11 de Septiembre:
Implicaciones religiosas
Es
verdad que éste no es un conflicto o guerra religiosa. No son el Islam y el
Cristianismo los que se están enfrentando. Los responsables de los gobiernos
adheridos al bloque antiterrorista, tanto los de los países de corte occidental
como islámico, han hecho un gran esfuerzo para aclararlo ante la opinión pública.
La visita pastoral del Papa a Kazajstán y el mensaje nítido allí difundido,
ha sido providencial para disipar cualquier duda.
En todo caso cabría decir que el conflicto se ha producido entre el fundamentalismo islámico y el occidente secularizado. Aunque tampoco podemos pretender que esta formulación resuma por sí sola todas las implicaciones y matices religiosos que se dan en este conflicto.
En primer lugar, hay que recordar
que especialmente a partir de la revolución religiosa de Jomeini en Irán
(1978), han convivido dos interpretaciones del Islam. El difunto Hassam, rey de
Marruecos, un hombre marcado fuertemente por sus convicciones religiosas, así
lo afirmaba: por una parte está la lectura
más espiritual de la religión, que considera como su núcleo la entrega
a Dios, y por otra una interpretación revolucionaria o política. En este
segundo caso se ha identificado al
Islam con la causa palestina, hasta el punto de convertirlo en la motivación
principal para el combate, al estilo de lo que ocurrió entre nosotros con la
figura del cura guerillero. Sin embargo, dado que el alcance de lo sucedido el
11 de Septiembre ha superado cualquier ficción, ahora los regímenes islámicos
se encuentran ante una buena coyuntura para marcar distancias ante esa
interpretación revolucionaria susceptible de ser el detonante de una tercera
guerra mundial. No cabe duda de que cuando la religión se pone al servicio de
una causa política comienza a desvirtuarse, por muy justa que se pretenda la
causa; y de esto tenemos todos sobrados ejemplos.
A las autoridades religiosas del
Islam se les plantea el gran reto de reinterpretar el Corán, de forma que el
mandato de la guerra santa, la Yihad, sea considerado como un medio elegido por
Mahoma en un contexto histórico determinado, sin confundirlo con los pilares
dogmáticos de la fe. A esto hay que añadirle la necesidad del reconocimiento
de la auténtica autonomía del orden temporal, de forma que se dulcifique el
esquema en el que los conceptos de “nación”, “cultura”, “moral” y
“religión” forman una totalidad indivisible.
Por su parte, tanto en occidente
como en el seno de las distintas religiones cristianas tenemos mucho que
reflexionar, ya que en nuestra
cultura habíamos dado por descartado que los ideales religiosos habían dejado
de tener significación social alguna o que mereciesen un reconocimiento público.
Y en nuestro atrevimiento nos habíamos atrevido a exportar a los demás países
un esquema cultural vacío de valores, el “way of live” occidental, que ha
sido sentido en el mundo islámico como un ataque a su identidad y convicciones.
No olvidemos que una de las raíces de este conflicto es la acusación
del fundamentalismo islámico al occidente infiel de ser la fuente de la
impiedad y de secularización incluso dentro de los propios países musulmanes.
Esta es, por ejemplo, la justificación esgrimida para la yihad fratricida que
el FIS está llevando a cabo en Argelia. En consecuencia, si es importante que
la cultura musulmana profundice en la autonomía del orden temporal, también lo
es que la cultura occidental se pregunte por el fundamento sagrado de éste.
Aunque parezca paradójico, la situación vivida en USA está llevando a su población a un redescubrimiento muy importante de los valores religiosos. Algo parecido a lo que ocurrió en Europa tras el fin de la segunda guerra mundial. La experiencia del misterio del mal cuestiona muchos resortes en el interior del hombre. En estos días, se han hecho desde Europa algunas críticas demasiado ligeras en torno a la invocación del nombre de Dios en la vida pública de EEUU. Creo que son muy positivos esos signos del renacimiento de la religiosidad en norteamérica, ya que podrían suponer una gran ayuda para la superación de la cultura secularizada e intrascendente. En Europa, acaso porque seamos los “exportadores” de la cultura secularizada, vamos bastante retrasados en este proceso con respecto a América. De todas formas, será tarea de las diversas iglesias cristianas, no sólo la de superar la secularización, sino también la de vigilar para que la religiosidad vaya acompañada de planteamientos coherentes, de forma que el nombre de Dios no sea invocado en vano
.