La cruz de la calumnia
Pregunta: He sufrido la experiencia de la calumnia. Me ha dolido profundamente
ser objeto de acusaciones falsas. Sé que los valores cristianos me obligan a
perdonar e incluso a intentar salvar la intención de quienes han obrado así.
Confío en que la ignorancia atenúe su responsabilidad y no quiero guardar
rencor. Me gustaría que me ayudasen con unos consejos a llevar esta cruz.
Respuesta: Ciertamente, en medio del "calentón" del conflicto en el
que hayamos padecido la calumnia y la maledicencia, es necesario que no nos
quedemos en la injusticia padecida, y que lleguemos a descubrir la cruz de
Cristo con la que hemos de abrazarnos. El situación concreta que has vivido
tiene sus propias motivaciones, pero los planes de Dios van más allá. Dios
quiere que conozcamos y nos identifiquemos más con Jesucristo, a través de la
misma experiencia que él vivió.
Las calumnias estuvieron en el origen de la persecución y la pasión de
Jesucristo. El estilo con el que Jesús afrontó las calumnias, debe de ser el
nuestro. Intentemos imitar a Cristo:
A).-
"Si he hablado mal, muéstrame en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué
me pegas?" (Jn 18,23). Ésta es la respuesta que dirigió Jesús al guardia
del Sumo Sacerdote después de que éste le abofetease.
Con frecuencia olvidamos ese pasaje evangélico. Sería incorrecto pensar que
abrazar la cruz de la calumnia es sinónimo de una renuncia a la aclaración
serena y la corrección fraterna. Jesús le hace ver al guardia que le ha
pegado, en presencia del Sumo Sacerdote, que no es justa la forma en la que se
ha procedido contra él. Sin embargo, lo hace sin acritud, con paz... Podemos
pensar que el temple con el que Jesús contestó a esa bofetada interpeló
profundamente a su agresor.
Y he aquí el "quid" de la cuestión: la serenidad de esa respuesta
solamente se entiende si tenemos en cuenta que a Jesús le duele más la ofensa
al Padre de ese pecado, que el dolor físico y la humillación que a él le
inflige. Nuestras reacciones son con frecuencia desproporcionadas porque están
sustentadas en nuestro amor propio herido.
Al corregir Jesús de esta forma a quien le agrede, le está dando una
posibilidad de arrepentimiento y de cambio en su vida. Toda corrección que se
precie de serlo, ha de desear ese arrepentimiento del corregido, cuidando de no
reducirse a buscar el desquite de quien pretende dejar patente la injusticia
cometida.
B).- Viendo Pablo que el Sanedrín que le estaba juzgando estaba dividido entre
fariseos y saduceos, levantó la voz ante la asamblea para decir:
"Hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseos; por esperar la resurrección
de los muertos se me juzga" (Hch 23, 6)
San Pablo añade aquí un segundo elemento a esa actitud trasparente de Jesús
ante el Sumo Sacerdote, que hemos descrito en el punto anterior. Podríamos
decir que Pablo actúa de una forma "sagaz" o "astuta". Fue
Jesús el que nos aconsejó ser "sencillos como palomas y astutos como
serpientes" (Mt 10, 16).
De igual forma que Pablo aprovecha la división existente entre sus
perseguidores para librarse de una injusta condena; así también nosotros
estamos llamados a caminar en medio de un mundo injusto, sirviéndonos en
ocasiones de sus contradicciones interiores para salir victoriosos en la
extensión del Reino de Dios.
Lógicamente esta "estrategia astuta" tiene sus límites. No sería
nunca aceptable el que hiciésemos el mal para lograr el bien. Se trata por el
contrario de caminar por en medio de la confusión, buscando sinceramente la
verdad.
C).- "¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo poder para soltarte y
poder para crucificarte?" (Jn 19, 10) Palabras dirigidas por el gobernador
Pilatos a Jesús ante su silencio.
Sin rechazar los dos puntos anteriores, el silencio de Jesús ante las
acusaciones es su forma más genuina de abrazar la cruz. Una vez que la
aclaración serena no ha tenido el efecto deseado, y que tampoco cabe el
resquicio de una salida de astucia para evitar el enfrentamiento, ya sólo queda
el silencio.
En esta situación, el silencio ante los hombres es el recurso de quien entiende
que ya sólo cabe poner las cosas en presencia de Dios, y esperar todo de El.
¡Qué hable Dios cuando tenga que hablar! ¡El tendrá la última Palabra!
La cruz de quien abraza la calumnia en silencio, será con toda certeza sanadora
de los propios pecados e impetratoria de la gracia de Dios para la conversión y
el perdón del calumniador. No ya sólo eso, en esa cruz está cifrada la
salvación del mundo: El Justo acusado injustamente calló ante sus acusadores;
y fue el abrazo del Justo a esa injusticia de la que era objeto, el que nos
constituyó en "justos" ante Dios.