de agradecimiento por haber velado nuestro sueño, hasta la despedida nocturna, dándole las gracias por tantos peligros de los que nos habrá librado hemos de estar en contacto con nuestro ángel personal, amigo del alma, compañero inseparable, y como a tal debemos invocarle, sentir su presencia protectora como lo harán nuestros hijos a poco que lo intentemos, grabando en sus ingenuas mentes las oraciones que para tal menester hemos rezado sus mayores siendo niños y que aún de adultos solemos desgranar.

¡Qué convicciones tan fuertes conforman la tradición de la Iglesia! ¡Qué privilegio tan grande ser católico!