
Inmaculada
Se cumplen 150 años de la proclamación del dogma de la Inmaculada
Concepción por parte del Papa Pio IX: “La
Virgen María fue preservada del pecado original por
singular gracia de Dios, en atención a los méritos de Jesucristo”.
Las circunstancias eclesiales, sociales y políticas tan distintas del
momento presente, podrían conducirnos al error de pensar que estamos
ante el aniversario de un mensaje obsoleto. Nada más lejos de la realidad.
Muy al contrario, nuestro tiempo y nuestra cultura están especialmente
necesitados de conocer y vivir el tesoro que encierra este dogma mariano. Por
ello nos atrevemos a proponer algunas de sus aplicaciones más inmediatas:
* Realismo antropológico / naturaleza herida: La consecuencia
del olvido y la negación del pecado original, ha sido
la difusión de una antropología ingenuamente optimista. El hombre
sería considerado bueno por naturaleza; no tendría necesidad de
purificar ninguna tendencia desviada. La pedagogía habría de limitarse
a fomentar la espontaneidad del individuo. Para obrar bien, bastaría
con ser auténtico y natural, salvando los condicionamientos negativos
de la sociedad.
Es verdad que la existencia y la esencia del pecado original
son un misterio, difícil de entender racionalmente. Pero mayor misterio
es todavía comprender al hombre sin partir de esa realidad. Lo que la
revelación bíblica nos enseña coincide con nuestra misma
experiencia. Descubrimos en nuestro interior una distorsión que nos inclina
al mal: hacemos por debilidad lo que no queremos, mientras que nos resulta difícil
finalizar nuestros propósitos. Por ello, una moralidad que se cimienta
sobre bases meramente naturalistas, condena al hombre a la indignidad: venganzas,
pereza, infidelidades, egoísmo, lujuria, avaricia, etc...
En consecuencia, es necesario una armonización interior para que el hombre
llegue a desear lo que está de acuerdo con su propio bien y con la voluntad
de Dios. La aspiración a la libertad sólo puede encontrar su auténtica
realización en la medida en que el hombre se deja sanar por la gracia
divina. Y aquí llegamos a la conclusión que se desprende de la
contemplación de María Inmaculada: el hombre
necesita de la gracia de Dios para superar la herida interior que el pecado
le ha infligido.
* María, modelo de pureza / sentido de la sexualidad:
La tradición popular católica ha designado a la fiesta
mariana de la Inmaculada con el nombre de “La Purísima”,
ensalzando así a María como modelo de pureza
o de castidad.
Recordemos el pasaje bíblico del libro del Génesis, donde se describe
el hecho de que Adán y Eva sintiesen vergüenza al verse desnudos,
como consecuencia del pecado original. En palabras de Juan Pablo II,
Dios creo al hombre, de forma que el cuerpo fuese el icono o el espejo del alma,
expresión de su interioridad. Por el contrario, el pecado deforma la
vocación con la que Dios creó nuestra naturaleza, imprimiendo
en nosotros una tendencia a divorciar la sexualidad del amor. La dignificación
de la sexualidad, supone volver a darle a la corporalidad su vocación
primera: la entrega sexual en el matrimonio es la expresión
de la donación de la vida; mientras que la renuncia a la sexualidad en
la vocación virginal es la expresión del desposorio con el Dios
invisible. Por ello, María Inmaculada nos redescubre
el valor de la virtud de la castidad, que no es otra cosa que la integración
de la sexualidad dentro de la vocación al amor que cada uno hemos recibido
de Dios.
* Dos cosmovisiones antagónicas / equilibrio católico:
Estamos asistiendo al choque de dos cosmovisiones enfrentadas y antagónicas:
el occidente secularizado y el islamismo fundamentalista. El primero ha ensalzado
al hombre, hasta el desprecio de Dios. Y el segundo ha ensalzado a Dios, hasta
el desprecio del hombre. Entre el antropocentrismo intrascendente que padecemos
en Europa y el teocentrismo deshumanizante que nos amenaza, el cristianismo
se ofrece como la alternativa que aúna en Cristo la trascendencia y la
inmanencia, lo divino y lo humano.
La figura de los santos y especialmente la de María
Inmaculada, es una expresión bien concreta de que la
verdadera religiosidad glorifica a Dios, al mismo tiempo que dignifica al hombre;
hasta el punto de que la Iglesia lo llega a proponer como modelo de imitación.
La devoción a los santos y a la Virgen María
es una signo muy clarificador del humanismo católico.
* La anécdota de una bandera / Reina de Europa: Cuando
en 1949 se instituyó en Estrasburgo el primer «Consejo de Europa»,
se convocó un concurso artístico para elegir una bandera común.
La providencia quiso que entre los 101 proyectos presentados, finalmente, en
1955 se eligiese el elaborado por Arsène Heitz, un ferviente artista
católico que superaba los 90 años de edad.
Su inspiración fue plasmar el pasaje bíblico del capítulo
12 del Apocalipsis, donde se describe la figura de una Mujer con una corona
de doce estrellas sobre su cabeza; una corona de doce estrellas sobre el fondo
azul. Por motivos obvios, guardó en secreto su fuente de inspiración
religiosa, y no la descubrió hasta después de haber sido definitivamente
seleccionado. Hasta entonces, se limitó a responder a las aclaraciones
que le solicitaron desde aquel primer Consejo de Europa, formado entonces por
tan sólo seis países; diciendo que el número 12 era un
número de plenitud según la sabiduría antigua, y que no
debería cambiarse si un día los miembros del Consejo superasen
ese número. Y lo más sorprendente es que fue precisamente un 8
de diciembre de 1955, día de la Inmaculada, cuando en una votación
del Consejo de Europa fue adoptada esta bandera por unanimidad. No cabe duda
de que esta anécdota histórica trae a colación el cristianismo
anónimo sobre el que se está construyendo Europa. Por mucho que
pretendamos ignorarlo y olvidarlo, nuestra cultura tiene a Cristo en sus raíces
y a María en su bandera.
Con motivo de este aniversario, la Conferencia Episcopal Española nos
ha convocado a renovar la consagración de España al Corazón
Inmaculado de María. En el mensaje hecho público al finalizar
la Plenaria de Noviembre, nos han invitado a celebrar un año dedicado
a la Inmaculada, teniendo como momento cumbre el 21 y 22 de Mayo del 2005 en
el Pilar de Zaragoza, donde honraremos a Nuestra Madre y nos consagraremos de
nuevo a su Corazón Inmaculado.
José Ignacio Munilla
