¿Sin la ayuda de Dios?
Santo Tomás de Aquino, en su Suma Teológica, formula una pregunta, de esas que tienen "tela": ¿Puede el hombre, sin la gracia de Dios, cumplir durante largo tiempo todos los mandamientos?. Su respuesta es un rotundo "no" (I-II q.109 a.4.).
¡Qué escándalo de respuesta para algunos! Sobre todo para aquellos que no hacen más que repetir que "para ser bueno no hace falta ir a Misa", y añaden que "los que creen en Dios no son por eso mejores", etc, etc,...
Esta forma de pensar está muy extendida. Fieles a estos principios, muchos se han esforzado en los últimos años en vivir una ética sin Dios. Su proclama ha sido; «Vamos a construir una sociedad justa y solidaria; pero, eso sí, aconfesional. ¡No hace falta mentar el nombre de Dios para hacer las cosas bien!». Alguno incluso llegó a decir «Tenemos que gobernar como si Dios no existiese".
Ocurre, sin embargo, que las palabras se las lleva el viento, y luego vienen los hechos, que son muy tozudos. ¿Acaso no debería abrirnos los ojos el fenómeno de la corrupción? Al principio, cuando salían a la luz los primeros casos, se nos tranquilizaba con el mensaje de que eran hechos aislados. Hoy, sin embargo, decimos: ¿Hechos aislados o, por el contrario, consecuencia previsible de una ética sin Dios? Ya lo había dicho Santo Tomás, conocedor de la debilidad del hombre herido por el pecado: «El hombre sin la gracia no puede perseverar largo tiempo sin caer en el pecado».
¿Nos sorprende la corrupción de una sociedad que pretendía vivir una ética sin Dios? ¡Qué ingenuos somos! Lo que ocurre es que desconocemos las raíces tan hondas que tiene el pecado en nosotros y la necesidad de la gracia para poder obrar el bien. Ya lo decía magistralmente San Francisco de Sales: «Si supiéramos bien lo que somos, en vez de admirarnos de vernos en el suelo, nos asombraríamos de haber permanecido en pie». Sencillamente, era de esperar. Era de esperar porque no han querido rezar aquello de "no nos dejes caer en la tentación"; y, claro..., en el ejercicio del poder se presentan muchas tentaciones. Era de esperar porque ignorando la advertencia de la Sagrada Escritura "Maldito el hombre que confía en el hombre" (Jeremías 17,5), han confiado en sus propias fuerzas y han levantado su particular "torre de Babel" frente a Dios.
Pero, aunque hemos recurrido a la imagen bíblica de Babel, no pensemos en que Dios envía ahora su castigo derruyendo la torre y confundiendo a los que la han levantado. No es eso. Dios no tiene necesidad de enviarnos castigos. El mayor castigo de Dios consiste en dejarnos a nuestras propias fuerzas. ¿Queríamos construir una sociedad sin Dios? Pues ya la tenemos; pero, eso sí, con la corrupción instalada en ella. En la culpa estaba escondida la pena.