La autoridad moral del Papa

Estamos asistiendo a uno de los momentos cumbres de la historia del Papado. Es difícil imaginar que en dos mil años de historia cristiana, ningún Papa hubiese podido llegar a alcanzar en todo el mundo -incluso entre los países no católicos- el prestigio moral del que goza el actual pontificado. Aun cuando hay que reconocer que los medios de comunicación posibilitan un efecto multiplicador muy importante, es evidente que hay que recurrir a otros factores de mayor trascendencia para comprender todos los por qués de este fenómeno:

Por una parte, el interés que suscita hoy la doctrina social de la Iglesia Católica (justicia social, derechos humanos, paz y reconciliación, etc...), está potenciado por la orfandad moral de nuestra generación. En nuestros días crece la impresión de que los intentos de construir la paz mundial en base a un consenso de ética laica, están fracasando. Ahí tenemos a la ONU, que nació como la instancia internacional que garantizase un arbitraje entre las naciones, y como la supervisora del respeto de los derechos humanos. Sin embargo, a pesar de sus méritos y logros, a la ONU le han faltado criterios propios, ganas y libertad de actuación. Carente de liderazgo moral, ha resultado ser un títere de sus padrinos económicos. Por el contrario, en la Iglesia Católica y, más en concreto, en su Papado actual, el mundo reconoce una instancia independiente y libre, frente a presiones e ingerencias políticas o de otra índole.

Por otra parte, el derrumbamiento de las ideologías ha provocado cambios de posicionamiento espectaculares: "Los rojos" han terminado por ser "los verdes". Los socialistas, liberales. Los liberales, populistas. Los republicanos son devotos de la monarquía. Los conservadores se limitan a conservar "sus duros". Y los nazis se han convertido en hinchas de peña futbolística... Con tanto baile ideológico en tan corto espacio de tiempo, se ha abonado el terreno al escepticismo. Una cosa es una evolución en la visión del mundo, y otra muy distinta, la pérdida de la propia identidad. Si no existen ideales por los que merezca la pena entregar la vida, todo se reduce a un pragmatismo despersonalizador.

Frente a esto, el Papado es valuarte de "fidelidad". Es verdad que la Iglesia Católica ha hecho grandes esfuerzos por actualizar las "formas", pero ha permanecido "idéntica a sí misma" en la sustancia de la doctrina y moral cristianas. Precisamente, había sido este aspecto, "la fidelidad", el que le había reportado mayores críticas al Papado. Se profetizaba para Juan Pablo II una doble alternativa: o adaptar el catolicismo a la mentalidad del momento -al estilo de muchas iglesias protestantes-, o resignarse al entierro de la Iglesia Católica. Y, sin embargo, ahora resulta que quienes se empeñaron a toda costa en "evolucionar", se ven reducidos a la insignificancia y condenados a la esterilidad. El liderazgo moral del Papa actual no hubiese sido posible si la Iglesia Católica hubiera cedido en su doctrina a cambio de unos aplausos. Sin fidelidad a las propias convicciones no hay autoridad moral. Baste recordar las palabras de Fidel Castro a la llegada de Juan Pablo II a Cuba: «Santidad, pensamos igual que usted en muchas importantes cuestiones del mundo de hoy, y ello nos satisface grandemente; en otras, nuestras opiniones difieren, pero rendimos culto respetuoso a la convicción profunda con que usted defiende sus ideas».

La "autoridad moral" del Papa es también fruto de la coherencia entre predicación y vida. La opinión pública mundial aprecia en Juan Pablo II el testimonio de alguien que, renunciando a su personal "calidad de vida", se desgasta por sus ideales. Aunque en un determinado momento se postulaba que la vida íntima de los líderes no tenía por qué condicionar sus responsabilidades públicas, sin embargo, a la hora de la verdad, a los ciudadanos les preocupa que sus líderes estén involucrados en episodios de adulterio, drogadicción, u otras frivolidades. El pueblo busca en un líder algo más que un gestor, busca una persona en la que confiar.

Pero, todavía cabe otro análisis más profundo: El liderazgo del Papa es tanto más atractivo cuanto que no hace de su propia persona el centro de atención, sino que es marcadamente cristocéntrico. La autoridad moral no puede sustentarse en un mero carisma personal. Por muy atrayente que éste sea, siempre resultará efímero. Lo que hace sólido y consistente el liderazgo moral del Papado, es el hecho de que está fundado en los valores eternos del Evangelio de Cristo. Es lo que percibió la multitud que llenaba la plaza de la Revolución en La Habana, cuando aclamaba «Lo sé, lo he visto, el Papa trae a Cristo».